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La parábola del perifoneador

De no haber sido por un megáfono y una yegua castaña, una bocina que funciona con batería y un burro viejo y un carrito con 4 ruedas de acero, miles de familias barranquilleras habrían muerto de hambre y de Covid-19.

Por Rafael Sarmiento Coley

A las tres de la madrugada ya está Glenfor (mejor conocido como ‘El Greco’) bañándose para luego hacer lo mismo con “Tufo”, el fiel caballo que lo acompaña desde hace tres años, cuando le robaron “La Morisqueta”, una mula con la cual empezó a vivir la vida de vendedor ambulante de frutas y verduras, un oficio que no le cayó del cielo, sino que lo heredó de su difunto padre, Anselmo Greco.

Vive -con Marina su esposa y con Jeinys y Giovanni los dos hijos–, en una casa de remiendos en el último rincón de una de las más recientes invasiones que hubo en Barranquilla y su trabajo en sí comienza a las cuatro de la madrugada cuando enrumba en su ‘carroemula’ hacia el rebusque con las frutas y verduras que compra en el mercado viejo de Barranquillita a orillas de los caños.

No hay una calle de ningún barrio de Barranquilla por donde no se vea en el paisaje un vendedor ambulante. Un comercio informal, un ‘trabajador independiente’ que, en buena parte, ha servido para mitigar el hambre, la ansiedad, el estrés y el pánico por la pandemia. Miles de familias barranquilleras han sobrellevado la angustia en ese mundo de la informalidad. Ilustración de Filocaris Ramón Figueroa.

“Yo le digo una cosa. De no haber sido por este negocio, el tal coronavirus me hubiera cogido con los pantalones abajo y mi familia estuviera muriéndose de hambre. Pero Dios es grande. Yo nunca quise dejar esta vaina. Aunque le digo otra cosa. En dos ocasiones algunos políticos me han contratado para que les haga perifoneo en los barrios por donde no entra ni la brisa. ¿Sabe lo que me dijo un día uno de esos sinvergüenzas a quien le dicen ‘¿El Dedo’, porque no sabe hablar sin golpearle a uno el pecho con el dedo ‘goddo’? Me dijo: “Oye, Greco, tú deberías de trabajar conmigo y dejar de andar rodando por la calle todo el día a sol y aguaros”. Yo no le contesté nada. Pero, para que le voy a negar, me dio un soplo de esperanza en el corazón”, revela Giovan Greco.

«¡Yo botaría a todos esos politiqueros!»

Ernesto Landero prefiere mantenerse como trabajador informal, que acercarse a un «político embustero y corrupto a pedirle un puesto».

Todavía le debe las frutas

Gustado Adolfo Maury es un ‘bacan’, como ‘el mismo se define, «porque yo me la bacilo sin meterme con nadie, y hago mis cosas a lo bien para que no me vengan con cuentos ni que nadie me diga que yo soy más que tú. Eso sí, soy salsero de los viejos».

Gustavo Adolfo Maury es un reciclador, su padre, fue pasajero de la política de la época de Alfonso Manosalva, el eterno presidente del Concejo y del severo alcalde Adalberto Reyes Olivares (1967), quien, cansado de las quejas de las damas de los barrios del norte de la ciudad, ordenó por decreto que en adelante todo burro, mula, caballo o cualquier otro cuadrúpedo utilizado para ventas callejeras “deben circular con pañal, para evitar que depositen sus excrementos por doquier, lo que afea a la ciudad y produce malos olores”. Lo malo de la norma es que el ‘taparrabo’ (no tapaboca como el de ahora), solo impedía el ‘reguío’ de las materias fecales, más no el de los orines, que son más hediondos. “¿Cómo ponerle a un burro un pañal para los orines?”, cuenta Giovan que le comentaba, entristecido, su padre Anselmo, quien en esa época no tenía carro de mula sino un burro mohíno al que le colocaba un cajón de madera a lado y lado de la angarilla, en donde llevaba su mercancía: hígado, bofe, intestinos, panza, ubre, sesos, riñones, pajarilla, hueso blanco, mondongo, pezuñas, jarretes, y, en vez de megáfono, su perifoneo lo hacía golpeando los cajones de madera con el mismo garabato de pullar el burro.

Fader Quiroz es un ‘trabajador informal’ con una especialización en ‘mercadeo de temporada’. Por ejemplo, desde cuando comenzó el Covid-19, vende tapabocas y atomizadores con alcohol glicerinizado.

Fader Quiróz es un todero. Ofrece forros para celulares, cargadores y audífonos para los mismos, y, desde cuando empezó la pandemia, anda con su cargamento de tapabocas, “que es lo que más se vende en estos tiempos. Menos mal que el maldito Covid por lo menos nos ayuda en este rebusque.

Ernesto Landero se ríe cuando se le pregunta si también les ha perifoneado a los candidatos en épocas de elecciones. “Nojoda, eso sería lo último que yo haría en mi vida, a no ser que, Dios mediante, venga una nave marciana y se lleve a toditos los políticos corruptos y a sus compinches y cómplices”.

Cuando se le pregunta por qué candidato presidencial piensa votar, se quita el tapaboca para que le entiendan mejor: “¡Jamás en mi vida he votado por ninguno de esos bandidos, pero sí estoy dispuesto a votar ahora porque ya no se puede resistir más maldad en Colombia! ¡Hombre, un país con tantas riquezas y todos esos mequetrefes se lo han robado y, lo peor, han dejado que muchos mercenarios extranjeros hagan lo mismo! Yo, si veo a alguien confiable, voto, pero sobre los que están sonando hasta ahora, ninguno me mueve la aguja. Por ahora”.

No se cocina con dos galones de agua. Y prefiere no decir la edad, “eso no importa. Lo que vale son los recuerdos. Yo he vivido mucha vida. Ratos buenos. Ratos amargos. He tenido buenos trabajos, gratos momentos de placer”, y sigue retrocediendo el video de esos recuerdos de más de medio siglo, cuando él aún era un niño. “Yo he vivido mucha vida. Por eso no me dejé tumbar del primer candidato al Concejo que me buscó para perifonearle su campaña. A las bravas, pero me pagó”.

De lo que se salvó

En medio del bololó que se vive antes, en y después de las elecciones, recuerda el incidente “cuando se me presentó ‘El Dedo’. Imagínese que una vez organizó una manifestación en un barrio cercano a mi casa. Allá se me presentó una tardecita. Me dijo que toda la mercancía que sacara al día siguiente fueran frutas tropicales: mangos, papayas, melones, ciruelas, piña, que él me pagaba todo eso al día siguiente después de la reunión. Invertí toda mi platica en esa compra. Me presenté al sitio de la reunión. Ya él estaba ahí y me presentó al administrador de su grupo político, quien me recibiría la mercancía inventariada y se la entregaría al personal encargado de preparar y repartir las viandas. ¡Vea! Para no alargarle el cuento, tuve que montarle guardia durante tres meses en la recepción del edificio donde vive, para que, por fin, en medio de una pelotera porque llegaron varios otros cobradores y armaron su zafarrancho, vinieron varias patrullas y numerosas motos de los policías con sus sirenas atronadoras. Bueno. Después que se arregló con su pandilla de acreedores, vino donde mí. Y, usted no me lo va a creer, el ‘maddecío’ me pagó un billete tras otro y hasta me dio propina. ¿Sabe lo que me dijo el vergajo? “Giova, tú con tu perifoneo eres más efectivo que algunos que se vanaglorian porque gritan por emisoras y portales y redes sociales. El pueblo, pueblo, no le para bolas a esos perifoneadores gordiflones que se ganan toda la plata del mundo en aire acondicionado mientras tú tiras ‘cabrilla’ en tu carro de mula por todo el norte de Barranquilla”. ¡Qué tal la salida del muchacho, de quien dicen que es un gallero enfermizo, pero nada que tiene palabra de gallero, más bien tiene palabra de culebrero paisa”!

Breiner y ‘El Pájaro’

Breiner Enrique Licona Barrios, 35 años, 15 años de unión libre y dos hijos. No ha tenido para comprar un caballo, mula o siquiera un burro, para que le rinda más el día y las ventas. Aún así, no se queja. “Hago diariamente para los tres golpes de mi mujer, mis hijos y yo. Pa’qué más. Yo salgo con mi carreta desde una bodega en la Vía 40. Ese es mi ‘parqueadero’. Le tiro dos mil barritas al ‘celoso’, y él se va de aguante. Yo salgo de mi casa en el sector de ‘La Enea’, a las cuatro de la madrugada, en un carro de una llave que hace carreras por el sector. Es un carro particular. Me lleva al mercado, recojo mis frutas que ya me tienen empacadas porque saben qué vendo, y el mismo conductor me lleva al ‘garaje’ de mi carreta…’mi carrito es de madera cuatro ruedas de acero’, como dice el ‘gordito’ Tito Nieves en ‘El piragüero’, ¿sabes cómo es? Porque yo también son salsero, parrandero, embustero, carretillero, como decía Jairo Pava, que en paz descanse. Y salgo a rodar por el norte de la ciudad. Me ayudo con una bocina que trabaja con una batería. “¡Papaya, melones, aguacates, limones, zapotes, piña!” Todo eso lo vendo en un dos por tres, porque ya tengo mi clientela. Antes de dos de la tarde ya estoy en casa”.

Es un trabajador incansable. Amiguero. Sus clientes lo esperan así pasen decenas de otros vendedores que ofrecen sus productos hasta más baratos. Prefieren a Breiner. “Porque cuando uno anda con Dios, le va bien. No le pasa nada. ¡Ah!  Que si hago mucho ruido. No. Anuncio mis frutas con pausas. Suave. Pongo voz de locutor. Imagínese que paso todos los días por la casa de un Concejal, que en épocas de elecciones me paga -y más o menos bien- para que diga por mi bocina su nombre, partido y número en el tarjetón. Nada más. Y él me asegura que soy el mejor perifoneador del mundo, que le gano en efectividad a muchos perifoneadores de micrófonos radiales”.

‘El Pájaro’ es otro de los miles de vendedores ambulantes que ni siquiera el Coronavirus los ha silenciado. Algunos guardaron aislamiento durante las primeras semanas. Luego salieron, como el armadillo desde lo más profundo de su cueva, a ofrecer despacio, sin tanta gritería, y limitando su área de ‘trabajo’.

Su clientela es fija. Porque es el único ‘yerbatero’ que recorre el norte de Barranquilla con “jarabe de totumo, aceite de eucalipto y yarumo para la gripa; para las rasquiñitas en mala parte no falla la leche de higuerón. Para problemas del corazón, nervio o falta de sueño, gotas d evaleriana; si el asunto es de mucho peso, agua de pringamoza, y para quienes sufren de rasquiña la concha de piña. La limonaria para la ronquera. El yanten para el ‘guayabo’ después de una ‘pea’ larga y hojas de frailejón para el dolor de oídos”.

‘El Pájaro’ aclara que no es un yerbatero. Por lo general lo que vende es frutas en una carretilla de ruedas de triciclo. Lo que ocurre es que, en estos tiempos de pandemia descubrió que, más que hambre, la gente sufre de estrés, angustia, ansiedad, insomnio, dolores imaginarios. Entonces él alternó el negocio. Mientras tanto.

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Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey
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