Cuando una cubana se casa con un extranjero repican todas las campanas. Es como si se acabara de ganar un baloto.
Por Moisés Pinedo Salazar/Especial para lachachara.co
La Habana
No importa que sea solo para la foto, pero la quinceañera tiene que lucir con fino vestido. ¡Y si es blanco, mejor!, porque le resalta su belleza.
Un descapotable, subiendo por Neptuno, irrumpe abruptamente en Galiano rumbo a alguna de las iglesias católicas de la zona.
«Blanca y radiante va la novia» sentada sobre el espaldar del asiento trasero del falso americano, un Ford modelo de los años de finales de 1960 al que le han suprimido la parte superior de la carrocería.
El claxon suena con su mayor potencia. Decenas de tarros de lata van amarrados con cintas blancas a la defensa trasera del vehículo.
El estropicio obliga voltear a mirarla… Una de las acompañantes lleva el velo y la corona del himeneo en sus manos…
«¡Qué descaro! -comenta a grito tendido una de las vecinas que la ve pasar- tiene que ser por poder y con un extranjero para atreverse a casarse de blanco y con velo… Si la conoceré yo…». Y lanza una sonora carcajada para beberse de un sorbo lo que quedaba en la lata de cerveza Bucanero.
“Búscale marido a tu hija”
«Envidiosa…. lengua e trapo», le grita otra mujer a lo lejos, desde la esquina opuesta, bajo los portales del Teatro América: «búscale marido a tu hija…», remata con su lengua cantarina.
Es que casarse con un extranjero sin importar el pelambre, es una de las aspiraciones de muchas de las mujeres cubanas. Y buscan hacerlo pronto, con tal de salir del país. A donde sea…
Se trata de una tradición patriarcal que va en contravía del discurso igualitario que nutre el catecismo ideológico y partidista de una Revolución Socialista que buscaba superar la cultura de la subordinación y de la hiper sexualización de la mujer. Asunto que tiene sin cuidado a la mayor parte de la población en la que la militancia partidista es cada vez más reducida.
¡Quinceañera es quinceañera!
Importa un pepino que debajo del lujoso vestido de alquiler la bella niña vaya en chancletas, o, en el peor de los casos, a pata pelá. Lo importa es el momento.
Con los mismos contenidos de siempre, el ritual empieza con la fiesta de los quince años en los que una familia promedio en Cuba llega a gastar una cifra cercana a los 600 dólares, 500 de ellos en solo la producción de un Photobook en el que, a modo de una revista de moda, quedan registrados los mejores momentos de aquel festejo.
Una cantidad de dinero que para los colombianos puede y, de hecho, resulta modestísima cuando de armar parranda se trata.
Pero que, en el contexto de una economía en la que un médico se gana 60 dólares mensuales, resulta escandalosa y desproporcionada.
Aunque debajo del lujoso vestido de alquiler lleven puestas unas chanclas de plástico, hay que hacerse el estudio fotográfico en alguna de las plazas del Centro Histórico de la Ciudad, incluyendo el alquiler de un coche tirado por un percherón y contar con la suerte de que alguien haya traído migajas de pan o maíz para lograr que la núbil doncella sea rodeada por decenas de palomas que alcen el vuelo al momento en el que la asistente del fotógrafo las espante.
Y hay que repetir la operación tantas veces cuantas sea necesario hacerlo hasta lograr que ninguno de los avechuchos se cruce entre el lente y el rostro radiante de felicidad de la cumplimentada.
Unas llegan vestidas de blanco, otras de rojo encendido y no faltó la que arribó en varios vehículos con un séquito de fotógrafo, vestuarista, maquilladora, peinadora, pantallista y asesora en asuntos de expresión corporal, vistiendo un strapless de color negro que amenazaba caérsele; así de escaso busto tenía o así el exceso en la talla de la prenda que lucía.
Debajo del espumoso vestido blanco van las zapatillas de una cenicienta quinceañera llena de ilusiones y esperanzas. Siempre pensando en un novio extranjero. Así sea del Congo Belga.
Recostada al poste forjado en hierro siguiendo los diseños del Siglo XIX y que soportan las lámparas del alumbrado público al frente del imponente edificio de Bellas Artes, solo su tez blanquísima podía despejar las dudas acerca de qué era cabello, qué era poste y qué era trapo en la postal para el recuerdo.
Si tienen quien las ayude económicamente, en este ritual de iniciación, otros 600 dólares adicionales tal vez alcancen, luego de pagar fotografías, peluca y pestañas, peinado, make up, vestido alquilado y las locaciones, para poder contar con tres mudas de ropa y zapatos para la cumplimentada; brindar cake, comida, ponche, música amplificada, cerveza y licor para la familia y sus invitados, en un salón popular de alquiler en la fecha prevista, que aquí festejan cualquier día de la semana y hasta cuando despunta la alborada.
Ahora, como la gran innovación, ocurre que a los chicos que tradicionalmente ocupan el puesto de parejos de baile en la corte de la quinceañera, se les ha dado por festejar también sus quince abriles al modo de una fiesta de playa en la que en una casa de alquiler, durante dos días, los padres del festejado lo reúnen con sus amigos y amigas, quienes comparten, departen bailan y apenas medio duermen, atendidos con desayunos, almuerzos, cenas y cervezas hasta cuándo la plata les alcance.
Solo falta que se empecemos a contar de las reuniones de los muchachos cumplimentados cuando saltan a las cabañas playeras y de lo que allí ya ha empezado a pasar y no se dice. Mejor, ni hablemos.
El cuento, los personajes, las clases sociales, los fines, las justificaciones, la decisión y los gastos, son los mismos porque «los quince de Florita, se tienen que celebrar».