En la Casa Cultural del Libro de Barranquilla, los libros no se venden.
Por, Juan Bolívar Ferrer.
A pesar de la comodidad de las instalaciones y la gran variedad de ejemplares, no hay clientes. Los libreros deben plantarse en la acera de la carrera 41 con calle 33 para atraerlos. Atajan, gritan y preguntan a los transeúntes. Pero no pasa nada.
Conforme pasan las horas, el edificio se enmudece y en los pasillos aparecen hileras de locales cerrados. Algunos libreros salen a la calle a rebuscarse con la intención de “salvar el día y no irse en blanco”.
Carmelo Tapia, de 55 años, piel morena y baja estatura, lleva más de 20 años trabajando como librero. Inició en las calles del Centro como vendedor estacionario. Ahora, desde 2014, lo hace en la Casa Cultural del Libro.
Su local se encuentra bajo la escalera de concreto que conduce al segundo piso, donde funciona la zona de comidas. Para llegar a él, hay que pasar cinco o seis locales desde la entrada, donde un funcionario de la Alcaldía cumple con los protocolos de bioseguridad tomando la temperatura de los visitantes.
Los locales tienen una barra azul, en la parte superior, que los identifica. La de Carmelo dice “El Toto” (como le llaman los del gremio), seguido del escudo del Junior de Barranquilla. Sobre la barra, en el centro, el número 50. En el lado derecho del local hay una estantería movible con varios niveles y torres de libros dispersas. En su interior, coronando una pila de ejemplares, sobresale El Diario del Che en Bolivia, con prólogo de Fidel Castro, de Siglo XXI Editores (1968). En el fondo, coloridos libros escolares. Alrededor traquetean las cortinas de hierro de los demás locales. Al principio el estruendo aturde, pero con los minutos uno se familiariza, e incluso puede sentir de qué lugar viene el sonido. A la izquierda, con dos puestos de distancia, un librero organiza zapatos que metódicamente acomoda en cajas verdes, rematadas por algún eslogan negro, irreconocible.
De sastrería a refugio de libros
En el 2012 la Antigua Casa Vargas fue adquirida por el Distrito de Barranquilla por $850 millones. Siguiendo el plan propuesto desde la Secretaría de Control Urbano y Espacio Público, que lideraba entonces Diana Amaya, se reubicaron, el 23 de abril del 2014, a 86 vendedores estacionarios ubicados en el Paseo Bolívar. También estaban entre los reubicados los libreros de la carrera 40 a la 42, los de la calle 35 entre carrera 41 y carrera 43, y los de la calle 33 con carrera 41.
La Antigua Casa Vargas, tras quebrar como sastrería en los 60s, al mismo tiempo en que se propagaban los primeros vendedores estacionarios llamados “Sanandresitos” (según el fallecido periodista Álvaro Ruiz Hernández), fue remodelada de acuerdo a los cánones modernos de la arquitectura, con un presupuesto que superó los $4000 millones, bajo la premisa de “no sólo recuperar espacios para la gente sino también para los comerciantes”, según la alcaldesa Elsa Noguera en una entrevista del 15 de enero del 2014.
Rebusque mayor
—Vine en noviembre y vi su local cerrado. Le compré al compañero de en frente porque usted no estaba…
—No si yo me fui hace tres meses para Hatonuevo. No, en La Guajira —corrige Toto, de inmediato, al preguntarle si en el departamento de Bolívar—. Allá tengo a mi mamá y a mis hermanas. Me quedé en la casa de la familia, una casa con un patio grande y llena de puros árboles. Allá vendí pescado —enseña las manos, pequeñas y gruesas, con rayones blancos en los nudillos y en la palma, de herida cicatrizada—. ¿Cuándo yo había vendido pescado, ah? Yo lo que vendo son libros y tengo mis estudios en Aluminios y Ventanas, ¿usted sabe qué es eso?, y en Electricidad en el Don Bosco. Hasta salgo en cuadro de honor, ¡imagínese usted! Nunca pensé que algún día tendría que vender pescado. Yo llegaba a la casa a las 11 de la noche oliendo a mico y con la ropa negra, llena de escamas. Por eso digo, con respeto a los que se ganan la vida vendiendo pescado, que es uno de los oficios más humillantes. Uno los ve por la calle y no les da mucha atención, pero es feo. Me tenía que echar tres capas de jabón blanco. Luego me pasaba la última con jabón de olor —recuerda, y su tapabocas se extiende, conforme a la sonrisa que oculta. El tono está a medio camino entre la burla y la pena.
Le pregunto sobre la situación en Hatonuevo por la pandemia y su trabajo de vendedor de pescado. Contesta de inmediato:
—No crea, aquí no es el único lugar donde la gente la pasó mal. En todos lados. Allá eran largas las cadenas de locales cerrados y quebrados. Por eso yo me fui de aquí cuando vi que eso de abrir con números pares e impares no daba. Yo estuve cuando vino el Alcalde y abrió unos locales. Reuní para el pasaje y, le digo con sinceridad, fui a aprender allá. Trabajé a un lado de la carretera. No sabía escamar el pescado y siempre, al pasar el cuchillo, me clavaba el huesito ese de arriba. Mire cómo me quedaron los dedos —vuelve a enseñar las manos—. Hasta que un día una señora que me iba a comprar me dijo: “Usted no sabe escamar el pescado, ¿verdad?”. Yo le respondí: “No, señora, yo era librero en Barranquilla”. Ella resultó siendo barranquillera y nos pusimos a hablar. Luego, me explicó que tenía que conseguir otro cuchillo, uno más grueso, y que tenía que darle un golpe duro en el lado de la cabeza para sacar el hueso. Así fui aprendiendo a hacerlo con facilidad.
—Además de usted, ¿a qué libreros de aquí les ha tocado buscar otro trabajo por la pandemia?
—Mire, hermano. Aquí hay compañeros que atienden su negocio pero que se rebuscan como sea. Con lo que sea. Mire al compañero de allá —señala al librero que organizaba los zapatos en cajas verdes—. Ese compra las cajas y los zapatos, él mismo los empaca y después sale a la calle a venderlos. Algunos se van y el Distrito entrega el local a otro librero. Es que esto no da —gira y se dirige unos pasos a la derecha, alcanzando la parte lateral del local—. Venga, asómese.
Al lado de una puerta de madera, debajo de las escaleras que dan al segundo piso, está una bolsa plástica marrón, abultada. Encima tiene un gorro de pescador amarillo. Está cerrada. Toto desata el nudo y saca de ella una caja azul, rectangular.
—Ahora que usted se vaya, almuerzo y salgo a caminar las calles vendiendo tapabocas —dice, mientras se pone el gorro—. El gorro es para el sol, que a las dos de la tarde se pone bravo. La caja con 50 tapabocas por $8000. Con esto me ayudo y salvo la comida.
—¿Almuerza aquí, en el segundo piso?
—Eso depende. Cuando el día es bueno, y ya he vendido algunos libros, me pido un almuerzo de $8000 de la plaza de comidas de allá arriba —apunta a las escaleras—. Ellos me lo traen. Ese es un almuerzo bueno, y lo disfruto. Pero cuando no se vende nada compro uno sencillo, de $5000.
Compradores, seres extraños
Todo se detiene cuando escuchamos a dos jóvenes preguntando por un libro de Pablo Escobar. Para el gremio, un comprador en la Casa Cultural del Libro es un suceso extraordinario. Por esa razón, de 54 locales en el primer piso, sólo hay funcionando unos 10 o 12, a juicio de Toto. Los libreros, dejándolas en la mitad del pasillo, salen disparados a buscar en sus locales cualquier ejemplar que tengan sobre Escobar para ofrecerlo a las visitantes. Cuando algunos vuelven con los libros que encontraron, ellas se miran entre sí y expresan que ninguno tiene el que buscaban. Los libreros, cabizbajos y en silencio, regresan a sus puestos con el libro bajo el brazo.
La balota
Para la adjudicación de los locales se utilizó el sorteo. La reunión tuvo lugar en el cuarto piso de la Casa Cultural del Libro, donde funcionaba el salón de eventos “Gabriel García Márquez” (desde el 2019 destinado a bodega de archivos de la Alcaldía), y fue realizado por la Secretaría de Control Urbano y Espacio Público. Salvo un librero discapacitado y tres voceros de la Asociación de Libreros del Centro de Barranquilla (Dairo Arteta, Pedro Ramírez y Samuel García), que tuvieron el privilegio de elegir la ubicación de sus locales, los demás libreros jugaron su destino a la suerte.
—Yo tenía mis dudas desde el principio, aun así, metí la mano, agarré una balota, y terminé llevándome un puesto.
Toto se mueve entre su local y uno que se sitúa a la izquierda, buscando y revolviendo libros. En la barra azul de éste dice “Willy”, con su correspondiente número 51.
—Y el puesto de al lado, ¿también se lo ganó?
—No, daban uno por persona. Sólo que este —dice, situándose en la mitad del otro local— era de un compañero que tuvo que buscar otro trabajo. Entonces me pidió que se lo atendiera. Aquí nos ayudamos entre todos.
Las ventas
—Los primeros dos años la gente venía y estuvimos bien. Todos vendíamos y estábamos tranquilos. La cosa empezó a decaer desde el 2017. La gente dejó de venir y varios compañeros fueron abandonando los puestos. Yo compré moto cuando estaba en la calle, empecé a los 35, y la usaba todos los días para transportarme. Cuando cambiamos de lugar no pude mantenerla por las deudas y la empeñé. Al final la perdí. Entonces compré una bicicleta, me iba a la casa y regresaba en ella. También la empeñé. Estoy esperando que entre un billete y la saco —dice riendo.
—¿En qué se va ahora?
—Uso Transmetro —rebusca en su bolsillo derecho y saca la tarjeta—. Es más fácil y me sirve bastante. Me deja cerca de la Terminal de Transportes, donde vivo en una habitación.
—¿Cuánto se hacía cuando estaba en la calle?
—Yo me hacía fácil, fácil, $30.000 y $50.000 diarios. La plata estaba ahí, no había que buscar a los clientes. Lo único es que había que guerrearla. Duro, por la lluvia, el sol, y la gente. Es más, cuando mi hijo, que estudiaba en Bogotá, me pedía que le mandara para sus gastos, yo sin problemas podía girarle $300.000. Ahora no puedo hacer eso. Pero, ojo, tampoco pido plata. Creo que…—trata de buscar la palabra, tomándose un tiempo—. Tengo dignidad, porque orgullo no es. Prefiero que un hijo venga a pedirme plata, yo le daré lo que tenga y pueda, que tener que hacerlo yo. Uno se siente como que está ahí, que no sirve para nada. Por eso le pido a Dios que me siga dando fuerzas para poner el negocio en el que estoy pensado. Desde hace un tiempo tengo la meta clara.
Toto se detiene y, tras un momento, continúa:
—Pero antes tengo que vender este poco de libros, que son pura plata aguantada.
Responsables
Para Toto la responsabilidad del mal momento que está atravesando el gremio de los libreros no es de la Alcaldía. “Ellos solucionaron un problema de movilidad y nos ubicaron aquí”, asegura.
—¿No cree que la Alcaldía, mediante la Secretaria de Cultura y Patrimonio, podría ayudarlos con publicidad, además de la que hizo el Alcalde en sus redes sociales la vez que vino?
—Pero cómo van a hacer publicidad si esto no les da plata. Esto sólo nos deja a nosotros, y eso —ríe, sarcástico—. Ellos sólo cobran los $50.000 por la administración del establecimiento.
Para él, la problemática está en el sistema, que los va separando cada vez más de los compradores. “Y ahora con las clases virtuales los únicos que se mantienen activos son los profesores”, asevera. “Porque ya no mandan a comprar los libros, sino que los envían por internet”.
La temporada
Es tradición en Barranquilla que, en época escolar, los padres compren libros y útiles escolares en el centro de la ciudad. En julio de 2017, en un artículo de Valeria Fuenmayor para El Heraldo, José García, librero de la Casa Cultural del Libro, dijo: “Uno se mantiene por la literatura que mandan a leer en los colegios”.
A pesar de eso, casi 4 años después, Toto no está seguro de un posible aumento en las ventas por la temporada escolar. “No puedo decirle si estamos esperando la temporada. En estos momentos, no sabemos nada”, afirma Toto, con un gesto de incertidumbre reflejado en ojos y hombros.
A futuro
Toto piensa en dejar el local a cargo de un compañero y montar un negocio de comidas rápidas en Hatonuevo, con la ayuda de una de sus hermanas. Dice que está viendo la forma para conseguir un dinero —se palpa el bolsillo, lleno de menudos— que le permita comprar una vitrina para exhibir los productos y una freidora para prepararlos.
Ahora que está en Barranquilla trata de cumplir su meta. Y como no es fácil, hay momentos en que se siente sin fuerzas, en los cuales cree que no será capaz de hacerlo. Sin embargo, explica: “Cuando me siento muy estresado y que no aguanto más, me voy a la casa de mi mamá en Hatonuevo. Allá en el patio pongo una hamaca, tomo café, allá siempre tendré una taza de café a cualquier hora, y me echo un sueño. Al despertar estoy renovado, con más fuerzas para volver a Barranquilla”.
Su vida es un movimiento constante y que decida dejar 20 años de trabajo de librero no es extraño. “Siempre he sido independiente”, dice. “Por eso me fui de mi casa a los 13 años a trabajar de ayudante de camionero con mi papá. Gracias a las carreteras principales pude conocer el país”. Además, cree que su tiempo de librero ya debe terminar. Por lo que, para concluir la conversación, dice:
—Yo me enamoré de esto —su mirada se pierde entre cualquier libro. Lejos, una cortina de hierro cae contra el suelo—. Y en su momento leí mucho, guerrié allá afuera y pude ayudar a mi familia. Pero uno quema etapas y se aburre. Y yo ya me aburrí.
Esta crónica es resultado del Laboratorio de Crónica cultural La Barranquilla que suena. Proyecto ganador del Portafolio de Estímulos Germán Vargas Cantillo 2020, de la Secretaría de Cultura de Barranquilla.
Este Laboratorio fue organizado por la Fundación La Cháchara, con la participación orientadora de los reconocidos periodistas Rafael Sarmiento Coley (El Búho), Rainiero Patiño, Carlos Polo, Andrés Ibáñez (Satírico), y el fotógrafo Haroldo Varela, creador de la imagen del proyecto. El proyecto fue liderado por el periodista y docente Jorge Sarmiento Figueroa. Producción, Nátaly Acosta. Gerencia, Nira Figueroa Turcios.
Cuenta con el respaldo de
Y la alianza con los medios alternativos y comunitarios de Barranquilla, especialmente
