Existe la creencia de que entre más lejos se logre llegar al estirarse, mejor es el resultado. No es necesariamente cierto. Revisemos estos mitos.
Por Sergio Montoya
Soy cliente fiel de canales como National Geographic. Me encanta observar la belleza de la naturaleza y en particular la de los animales. Es muchísimo lo que se puede aprender acerca de biomecánica observando el comportamiento animal y escuchando las historias de evolución que los trajo a lo que son hoy en día en términos biológicos.
Vi mucho. Vi movimientos tan complejos e increíbles que a menudo a mí me causan envidia. En ocasiones hasta me conecto tanto con el cuento que alcanzo a ver personas detrás de esos trajes de texturas, colores y rayas. Lo que nunca vi es a un siervo pedirle tiempo a un leopardo para calentar y estirar antes de una persecución de caza.
El paradigma que quiero revisar hoy es el que dice que el estiramiento evita lesiones. En este contexto, ‘evitar‘ es un verbo muy arriesgado. La única manera de evitar lesiones sería no moverse. Y hasta eso pondría en duda, pues los animales (incluyendo los humanos), somos genéticamente dependientes del movimiento; de no hacerlo, atrofiamos nuestra funcionalidad, lo cual significa, nada más y nada menos, volvernos viejos más rápido y por tanto acelerar nuestra muerte.
El mito de la elasticidad muscular
Solemos creer que la elasticidad muscular es el único factor que limita nuestra capacidad de movimiento. Debo aclarar que ni siquiera es el factor más común. La gran mayoría de las restricciones de movimiento ocurren a nivel articular y fascial (en las fascias), en los tejidos conectivos responsables de permitir fenómenos básicos de todo movimiento tales como la transmisión de fuerzas o el control de la dirección en la que este ocurre.
Existe la creencia de que entre más lejos se logre llegar al estirarse, mejor es el resultado. No es necesariamente cierto.
No quiero decir que calentar y estirar sea inútil. En lo absoluto. Está claro que a temperatura adecuada los sistemas mecánicos funcionan mejor y el cuerpo humano no escapa a esta condición. Durante la entrada en calor no sólo se logra elevar la temperatura a un punto óptimo sino también se disparan fluidos que favorecen el entorno para el movimiento.
En la fase de estiramiento, que personalmente prefiero llamar trabajo de movilidad, se busca básicamente encontrar los rangos de movimiento para los cuales están diseñadas las articulaciones y lograr lo que algunos autores llaman la Longitud Ideal, esa posición en la cual cada músculo de una cadena cinética, y su respectivo antagonista, puedan moverse sin crear patrones disfuncionales que afecten la integridad general del cuerpo.
Otros mitos
Otro mito muy común es que no se puede ser fuerte y flexible al mismo tiempo. Si acordamos que la flexibilidad es la capacidad de un tejido de oponerse a una fuerza de elongación sin sufrir deformaciones, tendríamos que aceptar que en cierta medida la flexibilidad es una manifestación de la fuerza de dicho tejido. Es un tanto paradójico pero así es.
La flexibilidad y la fuerza no pelean entre sí, se complementan. Imaginen a un gimnasta olímpico sosteniéndose en unos anillos en el aire y sabrán de que les hablo.
El trabajo de movilidad sí es importante. Y mucho. El secreto está en hacerlo con criterio y dedicándole el tiempo y la consciencia necesarios para que haya un resultado real. No solo es arañarle cinco minutos al entrenamiento y esperar que mágicamente desaparezca el riesgo de lesionarse.
La movilidad es una asignatura igual o incluso más importante que los trabajos de fuerza, coordinación o potencia. Y lo es por la sencilla razón que es un pre-requisito para todo lo demás.