Las noticias políticas de la semana pasada pueden ser las más trascendentales que hayan sucedido en la historia del país del Sagrado Corazón, porque impactaron en el núcleo mismo de la familia y la sociedad colombiana.
Por Jorge Sarmiento Figueroa – Editor general
La Corte Constitucional, por fin, decidió si permitía o no la adopción de niños por parte de parejas homosexuales. Con seis votos a favor y tres en contra, el alto tribunal dijo que este tipo de parejas del mismo sexo sí pueden hacerlo, en casos en los que uno de los dos miembros de la pareja sea el padre o madre biológica del niño.
Basta de tanta «maricada» de proyectos de ley inoficiosos y debates interminables que no son sino cortinas de humo para dejar sin reforma a todo lo que en verdad es necesario e importante para la sociedad. Allí están esperando la salud (¡señores senadores y representantes, ¿son ustedes tan infames que ni siquiera piensan en cuántas personas mueren a diario por culpa de ustedes al no aprobar una ley clara y precisa que haga real la salud para los pobres?), la justicia, la ciencia y la educación, a que de verdad se les legisle. Solo para poner cuatro temas de ejemplo sobre los que no se hace nada. Y si se hace, es para favorecer a unos pocos, como a los dueños de Saludcoop.
No es cualquier «maricada» lo que se decidió. Con dicho aval se abre una reflexión profunda sobre el estado de salud de la sociedad colombiana. Recomiendo en este caso la lectura del editorial de El Tiempo del domingo 31 de agosto, donde se dan cifras alarmantes sobre la descomposición de la institución familiar. Por ejemplo, La Encuesta Nacional de Demografía y Salud (Ends) 2010, de Profamilia, mostró que hoy «solo el 43% se ajusta al modelo tradicional de familia nuclear, compuesta por un padre, una madre y sus hijos». Es decir, menos de la mitad de parejas heterosexuales en Colombia mantiene la tradición religiosa de «que el matrimonio entre un hombre y una mujer es hasta que la muerte los separe».
Por eso el grito que pone en el cielo la Iglesia Católica y todas sus vertientes se queda corto. Porque si antes de esta semana ya a la sociedad en la práctica le importaban poco sus preceptos, ahora quien los está violando es la clase política que tanta venia le hacía a la cúpula sacerdotal.
La otra noticia que terminó por encender las alarmas del país fue la que protagonizaron dos ministras, nada más y nada menos que las responsables de la educación y del turismo nacional, Gina Parody y Cecilia Álvarez Correa y Glen, al revelar públicamente que son lesbianas y que son pareja. Se quebró el florero de Llorente. Ya todo el mundo sabía que una mujer con rasgos tan masculinos como Cecilia Álvarez no era heterosexual. Pero en Bogotá a nadie le importaba. En Barranquilla menos. Ahoral le van a voltear la cara cuando la vean, se le van a alejar; pero bastantes encuentros en actos públicos y privados han tenido la cúpula religiosa y toda la clase poderosa de la región Caribe con la ejecutiva, sabiendo de antemano sus tendencias sexuales. Se las «tiraban de maricas». Porque les convenía. Se las «tiraba» Álvaro Uribe Vélez cuando tenía a Álvarez Correa de Alta Consejera y le daba poder por encima de sus ministros. Era ella su super ministra.
En su última edición, la revista Semana analiza el manual etnográfico que el gobierno norteamericano entrega a sus funcionarios, diplomáticos y militares que van a cumplir funciones en Colombia y que por tanto necesitan saber cómo es nuestra sociedad. Allí se demuestra que ya el mundo entero sabe que aquí todos, con tal de satisfacer nuestros intereses individuales, cumplimos el otro significado de la palabra «marica», el que le da uno de sus orígenes etimológicos: «muñeca de trapo o títere que se maneja con hilos». En otras palabras, todo el que puede se las tira de marioneta, de «marica», para hacer pantalla de buena persona, de proba, de ejemplar, mientras pueda obtener lo que busca.
No es una opinión. Es un hecho. El concepto de familia ha cambiado para siempre en nuestra sociedad y decisiones como la de la Corte Constitucional no son sino una respuesta forzada a la nueva realidad. Cada quien deberá ahora en su fuero personal, en su ética y principios ver cómo se las arregla para su vida respecto de estos acontecimientos. Como las ministras, por ejemplo. Porque al fin y al cabo cualquier discusión moral sobre el deber ser de la sociedad se termina cuando en vez de cumplir con nuestros deberes empezamos cada quién a «tirárnoslas de maricas».