Nicolás Maduro juega a hacerse el duro en la frontera, llevándose por delante las necesidades humanas de quienes allí conviven.
Por Lexander Loaiza Figueroa – @Lexloaiza
Un taxista que transitaba por la Autopista del Este, una congestionada vía que comunica al norte con el sur de la ciudad de Valencia, a unos 250 kilómetros al oeste de Caracas, escuchaba la cadena de radio y televisión en la que el presidente Nicolás Maduro anunciaba. la noche del jueves 20 de agosto, la aplicación de un estado de excepción en la frontera con Colombia, que implicaba la militarización (una vez más) de todos los pasos legales e ilegales que hay entre ambos países.
En medio del anuncio, el presidente venezolano aprovechó para fustigar (también, una vez más), al ex mandatario colombiano Álvaro Uribe Vélez, culpándolo de la supuesta penetración paramilitar que hay en este país. En una actitud retadora, habló de que la inmigración colombiana a este territorio estaba llegando a “limites de tolerancia”, señalando que solo en el 2015 casi 200 mil neogranadinos habían entrado a territorio venezolano.
A todo esto, el conductor del taxi, sin mostrar la menor afectación por el discurso presidencial, solo dijo: “¡Bah!..Maduro ya no haya qué enemigo buscarse para entretener a los bobos y que no hablen de las colas para comprar comida”.
En Venezuela esto se conoce como “morder el peine”, y es caer en el juego que otra persona te tiende para que distraigas tu atención de lo que no le conviene que atiendas.
La canciller colombiana, María Ángela Holguín, parece haberlo entendido así e inmediatamente, en la víspera, cuando Maduro anunciaba el cierre fronterizo por 72 horas, la funcionaria se apresuró a decir que esa era una “decisión soberana” de Venezuela. Fin de la polémica.
Quien sí podría haber mordido el anzuelo es el representante a la Cámara y miembro de la Comisión Segunda, Efraín Torres, quien reclamó a la Casa de Nariño más firmeza contra “acciones unilaterales” de Caracas en la política fronteriza. Un caldo de cultivo para la polémica y, como diría el taxista en Valencia, un ardid para “entretener a los bobos” en la más severa crisis de popularidad que ha enfrentado Maduro en sus dos años y medio de gobierno.