Por: Francisco Figueroa Turcios
Mientras muchos confunden el periodismo con la simple velocidad de publicar noticias, todavía existen hombres como Jorge Mario Sarmiento Figueroa que entienden que contar la vida de la gente sigue siendo un acto de dignidad y compromiso social.
En una época donde abundan los titulares vacíos y las verdades a medias, la crónica emerge como el género más humano del periodismo: el que escucha al pobre, al olvidado, al campesino, al vendedor ambulante y al ciudadano común que rara vez ocupa primeras páginas.
Las crónicas bozal de los periodistas jóvenes
Leandro Dìaz con gran certeza describió en la letra de tema el Bozal, para describir que el merengue es una expresión musical que enfrentan los cantantes contemporáneos al interpretar este género, que a menudo se considera un «bozal» para ellos. Allí, en ese ritmo exigente y desafiante.
Parodiando aquella sentencia de Leandro Dìaz, a través del tema musical El Bozal, que interpreta magistralmente Diomedes Dìaz, acompañado con el acordeón de Colacho Mendoza, podría decirse entonces que la crónica es el bozal de los periodistas modernos . Y si eso es cierto, pocos la dominan con tanta naturalidad como lo hace Jorge Mario Sarmiento Figueroa.
Por eso no sorprende que Jorge Mario Sarmiento recientemente haya conquistado el Premio Nacional de Periodismo Ernesto McCausland en la categoría de mejor crónica. Jorge Mario ganó con la crónica ‘Manuela Gómez Bancelín, la viuda que bailó su duelo en el Carnaval de Barranquilla’, publicada en el portal Web La Cháchara. Jorge Mario se destacó con esta crónica, entre otras de igual excelencia, por mostrar con sensibilidad una historia de duelo, amor y resiliencia.
El reconocimiento no cayó del cielo ni fue producto del azar. Es la consecuencia de años de trabajo silencioso, de lectura constante y de fidelidad a un género que muchos consideran el más difícil y hermoso del periodismo.
Porque escribir crónicas no consiste únicamente en juntar palabras bonitas ni en narrar hechos con elegante ortografía. La crónica exige oído, memoria, sensibilidad y, sobre todo, alma. Hay que saber mirar donde otros apenas observan. Hay que tener la paciencia del pescador y la intuición del poeta. Y Jorge Mario Sarmiento parece haber nacido precisamente para eso: para convertir la realidad en relato y el detalle cotidiano en eternidad.
Hijo de tigre…
Nada como pez en el agua entre párrafos, testimonios y escenas humanas, Jorge Mario heredó el oficio desde la sangre misma. Su apellido no es casual en el periodismo costeño.
Jorge Mario, es hijo del reconocido periodista Rafael Sarmiento Coley, hombre que brilló con luz propia en las páginas de diarios históricos como Diario del Caribe, El Tiempo y El Heraldo. De aquel padre no solo heredó el apellido: también recibió el rigor, la disciplina y ese raro talento de saber contar la vida con humanidad y precisión.
. Y allí, justamente allí, Jorge Mario se mueve con la sensibilidad heredada de Rafael Sarmiento Coley, demostrando que el verdadero periodista no es el que más grita, sino el que mejor interpreta el alma de su pueblo.
Pero Jorge Mario no vive de apellidos ni de nostalgias familiares. Ha construido su propio camino, su propia voz y su propio prestigio. Sus crónicas tienen el olor de la calle, el pulso de la gente y la música escondida de las historias bien narradas. Cuando escribe, no informa solamente: retrata, conmueve y deja pensando.
En tiempos donde la inmediatez amenaza con devorarlo todo, Jorge Mario Sarmiento sigue apostándole al periodismo que escucha, camina y siente. Al periodismo que se toma el tiempo de mirar a los ojos y encontrar en cada historia una verdad humana como la de Manuela Gómez Bancelín.
Tal vez por eso las crónicas de Jorge Mario Sarmiento tienen vida propia. Porque no están escritas solamente con tinta, sino también con memoria, sensibilidad y corazón. Y porque, como los buenos juglares del vallenato, Jorge Mario, entendió hace tiempo que el verdadero talento no consiste en hacer ruido, sino en saber contar la vida para que nunca sea olvidada.
