Por, William Castro Atencia.
El ser humano rinde tributo a ídolos sobre los que reposan sus creencias, para desde su cosmovisión mantener vivo un estrecho lazo de fidelidad con los dioses en los que encuentra el sosiego de una explicación a todo lo que acontece en el mundo.
Las representaciones de lo sagrado navegan en unos mares de imágenes artificiales que portan durante siglos el mito de la deidad, y ellas van desde lo más etéreo e incomprensible, a lo radicalmente material.
La sola entidad espiritual de un dios supremo o divinidad menor puede servir de adoración para sus adeptos en religiones como el budismo y el islam, cuando no son la iconografía una práctica fetichista de culto para la preservación de esos símbolos a través de retratos, cuadros, estatuas o monumentos, y que vemos hacer parte de la fe católica y cristiana, pero que en realidad proviene de mucho tiempo atrás.
En el libro Las imágenes sagradas del narrador y poeta barranquillero Daniel Carbonell Parody, se entretejen una singularidad de imágenes que juegan con dicha condición de lo sagrado a partir de las semejanzas que estas establecen con la palabra escrita, inclinada por la reverencia de otra clase de simbolismos surgidos en el seno de la nostalgia y el abandono humano. Se trata de la congregación de ocho relatos que durante años permanecieron guardados en la memoria inquieta de su progenitor, quien mira hacia al pasado para rastrear aquellos episodios propios de su infancia que terminaron marcándole de por vida, al estos involucrar tanto el recuerdo como los sueños de diversos seres e instantes donde la poesía hizo de las suyas con el amor y la desazón de un chico por la ausencia de una mujer, cuando no de una madre.
Ese grado de sensibilidad es, entonces, del que se sirve el escritor para conectar a sus personajes con diferentes figuras a las que les ha atribuido el valor de “sacras” y que, en lugar de tratarse de esos íconos convencionales de las religiones, consisten en un divino canto de aves exaltantes de la degustación y el placer de comer uvas todos los jueves, hasta la indiscutible permanencia y eternidad de las artes.
Tras ser premiada con el Primer lugar en la Categoría de Creadores con larga trayectoria del Portafolio de Estímulos Germán Vargas Cantillo, Las imágenes sagradas se suma al podio de reconocimiento local en literatura, que hace tan solo tres años pisaría su autor con el merecimiento de la Beca Distrital de Poesía para la publicación de su primer poemario La edad de las aves, del que conserva algunos vestigios de creación y estética en la que fuera también su primera obra narrativa.
El principal aspecto, a mi parecer, ha sido la conjugación de diversos saberes en torno a la naturaleza de los pájaros, que plasma sin la intención de exhibir un riguroso tratado de ornitología, sino más bien de conectar esas divinidades presentes en cada relato, entre las cuales figura el ave como hilo conductor que, con un simple batido de sus alas, despega y aterriza donde le place.
Ejemplo de ello son los relatos Cuando los pájaros cantan, Las imágenes sagradas y Aves del paraíso, en los que el bípedo animal realiza siempre su aparición ante la mirada de individuos, que de niños se solazan o disgustan con sus mágicos cantos; de adultos, se cuestionan sobre los orígenes de su belleza y cabida dentro de las artes; y de viejos, alucinan con el hallazgo de místicas correspondencias entre el mismo y la expresión humana.
Como podemos apreciar, con solo estos tres relatos se cruzan todas las edades en un intento por ratificar ese carácter santo del que poco a poco se va nutriendo al ser alado, acompañado de un sinnúmero de descripciones bien logradas en torno a la majestuosidad y ciencia de las especies. De esta forma, Carbonell Parody sitúa su literatura en un plano por encima del ámbito local, pues sus preocupaciones van más allá de lo que acontece en la costa caribe colombiana, para presentarnos situaciones del mundo que concierne a lectores expertos e inexpertos.
Subyacen también de la compleja introspección y el accionar de personajes que narran por sí mismos sus historias (cuando no se trata de una voz omnisciente y exterior a los hechos), relatos en los que dicha figuración divina de las aves resulta ser una imagen sugerida por los objetos que rodean a Salma en Palabra para hacer llover, donde la típica mudanza deja de significar tan solo un traslado físico a otra residencia para simbolizar otras dinámicas del cuerpo que se gestan en el contacto de las palabras y las cosas, desencadenando así el recuerdo de un pasado empapado para la protagonista quien, de ahora en adelante, cohabita dentro de las cajas de vasijas y abalorios que le resuenan como pájaros diminutos y brillantes.
Por su parte, en Comería uvas todos los jueves, observaremos esta vez una casa en la que reside la nostalgia de unos hermanos por su difunta madre, quien al momento de partir ha dejado sembrada en la memoria de sus hijos la imagen de unas uvas con las que solía resarcir sus apetitos, y que a su vez significan el rezago de un amor perdido, un color (el negro) que adorarían saborear todos los jueves, sino fuera porque el recuerdo se ha convertido para ellos en algo más penoso que el olvido.
Pese a la falta de escenarios comunes al contexto caribeño (que como mucho encuentra su sitio en la imagen de una playa), no por ello escasea en este libro un lenguaje que enriquece los espacios con menciones de la flora y la fauna colombiana, al igual que de tipicidades gastronómicas y compensantes de una jornada calurosa, donde al borde de una mecedora se halla el paraíso enternecido por las sombras de un vetusto platanal, bajo el cual es preciso proveerse del cayeye, la infusión de guiso, la uva, ciruela, la conserva.
Ahora bien, cuando lo sagrado se trata de algo que va más allá de la materia en sí, y en cambio, concentra la proyección de sus imágenes en el actuar humano, salen a la luz relatos donde se enaltecen las prácticas sexuales entre hombres y mujeres entregados a las banalidades y pasiones amorosas, tales como La ninfa y Lo que hacíamos, en los que, por un lado, la cacería de una “ninfa” efectuada en los alrededores de un campus universitario por parte de estudiantes letrados, se transforma en todo un acto de contemplación y malogrados encuentros entre estos y la divinidad menor; y por otro lado, una pareja de amantes que nos confían sus remembranzas de las numerosas veces que hicieron el amor en las borgianas ruinas de un edificio, custodiado por un vigilante coautor de las aventura eróticas, voyeristas e íntimas, que de manera no menos sutil se reconstruyen en la narración.
Por último, en el breve relato de Caracolas, es la imposibilidad de franquear y redescubrir la belleza divina de otras especies como los moluscos, el hecho que hostiga esta vez la relación simbólica sostenida entre una pareja de amantes con el mar, donde las aguas se reniegan de pulir unas corazas que las manos del hombre, igual de imperfectas, recogen de la arena para ofrendar a su señora, desatando así un ciclo que recuerda a los castigos de Sísifo y Prometeo.
Las imágenes sagradas constituye el ascenso de un escritor maduro que despliega nuevamente sus alas al viento, esta vez para irrumpir en el vasto campo de las letras colombianas con la narración poética de un estado y respuesta del alma frente a la tangible decadencia de la ritualidad, que quiere reflejar en la profunda impotencia de una pérdida como en la suspensión de la experiencia vital y terrenal de las cosas que a sus personajes llenarían de júbilo, de no ser por la mortal autoconsciencia que poseen de su pleitesía rendida a aquellas prácticas o emblemas.
