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La ruptura psicológica de Sebatian Viera con Junior y Alberto Gamero con Millonarios quedó en suspenso

Por: Francisco Figueroa Turcios

Hay momentos en el fútbol en los que un cambio de entrenador parece destinado a producir una especie de milagro psicológico.

Como si bastara con cambiar al hombre que se sienta en el banco para que, de repente, desaparezcan los fantasmas, se borren las derrotas y los jugadores recuperen la memoria de ganar. Pero el fútbol, que suele ser tan generoso con las ilusiones como cruel con ellas, volvió a demostrar que un nuevo técnico no siempre significa una nueva historia.

Sebastián Viera llegó al Junior con el aura del ídolo que regresa a casa. Alberto Gamero volvió a Millonarios con el peso de quien conoce los pasillos, el escudo y las exigencias de una institución en la que ya escribió páginas importantes.

Los dos estrenaron traje de entrenador. Los dos esperaban provocar una ruptura psicológica.Y los dos terminaron descubriendo que el fútbol no cambia de piel solamente porque cambie el hombre que dirige desde la raya. Viera se encontró con un Junior necesitado de una victoria como un náufrago necesita tierra firme. Gamero recibió a un Millonarios irregular, pero todavía aferrado al salvavidas de los ocho primeros. Y entonces llegó el balón.

El Junior recibió a Jaguares en el Romelio Martínez y, en un partido de esos que parecen escritos con tinta de suspenso, terminó empatando 3-3. Tres goles a favor. Tres goles en contra. Y, sobre todo, otra jornada sin conocer la victoria.

El debut de Sebastián Viera, el hombre que durante años custodió el arco rojiblanco y que ahora intenta ordenar el equipo desde el otro lado de la línea, terminó convertido en una nueva página de la incertidumbre. La ruptura psicológica no apareció. El hechizo tampoco. El equipo volvió a quedar atrapado en esa especie de laberinto en el que cada esperanza parece conducir nuevamente al mismo lugar.

Mientras tanto, en Cali, Gamero tampoco pudo comenzar su regreso con una victoria. Millonarios contabiliza dos empates en linea: 1-1 con Deportivo Pereira estadio Palmaseca y también 1-1 con el deportivo Cali en el estadio El Campin y dejó escapar dos oportunidades para consolidar su campaña. Pero existe una diferencia sustancial entre las dos historias.

Mientras Junior parece caminar por el borde del abismo, Millonarios todavía tiene los pies dentro de la zona de clasificación. Los embajadores ocupan el quinto lugar con 13 puntos. Junior, en cambio, aparece en el puesto 18 con apenas tres puntos. La tabla, esa contadora implacable que no entiende de sentimentalismos, coloca a cada equipo en su lugar.

A Alberto Gamero le concede tiempo. A Sebastián Viera apenas le concede oxígeno. Y ahí aparece una de las grandes paradojas de esta fecha. Dos equipos. Dos entrenadores nuevos. Dos estrenos. Dos empates. Ninguna ruptura. Porque la llamada ruptura psicológica —esa transformación inmediata que muchas veces se espera cuando llega un nuevo técnico— no tuvo efecto ni en Barranquilla ni en Cali.

El fútbol volvió a recordar que el entrenador puede cambiar la pizarra, modificar las posiciones, levantar la voz, recuperar jugadores y reconstruir el discurso. Pero no puede entrar a la cancha a jugar por ellos. La camiseta pesa igual. Los errores permanecen. La ansiedad también.

Y cuando un equipo lleva demasiadas jornadas mirando la victoria desde lejos, cada minuto sin ganar se convierte en una piedra más dentro de la mochila. Junior ya no juega solamente contra sus rivales. Juega contra el calendario. Contra la tabla. Contra la ansiedad. Contra la memoria reciente. Y contra esa sensación incómoda de que cada partido se convierte en una final antes de tiempo.

Ahora viene Alianza Valledupar, en la capital del Cesar. Será otra prueba para Sebastián Viera. Otra oportunidad para que el ídolo que regresó al club encuentre finalmente la llave que abra la puerta de la victoria. Porque el Junior necesita mucho más que jugar bien. Necesita ganar. Necesita descubrir cómo se siente nuevamente la victoria. Necesita que tres puntos dejen de parecer una montaña y vuelvan a ser simplemente tres puntos.

Millonarios, por su parte, tendrá que viajar al estadio General Santander para enfrentarse al Cúcuta Deportivo. La situación es diferente. Alberto Gamero no tiene todavía la soga estadística alrededor del cuello. Los 13 puntos y el quinto lugar le permiten mirar el campeonato con mayor tranquilidad. Pero la tranquilidad también puede ser engañosa.

Porque permanecer entre los ocho no significa tener asegurada la clasificación. La campaña irregular obliga a Millonarios a sumar para no convertir una ventaja en una amenaza. Y allí está el contraste que deja esta historia. Sebastián Viera necesita construir una remontada. Alberto Gamero necesita evitar que su equipo pierda el camino.

Uno intenta sacar al Junior del sótano. El otro busca mantener a Millonarios en el edificio de los ocho. Dos ídolos. Dos regresos. Dos proyectos que nacieron bajo el mismo deseo: cambiar el estado de ánimo de sus equipos. Pero el primer capítulo terminó en empate. El fútbol no concedió milagros. No hubo revolución. No hubo ruptura psicológica.

Solo hubo dos nuevos técnicos mirando desde la raya cómo sus equipos repetían viejos dolores. Quizás el verdadero cambio no se mida en el primer partido. Quizás la transformación necesite tiempo. Pero el tiempo, en el fútbol colombiano, también juega. Y para Junior juega en contra. La próxima estación será Valledupar.

Después vendrá Cúcuta para Millonarios. Dos caminos diferentes. Una misma obligación: ganar. Porque los técnicos pueden cambiar. Los discursos pueden cambiar. Las estrategias pueden cambiar. Pero hay algo que todavía no ha cambiado: la necesidad de ganar.

Y mientras Viera busca que el Junior vuelva a creer y Gamero intenta que Millonarios no deje de creer, la Liga BetPlay sigue avanzando como una corriente de río. Sin detenerse por nadie. Sin esperar a los ídolos. Sin conceder tiempo a quienes necesitan reconstruirse. Quizás la verdadera ruptura psicológica no sea el cambio de entrenador. Quizás sea el día en que sus jugadores vuelvan a salir de la cancha con los brazos levantados y tres puntos en el bolsillo. Ese día comenzará, de verdad, otra historia.

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