Vuelta a clásicos de la Literatura Universal durante la Semana Mayor.
Por: William Castro A.
La vida y obra de Agustín de Hipona o ‘San Agustín’, es a la fecha un verdadero enigma para la humanidad. Sus memorias se encuentran reunídas en un libro, Las confesiones, clásico de la literatura universal, que funge como una autobiografía escrita «bajo una ataraxia del espíritu religioso”, en la que comparte un sinnúmero de alegorías al alma, como a la plegaria, la meditación y la acción de gracias.
Con La Biblia de forma y Dios de contenido, San Agustín ilustra mediante sendas alabanzas lo que en sus tiempos (s. IV y V dc.) consistía la adoración desde muy emprana edad. Dividido en trece libros, Las confesiones abordan la la niñez hasta lo que el mismo Agustín menciona como “la muerte del alma y perversa adolescencia”, en los que defiende su fe católica contra las herejías que por años profesó.
Entre las tantas acciones por las que un ciudadano de la época de Agustín podría considerarse hereje, una de las principales era inclinarse por la creecia de los Donatistas, quienes sostenían que la iglesia católica había dejado de ser la iglesia de Cristo por mantener una comunión con los pecadores, motivo por el que discrepan de todo acto de sacramento.
Envuelto por la herejía, un joven Agustín decide recurrir a la autoridad pública para defender abiertamente a los católicos contra los excesos de los Donatistas, logrando que el emperador romano, Flavio Honorio, publicase decretos en contra sus manifestaciones.
Producto de ello, surge la teología pelagianista, la cual y a diferencia de los Donatistas, defiende que los seres humanos nacen libres de toda clase de pecado, y que Dios creó el alma para moldearse o hacerse según la vida del portador. En otras palabras, se prescinde de la concepción adánica para defender el libro albredío de las generaciones futuras.
Por otro lado, fue de niño San Agustín un objeto constante del maltrato de sus padres, quienes le correjían a los golpes, según, para instruirle la búsqueda de Dios, nuestro autor considera en Las confesiones lo verdaderamente inconsciente que fueron sus acciones, al recordar el duro pasado que tuvo tras ingresar al catecumen sin antes recibir el bautismo (como implicaban las costumbres de su época).
Ya en su étapa juvenil, Agustín se deja arrastrar por los malos ejemplos, llevando ahora una vida aferrada a la herejía maniquea, un dualismo radical acerca de Dios donde existen dos principios supremos de igual orden y dignidad: el bien y el mal. De ello se extiende en su biografía, citando las veces en que fuera señalado como maniqueo; recibiendo múltiples calumnias por parte de los Donatistas, que le costaron mucho trabajo evadir, pero que al fin acabó asumiendo como “la enfermedad de un alma noble”.
Las confesiones también comprenden -fuera de una extensa conversación con Dios- las influencias religiosas que recibió San Agustín desde niño, donde hubo, no obstante, de enseñarse e intruirse a sí mismo la fe. Posteriormente, adquiere sabiduría ante la grave enfermedad por la que recae su hijo, al conseguir sanarle milagrosamente a través de “la gracia y misericordia de Dios”, concebida en el baustimo.
Luego, con relación a la escuela, San Agustín plantea que “se aprendía cosas que para la infancia eran totalmente inútiles”, y que solo con la retórica podía entregarse de lleno al estudio. Las críticas que arroja sobre la educación son, para Agustín, «consecuencia del tedio de tener que aprender algo obligado«, y que lecturas como La Iliada y La Odisea Homero hasta la filosofía de Cicerón podrían resultar igual de provechosas e importantes que las Santas Escrituras.
En útlimas, San Agustín confiesa cómo ha pasado el resto de la vida huyendo de su madre (quien quiso retenerlo en áfrica), bajo el pretexto de que viaja para adquirir mayor sabiduría (por ejemplo, en Roma, siendo acogido por el obispo San António), hasta llegar al punto irónico donde decida hablar sobre la muerte de su madre, comprendiendo cosas como la importancia de la castidad y la pureza que, sin embargo, no concibió, puesto que llegó a casarse y a tener un hijo ya a una edad madura.
