El mundo evoluciona, evolucionó la medicina y con ella la ciencia, la industria, los métodos anticonceptivos, y las teorías de esta evolución aún siguen siendo objeto de estudio con muchos méritos y descubrimientos.
Por: Hernán De la Ossa
Dentro de esta evolución, la música no es invisible y con ella el vallenato, en absoluto. Los sonidos modernos se “entrometieron” con la llegada del modernismo musical, abanderado por la rebeldía del nuevo siglo y las ansias desaforadas de innovación. La revolución era irrefutable, incontenible y entre otras cosas indispensable.
El folklore (lo llamaré así para cubrir todo lo que rodea el género vallenato, porque también las parrandas, los acontecimientos y los personajes característicos, evolucionaron) no podía estar herméticamente cerrado en una capsula de cristal por el resto de la historia, navegando en la bahía eterna de los clásicos del siglo XIX Y XX con “chico” Bolaños, Luis Pitre y Francisco “el hombre”, quienes constituyeron la primera y segunda generación de músicos de acordeón, como lo evoca Tomás Darío Gutiérrez, en sus memorables investigaciones.
El punto de quiebre que he querido plantear en estas líneas, expuesto a la contradicción de los neófitos eruditos del vallenato moderno, se resume a una pregunta ¿Qué tanto tiene el vallenato moderno del clásico? Y añado ¿una posible trivialidad en la poesía vallenata, representa evolución? ¿Habrá que analizar con lupa y quizás convertirnos en vallenatólogos para dar respuesta a estas preguntas?, tal vez no. Lo que, si hemos de tener claro, críticos, consumidores, analistas y demás adeptos a la música regional por antonomasia de la costa caribe, es que a todo lo que se toque con acordeón, caja y guacharaca, no se le puede denominar vallenato.
Con la llegada del siglo XXI y sus nuevas tendencias, se abrieron aristas que dan lugar al debate y a la opinión. Lo cierto es que, para emitir conceptos y juicios de valor, debemos partir de la premisa de la composición vallenata y el carácter literario que se le imprime. Al comparar los estilos clásicos y modernos, encontramos un serio déficit de poesía en el último.
Muy a mi pesar, el vallenato en la actualidad ha sufrido un decrecimiento en sentimentalismo, poesía y delicadeza. La trivialidad se apoderó del género, tanto así que se acabaron las historias, el cortejo y la metáfora. Al echar la mirada al pasado, más específicamente años 70 y 80, los que a mi criterio es la época dorada del vallenato, encontramos un fenómeno distinto que también tuvo evolución.
La llegada de nuevos instrumentos a las agrupaciones y a las cabinas de grabación también fue muestra de adelanto. Bajos, contrabajos, guitarras eléctricas y sintetizadores que aportaron un aire fresco a las melodías que otrora eran campesinas y muy con sabor exquisito a campo. Pero lo paradójico es que hasta ese momento la evolución era netamente musical y melódica, las letras sensibles, coherentes y llenas de figuras literarias seguían vigentes, más fuertes que en ninguna otra época de la historia del vallenato.
Aunque por muy anacrónicas que parezcan mis palabras, no dejan de ser verdades. El vallenato en efecto merece una evolución, un refresco generacional que conserve la esencia poética que lo posicionó como un “género literario” como lo expresó García Márquez. Porque hasta hace unos treinta años el vallenato era eso, un género literario que narraba historias, que hacía crítica social, que era capaz de hablar por sí solo. La evolución del vallenato debería radicar en una transformación musical que conserve la esencia con sonidos innovadores y no textual que desangre la poesía. Adjudicarle al vallenato letras triviales y oprobiosas es quitarle parte de su existencia e ignorar la vigencia de los cánones establecidos con la excusa de su evolución.
