Por Samuel Solórzano Cisery
En el programa del Carnaval de las artes aparece el encuentro entre Juan Villoro y Hugo Chaparro Valderrama como si fuese un enfrentamiento de boxeo: Villoro VS Chaparro 2° Round el 19 de Abril a las 8:30 pm. Dos titanes de la literatura latinoamericana, mano a mano.
Con los guantes puestos, Juan Villoro y Hugo Chaparro Valderrama saben que los golpes vendrán con una erudición literaria, los derechazos tendrán un peso de humor y los ganchos se asestarán con anécdotas. Ellos saben que hoy les espera un ring metafísico en el Parque Sagrado Corazón al calor del Carnaval Internacional de las Artes, y la amistad de años que los une será una excusa ideal para que el choque de guantes sea resonante y enérgico.
Pero durante la mañana en el Hotel el Prado, fuera de ese ring por un tramo de horas, Juan Villoro y Hugo Chaparro Valderrama sin los guantes de entrevistado y de entrevistador se suman a una camaradería distendida. Por un momento Juan Villoro, escritor mexicano con trasegar inmenso entre la literatura y el periodismo, se detiene para decirme que Barranquilla es una ciudad abierta como las aguas del río Magdalena, que varias veces ha visitado la ciudad y en todas aprecia el calor de sus escenarios culturales. A partir de allí emanó una conversación que se proyectó entre cómo abarcar una realidad desde la síntesis de la poesía.
“Los grandes prosistas convocan un efecto poético a través de la musicalidad de sus palabras”, me dice Juan Villoro, y lo que él no acepta es que él es un poeta con investidura de cronista y novelista, que evoca una poética verdadera cuando él habla y empieza a timonear en mares antiguos y ríos bifurcados entre la memoria y la ficción.
Y es que para Juan Villoro el periodismo es una literatura bajo presión, que logra una belleza inusitada, porque un tejido de hechos reales trae bajo el brazo un relato que puede embelesar. «El Diario del año de la peste de Daniel Defoe le fascinó a Gabo porque parece una crónica que atrapa la realidad de cuando el autor era un niño y se vio envuelto por la pandemia de la peste». Daniel Defoe reconstruye su pasado a través de los recuerdos de su niñez, y logró una atmosfera periodística. Por eso, el periodismo puede no solamente captar la realidad de los hechos, sino sacar de ellos una historia que conmueve y apela a la razón humana.
No obstante, la memoria muchas veces es traicionera, dejando lagunas que luego necesitan ser comunicadas, y es entonces cuando entramos al territorio donde se confunde la realidad y la ficción, la crónica siendo ese vaso que contiene ambas sustancias por igual. “No es inventar solamente. Por ejemplo, Gabo nos presenta una crónica hecha con la intención de una novela en su libro Crónicas de una muerte anunciada” dice Juan Villoro, por eso afirma que es válido inventar, siempre y cuando el lector sepa de antemano que lo que va a leer tiene componente de ficción para armonizar las demás acciones de la obra.
Por la ventana de la sala en la que estamos en el Hotel El Prado se ve el saludo de las hojas de palmeras agitadas por el viento, y la luz de la mañana resplandece en el rostro de los escritores, pero en los ojos de Hugo Chaparro se detuvo la emanación de un tiempo que brilló como si una caja entre sus recuerdos se hubiera abierto. Hugo Chaparro parece meditar y sacar de sus recuerdos los hechos que han atravesado su vida; en mi caso me abruma la duda de si los hechos que he vivido los recuerdo tal como los viví o si, en realidad, hay una ficción dentro de cada uno de nosotros.
¿Cómo hacer el reportaje de una memoria propia, rememorar cosas que han pasado hace muchos años? Hugo Chaparro Valderrama rompe el silencio y cuenta cómo surgió su novela El buey descalzo, una ficción respaldada por el periodismo que él le hizo a su madre. “Había escrito novelas y biografías que siento como propias y que involucran territorios como México y Argentina. Pero llegó el momento de preguntarme sobre mis raíces, ¿de dónde vengo yo? La respuesta la encontré en mi mamá, a quien me dediqué a entrevistar todas las tardes durante dos años, y lo que me encontré fue una historia por escribir, pero llena de muertos”. Sí, muertos que tuvieron hechos, que tuvieron memoria, pero que se apagaron y que solo vuelven a la vida cuando la mamá de Chaparro le habla. Hugo Chaparro se reconoce como un historiador literario que reconstruye una memoria totalmente ajena. Es una memoria íntima, que, aunque no es propia de Hugo Chaparro Valderrama, es su origen y una de las raíces que lo sujetan.
“No hay nadie que sea tan exclusivo como para no ser parte de los otros”, me dice Hugo Chaparro Valderrama, y fue así que una taza de chocolate caliente a las cinco de la tarde le permitió explorar en los recuerdos de su madre, lo que luego se convirtió en su novela El buey descalzo.
Juan Villoro se sorprende al escucharlo, le confesa que una taza de chocolate caliente fue también su cómplice para sondear los recuerdos de su madre. Villoro la visita por las tardes, ella prepara dos tazas de chocolate caliente, pero Juan Villoro no toma chocolate, no le gusta, prefiere beber el pasado remoto que emana de la memoria de su madre, un pasado que le trae anécdotas de su padre que todavía quiere conocer y quiere escribir sobre él.
Tanto Juan Villoro como Hugo Chaparro reconocen nunca beber la taza de chocolate, dejan que se enfríe mientras escuchan las anécdotas sobre familiares y sobre un círculo de gente que una vez habitaron la tierra donde ellos ahora viven y escriben. Ambos están de acuerdo que el chocolate es el combustible para que sus madres muevan los espacios del tiempo y les traigan las memorias que penden entre la realidad y la ficción.
En ese momento comprendí que estos dos titanes de la literatura latinoamericana cuando están fuera del ring metafísico de erudiciones, historias y letras, se quitan los guantes y fingen tomarse una taza de chocolate caliente con sus madres mientras escuchan cuentos.
