Jorge Luis Borges tenía 79 años y María Kodama 41 cuando se hospedaron en el séptimo piso del Hotel Capilla del Mar de Cartagena de Indias, el 19 de noviembre de 1978.
Por: Gustavo Tatis Guerra
La firma pequeña y nerviosa del genial escritor, cuyos 120 años de natalicio acaban de conmemorarse, reposa en el libro de huéspedes ilustres de ese hotel frente al mar de Bocagrande.
Al mirar la letra del autor de El Aleph y Ficciones, me enmudece el milagro de la fugacidad: Borges, de saco y corbata, con un bastón, inclinado ante ese libro de pasta negra y letras blancas junto a María Kodama, ella con el cabello suelto hasta sus hombros. Borges le había prometido que vendrían a Cartagena, una ciudad que al escritor le había fascinado cuando la visitó por primera vez, en 1963. Le hablaba de la ciudad a María Kodama, del mar y de las murallas, y ella estaba ansiosa en Medellín por conocer Cartagena. Al revisar el libro de huéspedes, descubrí que en otra habitación de ese mismo hotel se había hospedado Gabriel García Márquez el 12 de agosto de ese año.
Cartagena aún no acaba de salir de sus fiestas. Hacía una semana, con danzas y comparsas en sus calles y reinas de belleza en carrozas multicolores, celebraba 167 años de haberse independizado de España. Frente al balcón de la habitación de Borges, se veía el mar. Y María Kodama, su menuda y bella compañía, le nombraba casi en susurros los colores del paisaje. Los únicos que lograron entrevistar a Borges en su travesía por Medellín y Cartagena fueron los periodistas Jairo Osorio Gómez y Carlos Bueno Osorio, de Medellín, quienes viajaron con el poeta y estuvieron con él en las dos ciudades. La noche anterior lo habían llevado a la Casa Gardeliana. Tuvieron un privilegio inigualable porque además le hicieron las únicas fotos de Borges en Cartagena y Medellín, y de esa experiencia escribieron un libro que titularon Borges, memoria de un gesto. Yo estaba terminando mi bachillerato cuando Borges llegó a Cartagena.
Curiosamente, dos años antes de ese acontecimiento, yo había cambiado un libro de cuentos de Borges por el único libro de cuentos de Juan Rulfo, a quien no había leído. Muy pronto, en circunstancias curiosas, encontré la foto de Borges que los periodistas habían hecho en Cartagena y la conservé durante tantos años, sin saber que había sido tomada en Cartagena en 1978.
La enmarqué y la dejé en un lugar de la casa en donde la mirada de Borges parece contemplarnos a todos con ese destello profundo de ternura y sabiduría. Un día uno de mis hijos, muy niño, me preguntó quién era ese abuelito elegante que estaba en la foto, y le expliqué que se trataba de uno de los mejores escritores que ha nacido en este continente y uno de los más grandes de la historia de la literatura de todos los tiempos. Más tarde le expliqué con calma. Tal vez Borges es el que más alto voló y en una dirección distinta e inusitada, con una vocación de universo propio, convirtiendo la poesía, el cuento y el ensayo en formas supremas del arte y el pensamiento. Los cuatro tomos de su obra total me parecen una prodigiosa e inagotable aventura de la imaginación y la sensibilidad humana.
Borges despidió luego a Lemaitre hasta la recepción junto a María Kodama. Reinaba un inmenso silencio en los pasillos del hotel en la noche. Borges le dijo a los muchachos que se sabía de memoria el Nocturno de Silva y había leído la novela La vorágine, con la sensación de haber entrado en un laberinto de pesadilla. Sobre Vargas Vila dijo que era mejor olvidarlo. Al despertar le preguntó a María Kodama de qué color había amanecido el mar de Cartagena. Salieron a caminar por el malecón y las avenidas de Bocagrande. Borges le dijo a María Kodama que quería que ella viera las murallas. Y que en un instante, él pudiera tocar aquellos cubos de piedra donde España amuralló los tesoros ancestrales.
Los ojos vivaces de Borges no eran los de un ciego, sino los de un clarividente iluminado y enaltecido por la luz de Cartagena. Cada sílaba que pronunciaba era una música que acariciaba sus sentidos.
María Kodama le recordó la corbata para la foto con los muchachos, pero Borges prefirió salir así, cruzado de brazos, sereno y feliz, abotonado hasta el cuello. La cabellera plateada estaba sacudida con la brisa que venía del mar.