Uno de los más consagrados fotógrafos colombianos, quien dejó imágenes de celebridades del mundo, falleció este martes en Nueva York.
Por Chachareros y agencias
Nereo López, quien por más de 80 años se hizo célebre como el fotógrafo creativo y audaz que registró en su lente tanto los más bellos y extraños paisajes de los rincones de Colombia como celebridades mundiales como papas y premios Nobel como Gabriel García Márquez, falleció este martes en Nueva York a los 94 años de edad.
Saboreando un buen café colombiano, con su cámara al hombro. Nereo nunca se desprendía de su ‘arma’.
Su creatividad veía la belleza no solo en las suntuosas salas de los millonarios sino también en sus compatriotas más pobres. La confirmación de su muerte en Nueva York, la dio el Ministerio de Cultura en su cuenta de Twitter.
López, uno de los fotógrafos más destacados de su país, documentó la realidad de Colombia durante décadas y tuvo acceso a personajes como el papa Pablo VI cuando visitó Colombia en 1968 y García Márquez cuando el autor se hizo al premio Nobel de Literatura en 1982 en Estocolmo.
En los años 70 del siglo pasado Nereo frecuentaba Barranquilla para encontrarse «con estos bribones de ‘La Cueva’, que lo llenan a uno de ron y maizena así no haya Carnaval», solía comentarle a sus entonces amigos del llamado Grupo Barranquilla.
El desaparecido maestro Alfonso Fuenmayor, uno de sus más cercanos amigos, contaba alguna vez que «Nereo es el brujo de la fotografía, porque encuentra magia en donde uno no ve más que una puerta maluca», como ocurre con su célebre foto de una puerta de la cárcel modelo de Bogotá, asegurada con un candado viejo y el reo que asoma una cara triste por una pequeña rejilla.
Es historia viva
«Nuestras condolencias a familiares y amigos del gran maestro (hash) Nereo López, su inmenso legado nos seguirá acompañando. Es historia viva», tuiteó el Ministerio de Cultura.
A la mitad de su periplo vital ya era un reportero reconocido y respetado a nivel nacional e internaciomal.
Nacido el primero de septiembre de 1920 en Cartagena de Indias, López viajó por su país durante años, fotografiando el paisaje andino y escenas cotidianas de ciudades, pueblos y fiestas tradicionales. Llegó a ser conocido como el «fotógrafo del Carnaval de Barranquilla» y su extensa obra ha sido recogida en numerosas revistas, enciclopedias, catálogos y libros. Trabajó para diarios como El Tiempo, El Espectador y las revistas Cromos y O Cruzeiro.
Los Monocucos y Joselito
Difícil no verlo con su cámara al hombro en cada Carnaval de Barranquilla, recorriendo de pe a pa los desfiles de la tradicional fiesta barranquillera. Para ir a sitios distantes «nos trasladábamos en el Jeep del maestro Cepeda (Álvaro), que era el Editor General del Diario del Caribe y, por supuesto, las mejores fotografías que Nereo tomaba durante el Carnaval las publicaba este diario», recordó en una entrevista poco antes de morir Juancho Jinete, quien también formó parte del Grupo Barranquilla, trabajó durante años para el Grupo Santo Domingo y fue gerente del desaparecido matutino barranquillero Diario del Caribe.
A Nereo le encantaba ponerse pintas carnavaleras para darle rienda suelta a su lente durante estas fiestas barranquilleras.
«Lo que más le gustaba retratar al maestro eran los monucucos guayaberos y el ‘Entierro de Joselito’. Le parecía lo más cercano a la locura estos episodios de vida y muerte que se registraba durante los cuatro días del Carnaval», agregó Jinete.
Influenciado por el cine
El diario estadounidense New York Times escribió sobre él en el 2013, cuando lo describió como «el más exitoso fotógrafo colombiano de su – o de cualquier – generación».
Foto tomada en 1960 en la cárcel La Modelo de Bogotá. La puerta de hierro, el candado frágil, la mirada triste y el rostro adusto del preso.
Influenciado por el cine desde joven, mostró al público zonas remotas que jamás habían sido fotografiadas en imágenes que combinaron poesía visual y trabajo documental.
López se trasladó a Nueva York en el 2000, tras verse obligado a cerrar el centro de fotografía Enseñanza y Cultura Fotográfica que abrió en los años 80 en Bogotá.
Según Jaime Abello, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por García Márquez, López «fue el gran fotógrafo de Colombia en el siglo XX».
Hasta el último día de su vida, agregó, siempre anduvo con su cámara de fotografía. «Fue un gran fotoperiodista, un artista, un fotógrafo de pueblo que recorrió toda Colombia, que retrató a los obreros y a los campesinos, a los soldados y a las fiestas populares».
Fue amigo personal de García Márquez, a quien le tomó una foto con los miembros del Grupo de Barranquilla, Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas Cantillo, inmortalizados en su obra cumbre «Cien años de soledad».
El consagrado maestro de la fotografía iba a cumplir 95 años el primero de septiembre.
Era un mamagallista de tiempo completo. En las entrevistas él era el show. Le gustaban los boleros y era un excelso bailador de los ritmos caribeños.
“El gran Nereo falleció en New York, acompañado por su hija Liza. No le debo nada a nadie, dijo. Nosotros le debemos mucho: una imagen de país”, escribió el periodista Jaime Abello Banfi.
En conversación con este diario, Abello comentó que habló este martes en la mañana con Liza López, la hija de Nereo, quien le comentó que “murió tranquilo y en paz”.
“Murió de pura vejez. Este año había venido dos veces, nunca se desconectó de Colombia y deja gran parte de su patrimonio en la Biblioteca Nacional”, comentó Abello, al agregar que su hija conserva un importante archivo que tenía su padre en Nueva York.
“Es importante que el país rescate y preserve esa parte que es importantísima de sus archivos y de la historia del país”, dice Abello.
El director de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano agregó que la editorial Maremágnum, de José Antonio Carbonell, prepara el último libro de López. “Nereo nos deja de despedida el libro, nos deja un patrimonio, fue un hombre vital que rió e hizo reír hasta el final de sus días”, dijo.
Abello contó que uno de los últimos encuentros que tuvo con el maestro López fue en el pasado Carnaval de Barranquilla, luego de que el propio López le dijera a un amigo común de los dos que le debían un sancocho.
«En la Feria del Libro de Oaxaca, el año pasado, Nereo le mandó una foto a mi amigo Carlos González, con una leyenda que decía: ‘En el más allá, el sancocho lo quiero con el hueso de vaca’. Como acusándolo de haberle prometido el sancocho que no había cumplido”, relata Abello.
“Y decidimos conspirar para llevarlo a Barranquilla y aprovechar ese proceso de revisión del libro que estaba haciendo José Antonio. Entonces, tuvimos a Nereo en la guacherna, luego lo tuvimos en mi casa, en una parranda memorable con Toto la Momposina, Silvana Paternostro y John Lee Anderson, entre otros. Y Nereo con su cámara al hombro a los 94 años de edad. Fue un hombre increíble”, anotó Abello.
Los recuerdos de La Cueva
Miembro del Grupo de Barranquilla, que tenía como epicentro el popular tertuliadero exclusivo ‘La Cueva’, López era considerado uno de los decanos de la fotografía nacional. Hasta sus últimos días, conservó esa vitalidad y curiosidad en torno a los avances de la fotografía.
Prueba de ello son las cerca de 100.000 imágenes del Fondo Nereo, que custodia la Biblioteca Nacional de Colombia, y que dan cuenta de su trayectoria en destacados medios como Cromos, El Tiempo, El Espectador, O Cruzeiro, de Brasil, y sus diversos libros de gran formato.
El maestro López tuvo una importancia también para el cine nacional, trabajando como productor y también en el desarrollo de foto fija, incluso actuó.
Ese trabajo fue visto en cintas como ‘El río de las tumbas’, ‘Cóndores no entierran todos los días’, ‘Libertad corrida’, ‘Tiempo de sequía’ y ‘Con su música a otra parte’, entre otras.
Precisamente, hace tres años, cuando vino al país a presentar su libro ‘Nereo López, un contador de historias’, una obra de gran formato que le editó La Silueta, López le comentó a este diario datos de su agitada vida de aventura, desde cuando quedó huérfano (“soy dueño, desde los 11 años, de mi destino”).
En esa oportunidad recordó cómo consiguió su primera cámara, sus aventuras con los amigos del Grupo de Barranquilla, del documento exclusivo que logró para la revista Cromos, cuando cayó Rojas Pinilla, de sus innumerables viajes por el mundo, como cuando cubrió la entrega, en Estocolomo, del Premio Nobel para Gabo; de cuando estuvo a punto de suicidarse al cerrar su escuela de fotografía en los años 80 y, por supuesto, de sus muchos amores. “No hay nada en la vida que yo no haya probado, menos el homosexualismo. Y no porque yo esté en contra, porque tengo muchos amigos, sino porque me encantan las mujeres”, contó con un sentido del humor sin igual que siempre lo caracterizó.
De esas aventuras, recordó su paso fugaz por el cine, cuando hizo el papel de gringo, en ‘La langosta azul’, “que tiene el mérito de ser –dice– la película más famosa del cine colombiano, pero la peor. Y la única con cuatro directores: Álvaro Cepeda, Gabriel García Márquez, Enrique Grau y el catalán Luis Vicens, que fue su verdadero director”.
“La idea nació así: Luis Vicens leyó el cuento de Álvaro Cepeda que se llamaba ‘La langosta azul’. Entonces, se le ocurrió la idea de hacer la película con aporte de todos. Yo aporté el trípode, plata para comprar la película y dirigí la fotografía. Grau hacía el papel de brujo. Y el papel de gringo lo iba a hacer ‘Bob’ Prieto. Cuando estábamos instalados en las playas cerca de Barranquilla, dice Prieto: ‘No’mbe, yo no le jalo a esta mamadera de gallo’. Entonces me mira Vicens y dice: ‘Nereo, ojos azules, te tocó hacer de gringo’”, recuerda.
Y aprovechó para recordar, también, el suceso de la caída de Rojas Pinilla. “Yo estaba recién llegado a Bogotá, en 1957, y me bajé en un edificio, que me consiguió Manuel Zapata Olivella, en la calle 3.ª con 20. Era jefe de fotógrafos de Cromos. Una noche oigo rumores de que se iba a caer Rojas Pinilla y salgo a tomar fotos en la oscuridad. Los rollos se los daba a ‘Sevillita’, mi asistente. Cuando el resto de colegas trataron de llegar, ya el ejército estaba dominando la situación”.
No escapó a la era digital
Su mente inquieta no dejaba de crear proyectos. Uno de sus últimos experimentos, que andaba haciendo en un laboratorio improvisado con computador e impresora, en su pequeño apartamento de Nueva York, estaba relacionado con el mundo digital, que supo asimilar sin problema. Decía que lo estaba llamando “transfografía”.
Al respecto, el fotógrafo de este diario Filiberto Pinzón recuerda que el maestro López lo contactó para que le diera clases de fotografía y retoque digital. Cuando López le dijo cómo podía pagarle, Pinzón le comentó que el mayor homenaje para él sería que le pagara con alguna de sus viejas cámaras. Y mientras López escogía la que le daría a su también alumno en las épocas de la Kodak, el querido Nereo señaló una y le dijo: ‘Esa no se la puedo dar porque esa es de una novia y qué tal que venga acá y no la encuentre. Me mata’, le dijo en medio de una gran carcajada.
Por eso odió el término de ‘viejo’. “Viejo es lo que no sirve. Yo soy mayor, porque sigo produciendo”, concluyó, en esa oportunidad, mientras abría sus vivaces ojos azules y se balanceaba en una mecedora en su apartamento de la avenida Jiménez, en el corazón de Bogotá.