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Las vacaciones de ‘Tío Poto’ en Montería

Los primos Luisa (11), Luis (9) y Jorge Luis (6) visitaron a su tío en el barrio Juan XXIII, en Montería, del otro lado del río Sinú, y vivieron unas vacaciones que ni ‘Tío Rico’ podría dar a sus sobrinos.

Por Jorge Sarmiento Figueroa – Editor General

Un primero de enero en Montería no se mueven ni las aguas del río Sinú. El comercio criollo amanece cerrado de cabo a rabo, no hay venta de verduras, carnes ni chucherías en las chazas del mercado. Es imposible, por ejemplo, conseguir el aguacate carmero, verde, grande y jugoso, de la región de los Monte de María, para romper la rutina navideña de chicharrones y morcillas; la alternativa es comprar la variedad Hass del aguacate, pequeñita y aséptica que nace en el suroeste de los Estados Unidos y que venden en los únicos negocios abiertos todos los días: los supermercados de los grandes centros comerciales. Pero salir un primero de enero a comprar en un supermercado es tan esquizofrénico como dejar de ir a las playas de Coveñas por meterse enjabonado en la bañera de un hotel citadino.

Sino fuera por los dos puentes que conectan a la ciudad, los habitantes del otro lado del río tendrían que proveerse de comida y medicinas y asumir el fin de año como una estación invernal en el Polo Norte, en la tierra de Papa Noel. Los planchones que suelen cruzar el Sinú con su ritmo vital, este día reposan el guayabo. Hasta las aguas parecen haberse ido de vacaciones, dejando ver grandes playones de arena en el lecho.

En una de esas barrigas arenosas, justo enfrente del barrio Juan XXIII, en el lado humilde de Montería, tres niños disfrutan la ausencia del caudal. Sobre la playa clavaron cuatro palos, amarraron a cada uno la punta de una camisa vieja y se tiraron a pasar el sol de mediodía en su propio resort artesanal. Desde la ribera los tres niños parecen una estampa sureña de la península itálica. Pero la imagen no encaja con la realidad social: los italianos que se asentaron desde principios del siglo XX en Montería ostentan mucho poder y riqueza como para pasar sus vacaciones acostados como estos críos en las entrañas asoleadas del Sinú.

La mayorcita es Luisa, de once años, flaca y desnutrida, solo la sonrisa la tiene bien alimentada. Sostiene su cabeza con los brazos cruzados en la nuca, el cuerpo estirado se mete en el agua marrón. Ella vive con sus hermanitos en Buenavista, uno de los barrios más pobres de Montería, ubicado en una zona de invasión en el extremo norte de la ciudad. Este año sus padres aprovecharon la visita del tío Oscar -Poto, en el argot familiar-, para pedirle que los recibiera en su casa para que pasaran las vacaciones en un ambiente distinto. «No tengo plata para regalos. Acá lo único que hay es río y planchones», les contestó el tío Poto, administrador de una de esas barcazas hechas con tablas sobre dos largas canoas, y que atraviesa de lado a lado amarrado a una cuerda con poleas e impulsado por la propia fuerza de la corriente.

Los padres de Luisa, Luis y Jorge Luis, de once, nueve y seis años, le dieron a tío Poto dos camioncitos de plástico del mismo tamaño y color, y una muñeca de vestido sencillo, para la Nochebuena, juguetes comprados desde agosto cuando en el mercado las cosas todavía no tenían el precio de navidad. También lo aprovisionaron de yuca, plátano y panela y le encimaron plata para lo que hiciera falta. «Solo con que conozcan el Sinú nosotros nos damos por bien servido», le dijeron.

Los niños llegaron a finales de noviembre. Tío Poto los recibió en la avenida Primera, sin bajarse del planchón. Les tuvo que gritar varias veces porque los niños quedaron paralizados cuando se dieron cuenta del río. La impresión fue doble porque también vieron que en el centro de esa «piscina» infinita se erguía un gigantesco árbol de navidad, con inmensas cajas de regalos a su alrededor. El árbol era una obra de la Alcaldía que flotaba como los planchones y que se había convertido en una de las máximas atracciones turísticas de la navidad. «¡Apúrense que esa vaina es de palo, ombe!», les gritó el tío Poto. En efecto, luego de que lo vieron encendido en la noche y botaron las babas, a los niños se les fue pasando la impresión y luego ya querían tirarle piedras a ver si lograban atinarle a las bolas de colores.

«Tío, ¿nos podemos bañar en el río?», le preguntaron, las aguas empezaban a bajar pero el caudal todavía podía llevarse a niños incautos como ellos. Pasaron dos semanas antes de que la gran piscina fuera suya. Al principio solo acompañaban al tío a la faena diaria de ir y venir de un lado del río al otro con el planchón atestado de gente. Se inventaron juegos de piratas, de guerras navales, de expediciones marinas, de travesías selváticas. Ayudaron a hacer los cobros de viajes, a limpiar el piso, a amarrar cabuyas y el tío Poto les pegaba cocotazos por meterse en las conversaciones de los mayores. No salieron del planchón casi nunca. Cuando el río bajó, los niños parecían conocerlo como peces de sus aguas.

Pronto terminarán sus vacaciones y los niños volverán a su casa, a su barrio. Cuando entren al colegio y la profesora les pregunte a todos qué hicieron en su tiempo de descanso, Luisa, Luis y Jorge Luis contarán que fueron a la casa de un tío tan rico que tenía una piscina del tamaño del mundo y un árbol de navidad tan grande que el único lugar donde pudieron ponerlo fue en el centro de un río. Contarán que mañanas y tardes tenían aventuras para vivir, convertidos en caciques que navegaban como señores por las aguas del Sinú. Si les preguntan qué les regalaron, no recordarán los camioncitos y la muñeca que quedaron enterrados en el playón desde el primer día en que recibieron el más preciado regalo: unas inolvidables vacaciones en la casa del tío Poto.

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