Icono del sitio La Cháchara

Las notas del acordeón ponían nostálgico a Gabo

 Para él era como un animal viejo y quejumbroso, que los juglares costeños del Magdalena Gramde regaron de ribera en ribera.

Por Chachareros, en homenaje póstumo a Gilard y a Gabito

Gabo, Juan BFernández. German Vargas y Allnfoso Fuenmayor.

Fue el primer escrito que se publicó en Colombia sobre el vallenato. Salió en El Universal el 22 de mayo de 1948. Meses después publicaría en El Heraldo la primera crónica que se escribió en Colombia sobre los juglares. Esta nota forma parte de la exhaustiva investigación literaria y cronológica que realizó durante varios años el escritor y doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de Paris, Jaques Gilard, nacido el 8 de marzo de 1943 en la población francesa Launac, y fallecido en Paris en el 2008.

Gabo y Rodolfo Molina, presidente del Festival Vallenato.

Gilard estudiaba lengua española cuando en 1967 salió “Cien años de soledad”. Quedó tan fascinado de la obra, que desde entonces hizo numerosos viajes a Colombia, Cuba, Venezuela y otras naciones del gran Caribe. Lo primero que recopiló fue, por supuesto, los pasos iniciales de Gabo como periodista en el Universal de Cartagena durante algunos meses, y luego en El Heraldo, durante casi dos años.

De ese trabajo investigativo a Gilard le quedó el recuerdo de un episodio dignó de Macondo. Desde un comienzo el entonces director de El Heraldo (hoy director consejero), Juan B. Fernández Renowitzky,  dio la orden para que permitieran al periodista francés meterse por todos los rincones del periódico y tener acceso directo a los archivos ya encuadernados desde la primera edición del periódico. Pero ocurre que eran ya los días de carnavales y en esa época el periódico no circulaba lunes ni martes de Carnaval. Gilard, como llegaba temprano con un pan francés en una mochila y dos botellas de cocola, se metía al cuarto de archivo con aire acondicionado a trabajar. Se olvidó por completo del mundo exterior. Porque al periódico le habían arrancado muchas páginas. Numerosas columnas de la Jirafa fueron “robadas” recortándolas con cuchilla. Como Gilard estaba enfrascado en todos esos líos, no se dio cuenta cuando la secretaria se fue el sábado para la Batalla de Flores, y al día siguiente nadie fue a trabajar.

Se habría quedado ahí encerrado como ratón de iglesia si no es porque el domingo en la noche el director sospechó que, con toda seguridad, el francés había quedado “preso” en la casona grande de Villa Heraldo, en donde hasta a los celadores les daban días libres. En efecto, se fue con su hijo Juan B. Fernández Noguera, y encontraron a Gilard temblando de frío, porque ni siquiera sabía cómo bajarle el volumen al aire.

Fuera de ese incidente, lo demás fue muy productivo para Girard, el primer severo biógrafo de Gabo. Recogió en tres tomos voluminosos los “Textos costeños”, los “Textos cachacos” o andinos, y los textos de periodísticos de varias naciones, principalmente Venezuela.

Con esta primera entrega, el portal www.lachachara.co rinde homenaje póstumo al más notable de los colombianos. Se trata de su primer escrito en El Universal, dedicado al acordeón:

Un sonido que arruga el alma

Gabo con tres reyes vallenatos, Saúl Lallemand, Fernando Rangel y Wilber Mendoza

No sé qué tiene el acordeón  de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento. Perdone usted,  señor lector,  este principio de greguería. No me era posible comenzar en otra forma una nota que podría llevar el manoseado título de “Vida y pasión de un instrumento musical”. Yo, personalmente,  le haría levantar una estatua a ese fuelle nostálgico, amargamente humano, que tiene tanto de animal triste. Nada sé en concreto acerca de su origen, de su larga trayectoria bohemia, de su irrevocable vocación de vagabundo. Probablemente haya quien intente remontarse por el árbol inútil de una complicada genealogía musical hasta encontrar en no sé qué ignorado sitio de la historia al primer hombre que se despertó una mañana con la necesidad inminente de inventar el acordeón. A nosotros, señor lector, nada de eso nos interesa. Debemos conformarnos con creer que –como todos los vagabundos decentes-  este instrumento se presentó ante nuestros ojos sorprendidos sin partida de nacimiento y sin certificado de conducta. Tuvo –esto sí es indudable- una adolescencia disipada, oscura, rayada de amaneceres turbulentos. Sus mejores años discurrieron en el rincón anónimo, subido de vapores, de una taberna alemana. Allí, mientras la cerveza se trepaba por la sangre de los hombres, buscando la cima de la reyerta, él aprendió a decir su musiquita nostálgica, intrascendente, al oído de las mujeres derrumbadas. Él hizo de lino crudo, de cáñamo indómito, el sueño de la hembra a quien le ardía el hipo en el corazón y tenía, sin embargo, la dolorosa certidumbre de que nunca bajaría  hasta su cintura.

Así, con esa implacable lección de humanidad, siguió meciendo la fiebre de los suburbios, desdoblando su vientre en todos los puertos, como cualquier marinero irremediable. El vals francés pasó por sus pulmones diciendo esa carga de tristeza, esa irreparable melancolía que tumbaba luceros en los ojos de las Mignon y las Margot.

El acordeón ha sido siempre, como la gaita nuestra, un instrumento proletario. Los argentinos quisieron darle categoría de salón, y él, trasnochador empedernido, se cambió el nombre y dejó a los hijos bastardos. El frac no le quedaba bien a su dignidad de vagabundo convencido. Y es así. El acordeón legítimo, verdadero, es este que ha tomado carta de nacionalidad entre nosotros, en el valle del Magdalena. Se ha incorporado a los elementos del folklore nacional al lado de las gaitas, de los “millos”, y de las tamboras costeñas.  Al lado de los tiples de Boyacá, Tolima, Antioquia. Aquí lo vemos en manos de los juglares que van de ribera en ribera llevando su caliente mensaje de poesía. Aquí está con su vieja vestimenta de marinero sin norte. Como sé que no le faltan enemigos, he querido escribir esta nota que tiene principio y tendrá final de greguería.

Oiga usted el acordeón, lector amigo, y verá con qué dolorida nostalgia se le arruga el sentimiento.

Salir de la versión móvil