La Mambanegra es invitada de lujo en el XIV Carnaval Internacional de las Artes, del 6 al 9 de febrero.
La Mambanegra es una de las agrupaciones más interesantes del momento. A partir de la leyenda de “el Callegüeso”, un hombre de Buenaventura que viajó como polizón a Nueva York y estando allí creó una agrupación llamada La Mambanegra, su bisnieto Jacobo Vélez decide darle una nueva vida a su ancestro. Toma su apodo, funda una orquesta con el mismo nombre y crea uno de los sonidos más interesantes del Pacífico.
Jacobo Vélez es un músico caleño que destila música. Su proyecto La Mojarra Eléctrica, con marcada influencia de ritmos del Pacífico, es un trabajo honesto que relaciona músicas ancestrales con giros urbanos. Un proyecto que quedó en el pasado para seguir su camino de búsqueda y exploración.
Está involucrado en otros proyectos como Manteca Blue and The Latin Corner, que parece seguir la ruta del jazz de los años sesenta y un sonido de barrios latinos del norte de los Estados Unidos. El otro proyecto es La Mambanegra, una salsa ponzoñosa cuyo efecto es letal en los cuerpos: “Eso pone a vibrar y temblar de puro sabor”.
Manteca Blue and The Latin Corner abrió el Mercado Musical del Pacífico, una plataforma destinada a fortalecer la música de la región. Su presentación dejó a productores y asistentes con una sensación grata. Una propuesta bien trabajada, con temas originales que suenan a barrio, a esquina, a Miles Davis y a Coltrane. Con él conversamos sobre el estado de sus propuestas, las músicas tradicionales y sus transformaciones.
¿Cómo ha sido tu cercanía con las músicas ancestrales?
El primer acercamiento fue cuando mi madre manejaba la Sala de arte de la Universidad Libre. Veía a Oliva y Samuelito, unos bailarines geniales, y veía a la Marimba como si fuera un techo. El otro acercamiento fuerte fue en Cali, cuando estuve en un grupo que se llamó Yurumanguí.
¿Y qué hiciste luego?
Después me fui a Bogotá. Estudié jazz, conocí a Eddy Martínez, a Iván Benavides. Fui a Cuba, donde monté un grupo con otros amigos y hacíamos música tradicional. Decido volver a Cali a reencontrarme con mi maestro Hugo Candelario y ahí conozco a Esteban Copete, al maestro Gualajo. Todo eso está en La Mojarra Eléctrica, que lideré durante doce años. Ese fue el acercamiento.
¿Y abandonaste La Mojarra Eléctrica?
No diría eso. Creo que como compositor se había cumplido un ciclo y debía explorar. Tenía un grupo que se llama La Matatigres con el que he grabado un disco, y tenía otro que se llama La Mambanegra, que tiene que ver con la historia de mi bisabuelo que se fue de polizón de Buenaventura para Nueva York.
¿Cómo es esa historia?
Pues lo pillaron, lo tiraron al mar, lo rescató un babaloa que lo bautizó como “el Callegüeso”. Mi bisabuelo perdió la memoria, pero le llegó una flauta mágica que le ayudó a recobrar la memoria. La flauta se llamaba La Mambanegra. Terminó de polizón en Nueva York.
¿Y cómo influyó eso musicalmente?
Él termina en el Spanish Harlem y forma un grupo que se llama La Mambanegra. Luego lo deportan. Ahora a mí me llaman “el Callegüeso” y tengo una banda que se llama La Mambanegra. Eso me estaba llamando y tenía que responder a ese llamado.
Esa reelaboración cargada de historias, de relaciones humanas, de tradición, de ciudad, ¿cómo la valoras como artista?
Toda música es hija de un estilo y de otro estilo. La cumbia, por ejemplo, se puede mezclar con el raggamuffin, con música francesa e inglesa, y sale otra música. Son como células que se encuentran para luego dividirse.
¿Siempre hay una historia?
Así es. Un ser humano es el resultado de una cantidad de historias, por eso queda muy difícil pensar que alguien se inventó algo. Finalmente cada quien es un conector de un montón de historias y la resume a su manera. La música tiene que contar una buena historia.
Con esta idea de las industrias culturales, de mejorar la oferta, de hacer mejores grupos, ¿qué piensas del asunto?
Es relativo. Hay grupos que no necesitan de eso porque tienen un sentido propio, hay otros que sí necesitan. Si hay un contexto detrás, gráfico, literario, va a tener mucho más peso. La música es una cosa, el ejercicio del músico es otra y la industria es otra cosa totalmente diferente a las dos anteriores.
¿Pero es importante la industria, o no?
Digamos que la música, con todo el respeto por las industrias culturales, podría existir sin esos procesos, pero las industrias culturales no podrían vivir sin las músicas. La materia prima es la esencia. La industria influye a la música no siempre de manera positiva, como por ejemplo el reguetón: cuando nació me parecía interesante y fíjate en qué terminó. Perdió su calidad, su esencia.
¿Cuál debería ser entonces el objetivo de las industrias culturales?
Que los músicos no pierdan su esencia y dejar a un lado la idea de que hay que vender un producto. En el Mercado Musical del Pacífico hay una apuesta por las músicas independientes, y esa búsqueda se encamina hacia las raíces. No estamos detrás de ser famosos ni de ganar dinero, nuestro fin es contar nuestra historia a través de la música.
Leí un comentario en el que se critica la presencia de músicas extrañas al festival, como la salsa u otros géneros que no son del Pacífico. ¿Qué piensas del asunto?
He visto en festivales de jazz como el de San Sebastián a Rubén Blades, Papo Lucas y el hijo de Julio Iglesias. Cuando él tocó estaba vacío, pero cuando tocó Rubén se llenó. En otro festival de jazz estuvo Calle 13. Hay gente que dirá que es un irrespeto, pero la música trata de encontrarse en los mismos espacios. Hay festivales que son puristas y sólo suena jazz, pero hay otros que se abren.
Y en cuanto al Petronio, ¿qué opinas?
Si todas las bandas son de jazz, salsa o rock, entonces no sería del Pacífico, pero no está mal que haya bandas de salsa y ver la propuesta. ¿Qué tal que esas bandas tengan un sonido del Pacífico como el grupo Niche y Guayacán, que tienen ese sonido chocoano? Uno tiene que estar pendiente de lo que suena, y ahora el barrio está sonando duro.
¿Qué quieres decir con eso de que el barrio está sonando duro?
Eso se llama la salsachoque. Suena en San Nicolás, en el Barrio Obrero, ahí vos escuchás elementos de músicas del Pacífico, con el perdón de los puristas, alejados, pero ahí hay gente del Pacífico que le imprime su esencia. Eso hay que escucharlo también, mirá.
¿Cómo es el proyecto de La Mambanegra?
Eso fue un llamado, como te dije, de mi bisabuelo. Recoge todo el sonido musical de los años setenta en el Spanish Harlem. Allí nacieron personajes como Robert de Niro y Tito Puente. Toda esa mezcla que pasó por allí, el bebop que venía de los años cuarenta, Chano Pozo y Dizzy Gillespie, que en los años sesenta y setenta comenzó a ser una masa muy brava.
¿Te refieres al movimiento que luego fue llamado salsa?
Claro. Cuando aparece La Fania, las grabaciones, los conciertos, las negociaciones. La Mambanegra es ese Nueva York que añoro, pero hay más: me crié en la discoteca Tin Tin Deo escuchando esa música; cuando tenía diecisiete o dieciocho años me metía en un bar que se llamaba Nuestra Herencia, donde sólo ponían raggamuffin y música jamaiquina.
¿Una música muy afro?
Yo era el único blanquito, ¿me entendés? Eso se me fue metiendo y al final uno coge de esa historia de aquí y de allá, uno se vuelve un filtro. Y eso es La Mambanegra: esos bares, el funk de James Brown, de Irakere, de Los Van Van. La Mambanegra es puro sabor, si te pica, te jodiste.
David Lara es Escritor y periodista, autor de los libros Pasa la voz, queda la palabra (2011) y El dolor de volver (2018). Es docente de la Universidad de Cartagena.
