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La espada encendida de la palabra: una velada literaria en Barranquilla

Por: Fusto Pérez Villarreal

Atendí a la invitación de varios amigos y me dejé conducir, casi sin resistencia, hacia una velada que terminó siendo memorable. La cita fue en Barracuda, café cultural ubicado en la carrera 53 No. 78-143, en Barranquilla. Constituyó un espacio en el que la palabra encontró abrigo y la noche se volvió propicia para la literatura. Allí tuvo lugar una lectura de textos en el marco del evento ‘La espada es encendida’, un encuentro que confirmó que la creación literaria sigue respirando con fuerza en Barranquilla.
El evento, moderado con solvencia y sensibilidad por el poeta Harold Ballesteros, giró en torno a la presentación de dos colecciones: ‘Los Once de Calibán’ y ‘Cuentos felinos’, volúmenes que convocan voces diversas y estilos bien definidos. Más que una simple presentación editorial, fue una celebración del lenguaje en sus múltiples registros

Uno de los momentos más altos de la noche lo protagonizó el maestro de maestros Guillermo Tedio, quien deleitó al público con la lectura de un texto inédito, no incluido en los libros presentados. Se trató de ‘El portazo final’, dos cuartillas que pasaron como un sorbo preciso e inolvidable, apoyados por la frescura, la cadencia y el dominio absoluto del lenguaje. “En la casa del abuelo las palabras ya no servían para entenderse, ahora solo herían”, así abre este cuento breve y poderoso, cuyo peso emocional y claridad narrativa arrancaron un aplauso sincero y prolongado.
Desde Miami, el reconocido escritor barranquillero Jaime Cabrera González aportó también su voz y su oficio, con uno de sus textos. Cabrera alimenta las dos colecciones.
Sara Martínez nos cautivó con su voz y desde Santa Marta, el maestro Clinton Ramírez llegó para desparramar su talento. Al igual que Tedio, optó por leer un texto inédito, ajeno a las páginas de los libros presentados, pero igualmente celebrado por el público.

Jorge Campo Figueroa, ‘Campito’, como cariñosamente le decimos sus amigos, fino orfebre del cuento breve, confirmó su dominio del género con la lectura de piezas incluidas tanto en ‘Los Once de Calibán’ como en ‘Cuentos felinos’, textos donde la síntesis, la precisión y el pulso narrativo se conjugan con admirable eficacia como, por ejemplo, ‘El mago’, ‘La pianista’ y ‘La bruja’, por mencionar solo tres.

A su turno, Adolfo Ariza Navarro, ganador de varios premios literarios, nativo de La Avianca (Magdalena), estremeció y cautivó con un sensible relato sobre un hombre que buscaron para matar a un perro. ¡Buenísimo!
La velada fue también territorio del reencuentro y del descubrimiento. Por intermedio de mi muy querido amigo Javier Marrugo Vargas, tuve el privilegio de conocer a la gran escritora y poeta sucreña Margarita Vélez Verbel, quien, con una generosidad que honra su oficio, me obsequió su poemario ‘El libro de las destrucciones, volumen que leeré con la atención y el respeto que merece una voz madura y profunda de nuestra literatura. Asimismo, junto a mi querida amiga Gemma De María Hanaberg, comenzamos a trazar los primeros acuerdos para la presentación del libro ‘La Eutanasia pasiva’, del escritor Senén González Vélez, proyecto que augura un nuevo encuentro fecundo alrededor de la palabra y el pensamiento.

Foto: Fausto Pérez y Clinton Ramírez

Y no puedo dejar de mencionar a Nelson Pacheco, quien, al cierre de la noche, puso en mis manos una pequeña joya literaria de su intelecto: ‘Células del alma’, un delicado conjunto de versos y aforismos inscritos en el naturalismo simbólico, en el que la brevedad no le resta profundidad al mensaje y cada línea parece respirar con pulso propio. Verbigracia: “Estamos bien educados cuando creemos en los medios de comunicación lo menos que se pueda”.
Entre el público y los afectos compartidos estuvieron también, mi profesor y amigo Concepción Marte Charris, Álvaro Suescún Toledo, Lya Sierra, Silvia Miranda, Joaquín Mattos Omar, Harold Salazar, Fadir Delgado y su inseparable madre Fabiola Acosta y el muy querido amigo, mago de la cámara, Julio Charris, entre otros visitantes amantes de la literatura. Se ratificó una vez más que la literatura no solo se escribe y se lee, sino que también se vive, se comparte y se celebra.
Fue, en suma, una noche excepcional. La palabra estuvo viva, palpitante como espada y como lámpara…

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