Tres pequeñas chácharas navideñas para recordar «la época más linda de los años».
Por Jorge Sarmiento Figueroa – Editor General
Ya habíamos llegado a mi destino. Antes de bajarme del taxi, como un gesto de despedida, le dije al taxista: «¡Qué radiante está el día!», y me apresté a caminar con energía, listo para recibir los rayos del sol en la cara, la brisa hacía las veces de sombrilla contra el calor. «La naturaleza sabe que ya llegó diciembre», me respondió a mis espaldas. Su frase, dicha con una voz absoluta, me dejó perplejo.
«La naturaleza sabe que ya llegó diciembre». Cuando lo dijo me hizo voltear a verlo. Él miraba al horizonte. Y, claro, eso fue lo que me dejó perplejo: que esta tierra en la que vivimos es el trópico, el Caribe, donde no hay estaciones y al invierno se le llama lluvia y al verano calor, y que de tanta locura que le hacemos al mundo ya no sabemos si en agosto se volarán cometas ni cuándo es mejor sembrar el guandul o el arroz. Y sin embargo, con un mensaje silencioso que nos llega hondo, la naturaleza se encarga de que nuestras almas sepan que diciembre llegó. En efecto, cuando el taxista me dijo eso, era lunes, primero de diciembre.
Diciembre nublado
Una navidad discreta
Esta será la segunda navidad sin Rubén. Isabel y sus hijos recuerdan que diciembre pasado fue de luto solemne. Sin árbol, sin luces. A duras penas los nietos recibieron regalos. Sergio, el hijo que heredó de Rubén la vena dramática, me contó que esta vez su madre se le acercó y, con una frase como de Úrsula Iguarán, le devolvió la sonrisa a su ser: «Hijo, este año vamos a poner las luces, pero discretas».