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Hablando en jazz

Una noche en la Fábrica de Cultura reunió al colectivo D6 Plus y al saxofonista francés Samy Thiébault en un concierto donde el jazz dialogó con el porro, el pop y el joropo latinoamericano.

Por Tracy Villalba Rodríguez

Primeras notas de la noche

La noche había quedado fría después de la lluvia. Afuera, el asfalto todavía guardaba el rastro húmedo del día y, adentro, en el auditorio Luis Henao de la Fábrica de Cultura, la gente comenzaba a reunirse como si algo los llamara.

Algunos llegaban en silencio, otros se reconocían entre abrazos breves, y unos más se integraban a este espacio organizado por Caribe Crea y la Alianza Francesa de Barranquilla que, sin saberlo, ya los estaba recibiendo.

Las luces y las voces empezaron a ceder poco a poco. Entendieron que era momento de hacerse a un lado. Hasta que, finalmente, la penumbra dio paso al inicio.

En el escenario, el colectivo D6 Plus abrió la noche. No hubo tanteos.

La entrada fue directa, marcada por una voz que irrumpió con un scat preciso y desbordado. No hacía falta entender palabras —porque no las había— para saber que algo se había encendido en el escenario.

Y entonces, sin previo aviso, la música empezó a decir algo más.

Cerré los ojos.

Los instrumentos de viento tomaron la palabra. No sonaban iguales, pero se entendían. Había en ellos una nostalgia suave, una forma de elevarse que no pedía permiso. Las notas me envolvían con una calidez inesperada. Era algo que, sin tocarme, lograba abrazarme por dentro.

Luego fue el turno de la batería.

Entró eufórica y precisa, marcando un pulso que se metía en el cuerpo. Los dedos, las manos, los pies: todo respondía. Más que escucharla, era seguirla.

El piano apareció después como una ruptura distinta. Más inestable, más intensa. Había algo en él que rozaba el desorden, una emoción casi histérica, pero profundamente dramática. Cada nota parecía sostenerse al límite, como si estuviera a punto de caer o de explotar. Y aun así, nada se perdía.

Clímax musical

En cuestión de segundos, cada instrumento regresaba a su lugar, y lo que antes eran voces separadas volvía a convertirse en una sola cosa. Una misma melodía sostenida por diferencias que no estorbaban, sino que construían.

Poco a poco, el público empezó a entrar en la misma sintonía. Más allá del entusiasmo, había una especie de acuerdo silencioso entre quienes estábamos ahí. Los cuerpos respondían al mismo pulso y, por momentos, parecía que el ritmo dejaba de ser individual. De alguna manera, los latidos se alinearon con la música.

Ahí comenzó ese primer cruce, casi como un choque de mundos. El porro habló en jazz con Veinte de Enero, y lo hizo sin perderse, sin dejar de ser lo que era. La melodía seguía intacta, pero ahora respiraba distinto, se movía bajo otra lógica.

Y justo cuando el oído empezaba a acomodarse a esa transformación, el pop tomó la palabra. El rey del pop fue homenajeado. Billie Jean apareció donde nadie la esperaba, reinterpretada desde el mismo lenguaje, confirmando que no se trataba de cambiar las canciones, sino de decirlas de otra manera.

Antes de ser género, era música. Y esa noche, el porro, el pop y hasta el joropo venezolano se unieron para hablar en jazz.

Cierre sin fronteras

Y cuando parecía que la noche ya había encontrado su ritmo, apareció otra voz.

Samy Thiébault llegó al escenario con una emoción que no necesitó traducción. Habló de Latinoamérica como quien habla de un lugar que le pertenece de alguna forma, no por origen, sino por resonancia. Cuba, Puerto Rico y Venezuela: territorios que, según contó, han marcado su manera de escuchar y de hacer música.

Su propuesta no era quedarse en un solo lugar. Era moverse entre geografías.

Samy Thiébault no se quedó en una sola pieza. Su paso por el escenario fue un recorrido por distintas influencias recogidas en su relación con Latinoamérica. Pero hubo un momento en particular que condensó todo lo que la noche venía insinuando:

Pajarillo Verde.

Un joropo venezolano que, en sus manos, volvió a transformarse. No fue la única interpretación, pero sí la más sentida de la noche. Porque ahí, otra vez, la música dejó claro que no se trataba de cambiar de género, sino de encontrar otra forma de decir lo mismo.

El joropo, una vez más, habló en jazz.

No estaban el arpa, ni el cuatro, ni las maracas. Y aun así, algo permanecía intacto. La esencia no se había ido; solo había cambiado de cuerpo. La melodía seguía reconociéndose, pero ahora respiraba distinto, atravesada por otra sensibilidad.

Francia y Latinoamérica no se mezclaban: conversaban.

Y no eran los únicos.

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