Por Jorge Guebely
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Los hechos nunca se cansan de develarnos las mentiras que intentamos ocultar. Bastan los acontecimientos recientes de París para comprender los engaños con los que intentamos socialmente convivir. Aclaran que cualquier fundamentalismo: de oriente u occidente, religioso o político, de izquierda o derecha, es asesino.
Una organización dogmática convierte a sus feligreses en potenciales homicidas. Privilegia más las banderas que la vida. Fomenta la degradación de haber nacido en un mundo poblado de principios. Nuevamente Rousseau y los románticos tienen razón: ‘El hombre nace bueno pero la sociedad lo corrompe’.
También dejan en claro que ningún periodista, en aras de la libertad de expresión, debe inventar verdades y ofender creencias ajenas. Tan peligrosos resultan los mercaderes del periodismo como los «lame letras» de la profesión.
La libertad de expresión se convalida sólo si revela los obstáculos que impiden la evolución humana. Y me aclaran que la libertad de expresión en occidente es otro mito. No es libre un periodismo cuyos medios pertenecen a las élites económicas. Mucho menos en los Estados Unidos. Allí gobierna una dictadura implacable de republicanos y demócratas cuyos políticos son pagados por los mismos dueños de los medios informativos y formativos.
Ni siquiera Norman Mailer, con todo su prestigio de escritor emblemático, tuvo libertad en el periodismo norteamericano. Debió fundar un semanario underground, The Village Voice, para difundir el lado oscuro de las informaciones.
Y me queda aún más claro que construyen otra guerra para hacer rentable el sistema financiero mundial. Un mundo sin guerras es mal negocio igual si es la esperanza de los seres humanos sobre la tierra. Crear y financiar confrontaciones es su oficio. Así sucedió entre la Francia de Napoleón y la Inglaterra de Wellington, entre La Triple Entente y La Triple Alianza en la Primera Guerra Mundial, entre Los Aliados y Las Potencias del Eje en la Segunda. Promueven cualquier conflagración con tal de que sea comercial: fascismo contra democracia, democracia contra comunismo, Rusia contra Estados Unidos… actualmente: democracia contra terrorismo.
Y de todas las confrontaciones, sólo ellos ganan sin importar los resultados finales. Eso lo aprendimos en los últimos 200 años de esta trágica historia occidental y accidentada.
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