Fue de las figuras más emblemáticas de todos los tiempos del boxeo mundial. Dos veces campeón del mundo en distintas divisiones por el WBC.
Por Jorge Alfonso Sierra Quintero
Guadarajala, México. Su casa está ubicada en un pueblo cercano al Distrito Federal, Cuajimalpa, y tiene un portón inmenso que no deja ver desde afuera su frente. Al pasarlo veo una residencia reluciente, bien diseñada, con la puerta principal de madera en arabescos, y al entrar está adornada con muebles elegantes, espejos y esculturas brillantes, aunque sin presunciones ni estridencias.
Cuando me abre, lo hace sonriendo, -siempre lo está – y me saluda con el típico saludo mexicano “a tres bandas”: Dar la mano, abrazar por el lado derecho y luego volver a dar la mano. Me dice “qué hay chingao, te estaba esperando desde temprano para que te comieras un taquito que hizo la vieja”. Se refiere a su esposa. Y en su lenguaje expresa una particularidad muy mexicana: el afecto, la hospitalidad, el cariño que se le da a los extranjeros.
Por alguna razón que aún no entiendo, el mexicano es especialmente afectuoso con el colombiano. Desde que le dije que lo era, no ha parado de tratarme con una familiaridad que parece venir de años.
La sala de su casa – sobria, decorada con elegancia – me hace sentir cómodo. En una esquina un equipo de sonido en donde suena música norteña. En la otra un tv de pantalla plana con señales de haber sido comprado hace poco. En las paredes fotos – varias – de sus más encarnizados combates. Como cosa curiosa, predominan las pocas en las que al final perdió.
Cruza las piernas, se echa hacia atrás y sin perder su sonrisa me dice: “A ver cabrón, qué onda, pregunta”.
Sus arcos superciliares, inflamados como los de todo boxeador, coronan unos ojos de mirada noble. Sus manos entrecruzadas, el gesto de su cuerpo, el tono de su voz, todo, denotan un hombre feliz, satisfecho.
-¿Siempre eres así?
-Qué te digo cabrón, pues no soy yo quien te lo diga…viejaaaaaaaaaaaaaaa, ven…
Ella es de mediana estatura, joven, estilizada, se le notan las horas de gimnasio y encima de su ropa deportiva, trae puesto un delantal a colores. Sonrisa amplia, se seca las manos antes de saludarme.
Me sorprende él con su conversación y su lenguaje al decirle al rompe:
–Vieja, mi amigo el colombiano quiere saber si soy enojón.
– ¿Enojón?? ¡Qué va! Ni cuando perdía el campeonato…….
Sonríe y me mira contento. Sabe que no hay necesidad de insistir en ello.
Aprovecha y le pide a su esposa que me traiga café. Cuando le digo que me disculpe, que no lo tomo, sorprendido, me dice:
– ¡Ah chingao, ¿no que eras colombiano? Y suelta otra frase con un evidente doble sentido.
-¿Qué te ofrezco entonces? ¿Coca?
Para seguirle el juego le digo:
-No, mejor Pepsi.
Se carcajea de buena gana.
Comienza la noche
Septiembre 19 de 1.980. Olympic Auditorium de Los Ángeles, California, Estados Unidos. Son las once de la noche y la pelea José Guadalupe Pintor Guzmán y Johnny Owen va en el segundo round. El contrincante de Lupe Pintor es un hombre flaco, aterradoramente flaco, pálido, orejón, desgarbado, que nadie sabe cómo pudo haber escogido una profesión tan ruda como ésta. Se vería mejor en una pista atlética, corriendo con una pértiga en la mano, preparándose para un salto con garrocha. Pero no, aquí está él, con su prominente nariz, con sus manos y piernas como palillos demostrando porqué a pesar de su frágil apariencia ha arrinconado contra las cuerdas al campeón mundial; y es que su récord hasta hoy lo avala: 25 peleas, 23 ganadas, un empate, una sola derrota y 13 nocauts.
Por su parte José Guadalupe “Lupe” Pintor, acaba de regresar a su esquina, se sienta en su banquito y recibe agua de sus seconds. Le dicen“¿cómo estamos campeón? Tienes que emplearte a fondo, éste flaco tiene con qué. No te descuides”. Pintor piensa. “Me está metiendo unas manos que no esperaba. El cabrón cada vez que me consigue me da en la madre”.
Hace hoy exactamente 6 meses y 7 días que cumplió 25 años. Su recorrido lo muestra como un sólido campeón mundial: 47 peleas, un empate y 7 derrotas. 33 nocauts previenen sobre la fuerza de sus golpes. Dueño del gancho de izquierda más elegante y mortífero del boxeo moderno, según los entendidos, Pintor sabe que debe apurar el paso. Un descuido y volará para Gales su corona.
El Boxeo I
-“A veces uno llega a subirse al ring con la suficiente determinación y dice: no importa lo que me pase, si me muero, no me importa, pero voy a conseguir el éxito a como dé lugar. Y de pronto, un día está ante la posibilidad de asegurar el futuro, no sólo propio, sino de toda la familia, los hijos, hermanos, padres. ¿Y qué opción queda? Pos la única opción es salir a darle con todo en la madre al oponente, cabrón”.
Noto en esa mirada noble una melancolía que aparece de improviso, como si sus ojos trajeran una inmensa desolación desde el pasado. Se pasa el dedo índice por sus ojos. Veo que ya no sonríe.
-“¿Qué es lo que mueve a uno a quedarse en el boxeo, a pesar de su crueldad? Repite mi pregunta con una curiosidad sin asombro, con el tono preciso de alguien que no puede ocultar el hecho de ya haberla – habérsela – respondido cientos de veces.
-“Lo que mueve a todos los boxeadores, mano: la necesidad, el hambre, las carencias; las ganas de ganarle así sea una a la vida. ¿Tú has pasado hambre?
Siento que mis huesos se me llenan de espuma pues no iba preparado para sus preguntas. Reconozco que la pobreza no espiritualiza ni sublima al ser humano, más bien lo encallece, lo degrada, y que las estrecheces y la rudeza de la vida pueden empujarlo al “todo vale”, con tal de conseguir lo que nunca tuvo. Empujarlo incluso a tratar de ganarle a la vida de la forma más cruel concebible: reventándose a golpes con otro sobre un ring.
-“¿Sabes? El boxeo es drama y es peligro. No creas que esto es la chingada, que acá nos subimos a un ring a divertirnos. Lo que en realidad buscamos es dejar atrás una vida de privaciones, aun a costa de la vida propia ¿Comprendes lo que digo?”.
Intento comprender pero sé que no me alcanza la epidermis. Percibo en sus palabras una descripción de algo más constante y universal, el desafío permanente que es la vida para los seres humanos, y esta enseñanza espartana: que al enfrentarse a la existencia como se hace en el boxeo, el hombre alcanza una grandeza moral, una justificación para su existencia, aunque termine derrotado. ¿Y cuántas formas de derrota hay en el boxeo, como en la vida, aunque se triunfe?
Avanza la noche
Noveno round. Johnny Owen, que así se llama el muchacho orejón y desgarbado, ha dado muestras de una valentía inverosímil y una resistencia granítica frente a Lupe Pintor. Ha peleado los ocho rounds anteriores pegado al campeón como una lapa, no importa que por momentos reciba fuertes golpes sobre todo en su mandíbula, pues él también suelta los suyos con evidente peligro. Dos minutos y algunos segundos después de haber iniciado el round, de repente recibe un tremendo derechazo en el mentón que lo hace trastabillar y lo tira a la lona. Se levanta de inmediato como impulsado por un resorte. Se pasa el hombro izquierdo sobre la nariz y se restriega también la boca. El referee le hace la cuenta de protección respectiva y frotándose los guantes en su camisa, le dice algo; Owen asiente. Su gesto es de estar en condiciones de seguir combatiendo. Se abalanza de nuevo sobre Pintor y recibe otro derechazo que por poco lo vuelve a tumbar. El sonido providencial de la campana anunciando que ha terminado el noveno round lo salva de un nocaut inminente. Llega a su esquina casi arrastrando los pies, en una señal inequívoca de que aún no se reponía de los fuertes golpes que acababa de recibir. Noventa segundos de descanso le darán la oportunidad de recuperarse y seguir combatiendo. ¿Para qué?