Cuando no existía la electricidad ni aparatos metereológicos, los campesinos anticipaban el clima con las primeras lluvias, a las que llamaban cabañuelas. Esas lluvias ahora sirven para que se vaya la luz.
Por Jorge Sarmiento Figueroa – Editor General
Las calles estaban solas, sin los acompañantes habituales de sus caminatas. La brisa venía del otro lado del mundo, era una época extraña que debió haber llegado a finales de diciembre o en enero. La Chechi sintió que por fin había podido amanecer sin tener que repasar las crisis de su trabajo sucedidas el día anterior, con su inmensidad de consecuencias para la jornada siguiente. No había bajado siquiera el celular. Recordó que el único problema de la semana habían sido los habitantes de Las Flores, sofocados a la brava por el Esmad. Nada de importancia. Un hombre había infartado por la fuerza desmedida de la autoridad, pero eso era culpa de ese barrio tan revoltoso que protestaba por todo. Las industrias de la vía 40 tenían electricidad, que Las Flores se las arreglen como puedan. Despejó el pensamiento y apresuró el paso. En ese momento, cayó del cielo la primera gota.
Lo que comenzó como un rocío frío de la mañana, se convirtió en la primera lluvia oficial del año. Era un aguacero tardío, que debió caer en otro tiempo, como la brisa que esperó hasta marzo para soplar. Si hubiera llovido como debió ser, los campesinos de la Costa hubieran podido cumplir su tradición de leer las cabañuelas para conocer el pronóstico del clima. En Esta tradición viene de España. En el campo se recurre a la observación de los primeros 24 días de agosto de cada año durante su transcurso para pronosticar qué tiempo será el que se disfrutará en los próximos doce meses, siendo los primeros doce días pronósticos de los meses en orden numérico ascendente, comenzando por el octavo mes, agosto. Pero como ahora llueve cuando le da la gana al planeta alocado y ni los científicos con sus aparatos tecnológicos logran saber con precisión lo que sucederá, esta lluvia de hoy podrían ser las cabañuelas, unas extrañas cabañuelas en marzo.
La Chechi entró a su apartamento bañada en sudor y cabañuelas, fue a prender el televisor para ver las noticias y oír el pronóstico de los científicos, pero se llevó la sorpresa que amargaría su resto de día: se había ido la luz.
Se dio un baño a oscuras, arregló a su hijo como pudo, desayunaron y, apenas antes de salir a las 7 y 30 de la mañana, encendió su celular. Más de 20 llamadas perdidas, 8 mensajes de voz, 4 mensajes de texto y el whatsapp haciendo una sinfónica de alertas. Desde el jefe de prensa hasta el gerente general, pasando por cuatro secretarias y seis ingenieros de zona, todos la estaban buscando. Decidió salir en su camioneta sin devolver llamadas ni mensajes, ¡qué carajos! que se acabe el mundo por un día, también hay derecho a la tranquilidad. Pero cuando la puerta corrediza del parqueadero terminó de subir, se dio cuenta que, como nunca antes, el trancón del semáforo de la esquina llegaba hasta su salida. Quedó atascada diez minutos eternos, suficientes para aceptar que tendría trabajo de inmediato.
En tres llamadas se enteró de la oscuridad del panorama. Casi todos los semáforos de la ciudad estaban apagados, no había electricidad a nivel general, Barranquilla estaba colapsando bajo la lluvia, con el desespero de un tráfico inmanejable y la mitad de la fuerza económica paralizada. A estas alturas Las Flores era apenas un recuerdo de la paz que había tenido la semana.
Calculó que todos los tipos de mensajes de respuesta en beneficio de la empresa no eran suficientes para la nueva gravedad: que si las brisas, que si los hurtos de cables, que si las conexiones piratas, que si el mantenimiento interno de las fábricas, que si el combustible de las generadoras. Mientras rebuscaba en su memoria, La Chechi aprovechó un vacío y se metió al flujo de carros. La lluvia arreció enseguida sobre el panorámico de su camioneta. ¡Esa era su respuesta!: ¡Las cabañuelas!. Llamó a su secretaria para dictarle el mensaje que debía irse de inmediato para Ingeniería, para Gerencia, para Prensa, para Atención al Cliente. Mientras en su mente unía las palabras precisas se sintió decepcionada de lo que iba hacer: echarle la culpa a la más deliciosa de las mañanas que había tenido en mucho tiempo, echarle la culpa a la lluvia bendita que la hizo sudar feliz esta madrugada, como una niña. ¡Echarle la culpa a las inocentes cabañuelas!
Pon la palabra cabañuelas, que es una vaina muy española y muy de aquí, así le tocamos el corazón a la gente. Sí, ya estoy llegando. Dile a Lucho que se encargue de los medios. Que ponga cabañuelas. No, no, como siempre, que no mencione a Electricaribe. La culpa es de las cabañuelas.