Durante las eliminatorias al Mundial de Brasil 2014, James se puso «la 10» de la Selección Colombia y continuó este rol de promesa, pero siempre hubo la sensación de que algo le faltaba a este cucuteño con acento paisa y cara de niño, para dejar de ser idea y convertirse en realidad. El peso de esa Selección y su clasificación al Mundial lo llevó sobre su espalda Radamel Falcao García, quien en ese momento estaba de amores con el gol y el buen fútbol.
[caption id="attachment_15235" align="alignleft" width="336"] Pekerman y Falcao dando aquella noticia.[/caption]
Pero en este deporte las verdades cambian a la velocidad de un contragolpe fulminante en el minuto 90. En una fría noche francesa de enero, la rodilla de ‘El Tigre de Santa Marta’ hizo «crac». La historia ya la conocemos: rezos, oraciones, cadenas de mensajes, pero no hubo milagro; Falcao no estuvo en el Mundial y lo que era una mala noticia para un país se convirtió en el comienzo de una nueva vida para un muchacho llamado James David.
Con la ausencia de Falcao, un nuevo liderazgo debía surgir en el terreno de juego para la Selección Colombia. Y aquí emergió la figura del gran José Pékerman. El sabio argentino le dio responsabilidades a James, lo motivó, lo convenció y lo invitó a dar un paso al frente, lo llevó a adueñarse de un equipo hasta ese momento gobernado por el Rey Tigre y en donde James había cumplido un papel de escudero promisorio. Recordemos que hasta ese momento James había convertido tan solo cinco goles en 25 partidos vistiendo la camiseta nacional. James llegó al Mundial, marcó un gol, marcó otro, otros dos, hasta que apareció esa gran volea frente a Uruguay que cambió la historia de nuestro fútbol y la historia del propio «10» de la Selección.
James terminó el torneo con siete goles en cinco partidos, convirtiéndose en el goleador de la Copa Mundo, apareció en el once ideal del campeonato y su gran gol frente a los charrúas fue considerado la mejor anotación del certamen.
Sí, estamos hablando de un colombiano
Por favor, recordemos de nuevo que James había anotado tan solo cinco goles en 25 partidos con Colombia antes del Mundial. James le creyó a Pékerman, creyó en sí mismo, creyó, creció y voleó esa pelota en el Maracaná que reventó la portería uruguaya y siguió derecho con destino al Santiago Bernabéu. El gol de su vida.
[caption id="attachment_15971" align="alignleft" width="289"] James besa la camiseta nacional y acompaña al escudo del Real Madrid.[/caption]
Aterrizó en Madrid entre suspicacias y sospechas, pero ya el «daño» estaba hecho. La personalidad, el carácter, la confianza que se adueñaron de James desde el Mundial parecen ser un «daño» irreversible. No es tarea sencilla ganarse el respeto del vestuario de la Casa Blanca de Chamartín y mucho menos de la contemplativa y exigente tribuna del templo madridista.
James ha mostrado una fuerza de espíritu encomiable, una autoridad y un descaro alucinantes teniendo en cuenta que es su primera temporada en un equipo en el que a los nuevos se les mira con recelo y no hay cabida para los «pechofríos». Ha sido la mejor temporada del jugador en su carrera, sus números superan todos sus registros personales. Esto confirma que ese 14 de junio de 2014 en el Estadio Mineirão de Belo Horizonte apareció con esa camiseta amarilla número 10 un nuevo jugador, un jugador que no habíamos visto hasta ese momento y que se forjó al interior de la concentración de la Selección Colombia en Brasil. ¡Gracias Pékerman!
El crack cucuteño está a punto de jugar con Real Madrid las semifinales de la Uefa Champions League, el mayor certamen futbolístico del planeta a nivel de clubes; una gala a la que han asistido pocos jugadores en la historia y ningún colombiano, hasta ahora. James continúa alcanzando metas y ocupando portadas sin precedentes en nuestro fútbol; su cara de niño y su timidez al hablar siguen intactas pero su espalda es cada vez más ancha. Y sus voleas no paran. ¡Gracias James!