Por Patricia Escobar
Desde que era una joven, cuando no había tantas leyes restrictivas para que los pelaos asistieran a eventos masivos, he asistido al Festival de Orquestas del Carnaval de Barranquilla. Primero como espectadora en el Coliseo Cubierto, donde prácticamente uno salía de los bailes populares o casetas a hacer fila para poder ingresar al Coliseo Cubierto, porque no había preventa; después a cubrirlo como periodista, y más tarde a trabajarlo como funcionaria de la Fundación Carnaval de Barranquilla, y últimamente como contratista de esa empresa.
El evento musical por excelencia del Carnaval ha dependido siempre de la radio y de los empresarios, y no de la entidad que organiza la fiesta, porque gústenos o no la música siempre ha sido un negocio. De la radio, y de los medios en general porque son los que de una u otra forma imponen la música, elevan a los artistas; y de los empresarios, porque son ellos los que se meten la mano al bolsillo para traer las orquesta y agrupaciones musicales, no para hacer obras sociales, si no para ganar dinero. Si no fuera así, no fueran empresarios. Y entonces esos empresarios son los que facilitan que el Festival se realice.
Esto ha sido así siempre. El Capitán Visbal, ya fallecido, y Alberto Arteta, todavía dando lora, pueden dar fe de esto y de las “peleas” que se desataban entre empresarios para presentar sus orquestas en el mejor horario del Festival, y todo lo que hacían para que ellas ganaran el preciado Congo de Oro. Porque además eran los años en que las casetas funcionaban hasta el martes del Carnaval y la que tenía más orquestas ganadoras bateaba de jonrón el último día de la fiesta.
En esos años dorados del Festival, a pesar de que la gran mayoría de las orquestas que allí se presentaban, eran las mejores del año, y muchas extranjeras, también se presentaban agrupaciones nuevas para el público. Nunca olvidaré el año en que el Grupo Niche, creo que traído a la ciudad por Robinson Albor, abrió el Festival, y los asistentes lo chiflaron porque no era conocido.
Recuerdo también los brillantes mano a mano entre orquestas venezolanas o dominicanas y cómo las nacientes agrupaciones colombianas se paraban en la tarima de tú a tú con ellas. O peleaban para que las dejaran participar.
Eran años en que un día no era suficiente para albergar tantos grupos y tantos espectadores, y años en el que vallenato comenzó a entrar con fuerza en nuestra ciudad y el Festival comienza a realizarse en dos días. Ambos con buena nómina y con buena taquilla.
El cambio de escenario a uno más grande, y la eliminación del martes para el Festival debido a que las casetas dejaron de funcionar ese día, cambio la escenografía del evento.
Pero también las cosas comenzaron a cambiar cuando las orquestas extranjeras o nacionales de música tropical comenzaron a ser desplazadas, cuando la radio comenzó a cerrar sus espacios a nuevas agrupaciones, y estas vieron en el Festival la oportunidad de mostrarse en un evento que era un lujo. Y entonces en la nómina o parrilla como lo llaman convivían agrupaciones como Juan Piña y Joe Arroyo con la naciente de Checo Acosta. O vallenatos como el Binomio, Jorge Oñate o Diomedes, o nuevos o “desconocidos” como Los Betos.
Fuera de eso, la situación económica en general comenzó a cambiar, ya había más ofertas carnavaleras, más ofertas musicales y menos recursos para el último día de Carnaval, donde además no se garantizaba la presencia de las orquestas más taquilleras ya que los empresarios no permitían que el Festival fuera su competencia, y entonces las contrataban y una vez realizaban su presentación en Barranquilla las sacaban de la ciudad, primero hacia lugares cercanos y después a sus lugares de origen.
No olvidaré un año en que el Festival se realizó en el estadio de béisbol y a la una de la tarde, con un escenario prácticamente vacío, se presentó Sergio Vargas y posteriormente Los Toros band, ambas agrupaciones super pegadas para la época donde el merengue mandaba la parada en nuestro carnaval porque era la música que sonaba en la radio. Y se presentaron a esa hora porque después tenían un toque pago en Ciénaga y Santa Marta.
Mi conclusión de esta primera arista seria:
• Hoy como ayer el Festival se nutre de las agrupaciones musicales que traen los empresarios. • No hay norma legal que obligue a nadie a trabajar gratis. Todos los artistas que van al Festival lo hacen voluntariamente. Excepto este año que, gracias a un patrocinador, tuvo un artista exclusivo y taquillero. • Para el público en general, una buena agrupación es la que está pegada y se olvidan de que hay mucho talento que merece un espacio y que siendo buena los medios no le han dado la oportunidad de destacarse. • En los últimos años las agrupaciones extranjeras más taquilleras han sido los regetoneros cuyas presentaciones son todo un encarte. Y algunos salseros y merengueros que el lunes a primera hora viajan a los carnavales de Panamá, Ecuador, Venezuela y algunas islas del Caribe. • Hay que reconocerlo, los barranquilleros somos amantes del “disco pegado” o la agrupación de moda, no de la buena música, o los buenos show.