Por Samuel Solórzano Cisery
Hace un par de días, Juan José Millas publicó una divertidísima columna en El País de España. Con la investidura de un cuento infantil, la conversación entre la palabra Mierda y un albacea del diccionario plantea de nuevo la inquietud filológica sobre la relación entre las palabras y las cosas.
Yo creo que es una cuestión que péndula entre lo fascinante y lo inagotable. Desde el Crátilo de Platón hasta los cursos de Lingüística de Saussure, las palabras continúan sosteniendo un velo de seducción con respecto a su origen, naturaleza y función.
La discusión alborea entre lo arbitrario y cómo entender la condición arbitraria del fenómeno del habla (siendo casi una ironía usar palabras para explicar este misterio de palabras).
Pero yo no me quiero detener en este asunto, sino en cómo en estos tiempos que corren se ha vuelto más evidente el hilo delgado, pero de acero, que amarra no solo una palabra con una cosa, sino también acciones, identidades y conocimientos; al punto que se puede desamarrar, alterar e inventar problemáticas bajo los lineamentos de los sentires o cosas casi inexistentes, apenas transfiguradas en la imaginación.
Las Inteligencias Artificiales ganan terrenos pareciéndose a viejos sabios que simulan conversaciones tan banales como complejas, con soluciones creativas o con plagios descarados, porque a ellas también les afecta la sentencia salomónica de que “no hay nuevo bajo el sol”.
También las tendencias crecientes de un lenguaje inclusivo que parece dividir más que unir a los hablantes, y que me hace recordar la advertencia de Orwell en su novela 1984 donde se expresa que el pensamiento es inmanente a las palabras: manipulas las palabras, manipulas el pensamiento.
A esto queda uno preguntarse: si la verdad es relativa, ¿acaso no puede haber tampoco palabras absolutas?
Y todo esto suponiendo que estamos a una palabra “mal vista” de ser arrastrado por el odio de las hordas de policías digitales, y en el peor de los casos, ser condenados a un humilde rincón carcelario, sea físico o social.
Ante esta enumeración de situaciones, me sorprende que todo parte de la tensión por la conquista del significado de las palabras. Y esto me orilla a pensar que de verdad estamos en tensiones de arbitrariedades que se rifan por el grupo que tenga más poder, y es así cómo alguna día puede que la palabra mierda tal vez pase a significar perfume.
