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Gonzalo Garcés: escribir cuando todo ofende

El escritor, editor y crítico argentino es conocido por sus posiciones sobre la literatura y sobre los escritores de su país, a quienes considera excesivamente intelectualizados. En esta entrevista habla sobre sobre su próxima novela, sobre Hemingway, Bolaño, Borges, su visión del feminismo y los libros que lee.

Por Jairo Alonso Castañeda

Gonzalo Garcés, uno de los invitados al XIV Carnaval Internacional de las Artes, conversará con la poeta Maríamatilde Rodríguez el viernes 7 de febrero en La Cueva.

Y hará parte del Panel sobre El papel de la verdad en los lenguajes del siglo XXI. Con Alexandra Vives, directora de Libraq, la Feria Internacional del Libro de Barranquilla; Juan Manuel Buelvas, productor y ex gerente del canal regional Telecaribe; Estewil Quesada, editor regional del periódico ADN, y Gonzalo Garcés, escritor, editor y periodista argentino. Modera Jorge Mario Sarmiento Figueroa.

¿En qué anda Gonzalo Garcés?
Estoy escribiendo una novela hace ya dos años. Es una obra de política-ficción que sucede en una Argentina futura, donde el país se hunde en el atraso y la tiranía. El noreste ha hecho secesión y se ha convertido en el país más próspero de América Latina. Los argentinos piensan que si tan sólo pudieran sacarse de encima a los demás argentinos, sería el mejor país del mundo; es un país muy caníbal y muy fratricida, así que exploro esa posibilidad que siempre está en el imaginario. La protagonista es una mujer y la historia está contada en primera persona, así que, para mí, supuso el desafío de ponerme en la piel de una mujer por más de trescientas páginas.

Si a un escritor le dan un minuto para contar de qué trata su libro, ¿sientes que de esa descripción depende la venta?
A veces sí. Hay escritores que, con independencia de su calidad literaria, son buenos vendedores de libros. Hay grandes escritores que fueron pésimos: Borges al principio era muy malo, con los años aprendió a venderse mejor. Hemingway fue un brillante vendedor de sus libros porque creó una imagen de escritor aventurero, la figura romántica por andar en bermuda y camisa de manga corta, en una habitación en África llena de mosquitos, trofeos y una cabeza de león, tecleando en una Remington. Esa mezcla de aventura e intelectualidad fue irresistible para el mundo y creó el mito Hemingway. Más cerca de nosotros, Roberto Bolaño tenía el don de crear pequeños slogans. Te doy un ejemplo: cuando él estaba escribiendo lo que finalmente fue 2666 (2004), su gran novela póstuma, le pregunté de qué se trataba. “Es una novela tubular”, me dijo. ¿Qué es eso? Yo no tenía ni idea, pero era una fórmula sugestiva que evocaba algo futurista, relacionado tal vez con la cosmología o matemática, con resonancia de vanguardia y a la vez de misterio. Quedé convencido de que debía ser una genialidad.

La describe como tubular y con eso declara la autenticidad de su estilo.
Tomemos en cuenta que tubular es una palabra muy sonora. Hay que saber aprovechar esas sonoridades a la vez que esos misterios semánticos. A propósito de eso, en una de las últimas conversaciones que tuve con Bolaño me hizo ver que nuestro idioma es el único que posee un adjetivo para denominar las cualidades de una catedral y ese adjetivo es catedralicio, en inglés no puedes decir catedralicious. ¿No es maravilloso? Él lo usaba para lo negativo: tal cosa es una estupidez catedralicia, del tamaño de una catedral.

A los escritores colombianos les faltan esos slogans.
Y por eso escriben mucho mejor que los argentinos, son mucho más concretos. Con más imágenes, menos abstractos que nosotros. Cada uno siente que hay más sol en la vereda de enfrente. Como vivo inmerso en este clima hipermegaintelectualizado de la literatura argentina, me resulta un alivio la claridad que suelen tener los colombianos inclusive cuando escriben novelas trash. Allí incluyo al amigo Efraim Medina Reyes, su lenguaje es prístino, así como también me gustan los climas opresivos y decadentes típicos de la novela chilena, o la melancolía paradójica de muchas novelas brasileras. Los uruguayos, ¿cómo serían, si es que tienen una cualidad general? Para mí sería la de ser un poco rioplatenses. Mario Levrero, por ejemplo, alterna algo campechano, casi muy propio del Pepe Mujica, con curiosas preocupaciones metaliterarias. El Río de la Plata trae algún producto químico que vuelve a la gente un tanto enrevesada.

Jaime Bayly dijo que Argentina es un país de loquitos, y nadie se lo tomó a mal cuando presentó su libro hace unos meses en Buenos Aires.
No, al contrario, parece un piropo.

En Colombia aman mucho a Borges, así que si lo mencionas en el Carnaval Internacional de las Artes te harán hablar de él unos quince minutos, mínimo. Yo lo veo no sólo como un autor de culto, sino como un ejemplo de desarrollo personal.
Borges exageró su discapacidad. Según entiendo, veía a través de una pequeña región de su campo visual, así fuese de manera disminuida. Mi maestro Abelardo Castillo me contó una anécdota: una vez fue al cine con Borges, y a la salida comentó: “qué linda esa escena en donde aparece el caballo zaino”. Abelardo y sus acompañantes se miraron entre ellos: ¿cómo supo Borges el color del caballo? Dicen que exageraba su ceguera para no tener que leer manuscritos de jóvenes escritores, o que era muy distraído y no recordaba las caras de la gente, entonces ser ciego le dio una excusa eterna para no tener que reconocerlas. Siguió escribiendo poemas y cuentos después de haber quedado ciego porque era lo único que le quedaba en la vida, eso y su amistad con Bioy Casares. Es uno de esos casos en donde el individuo invierte todas sus energías a una sola cosa. ¿Qué le quedaba si estaba ciego? ¿Jugar al tenis? ¿Las mujeres? No tenía más remedio.

Has sido encasillado como escritor de rupturas sentimentales y relaciones de pareja.
Me temo que mi próxima novela también va por ahí: la protagonista, editora, se enamora del autor de un libro que van a publicar y que puede salvar la patria de la editorial. Una historia de amor y aventura, un poco a lo Casablanca (1942). No sé si he sido tan encasillado como escritor de historias sentimentales. En primer lugar, habría que decir que casi toda novela occidental trata del amor y la pareja, casi por antonomasia. Me han encasillado más por las relaciones entre padres e hijos por mis novelas Hacete hombre (2014) o El futuro (2003), y en parte por Los impacientes (2000), que ganó el premio Biblioteca Breve. Otro tema ha sido el feminismo o los temas de género, y eso es más bien accidental porque nunca fue algo que me desvelara. Escribí sobre la identidad masculina y sin haberlo buscado me encontré en medio de polémicas sobre género, porque Hacete hombre coincidió con el comienzo de la gran ola feminista del movimiento Me Too, Ni Una Menos, debates sobre lenguaje inclusivo, entre otros.

En un video te manifestaste a favor del aborto.
Sí, y hay muchos feminismos. Hay muchos aspectos del feminismo con los cuales me identifico incluso si no los llamo necesariamente feminismo, que toda persona tiene derecho a elegir su destino y tener o no tener hijos, darse a una profesión o no, aspirar a ser astronauta o presidente, amo o ama de casa, en fin, esa autonomía individual parece algo fundamental de cualquier sociedad moderna. Ahora también hay un feminismo que se suele llamar el de la tercera ola que se basa en ideas con las que ya no concuerdo, ejemplo: que si uno es hombre, no puede en ningún caso hablar de las mujeres o de lo que atañe a las mujeres. Las mujeres feministas hablan sin cesar de los hombres y, sin embargo, esperan de los hombres que se callen respetuosamente respecto de las mujeres. Si hay una regla debe ser igual para todos. Si fuera necesario experimentar en carne propia para hablar de ese algo, uno no podría ser botánico a menos que fueras una planta, no podrías ser zoólogo a menos que fueras un elefante o una cebra, o astrónomo a menos que fueras un meteorito. Acaban con la idea del conocimiento transmisible. Podríamos caer en eso de “no puedes decir nada de mí, porque no estás en mis zapatos”, y yo te respondo: “tampoco puedes decir nada de mí, porque no estás en mis zapatos”. ¿Acaso somos una galaxia de experiencias cerradas en sí mismas, que no pueden comunicarse? No es el mundo que yo quiero porque es un mundo en donde no se puede pensar y escribir.

En El miedo (2012) hay una profundización en las relaciones sentimentales, a lo Philip Roth.
Es uno de mis escritores de cabecera.

¿Qué libro te gusta más?
El animal moribundo (2001). Logra combinar un retrato de época con la obsesión de un hombre de sesenta años que se relaciona con su exalumna de veinticuatro. Está escrita de un modo muy denso, con frases cortas y potentes, con un tono de conversación que transmite una enorme sinceridad sobre el paso del tiempo y la vejez. El narrador dice: “¿Puedes imaginarte la vejez? No, yo tampoco podía a tu edad”. Por definición, un joven no puede imaginarse viejo, la ignorancia acerca de lo que viene es de rigor. Otro apunte sobre esta obra es cuando dice: “Por más astuto que seas, nunca sabes más que de sexo”.

Roth parece ser alguien que dice lo que uno ha querido decir decir toda la vida, de manera fantástica.
George Orwell decía que esa es la marca de un gran escritor: produce una sensación de reconocimiento, como de alguien que te ha leído la mente.

¿Qué otros autores te gustan?
Te voy a hablar de contemporáneos, eso no quiere decir que no lea antiguos aunque ahora estoy leyendo El Caballero de la Carreta (1170). Michel Houellebecq me fascina y tengo el privilegio de conocerlo, lo entrevisté media docena de veces. Las partículas elementales (1998) o Sumisión (2015) son novelas que verdaderamente muestran cómo se vive hoy. En la era de la corrección política, en donde todo el mundo teme ofender, Houellebecq es un escritor necesario. Le pregunté cómo hacía para escribir de un modo tan desinhibido. Me contestó: “Imagino que cuando el libro sea publicado ya estaré muerto, no importará porque imagino que no tendrá consecuencias para mí”. Sospecho que es un muy buen ejercicio.

Es como pensar en qué cosa podría escribir uno en Facebook para ser bloqueado por la mayor cantidad de gente.
Se me vienen por lo menos diez respuestas a la cabeza. Como ahora todo ofende, no hay que buscar mucho. Es un mal que se origina en Estados Unidos, y deploro la pasividad con la que en América Latina hemos adoptado esa manía yanqui de la cacería de brujas. En los ochenta todos temían que hubiera mensaje satánico en las letras de rock, o que reclutaran a colegiales o a nenes en jardines de infantes; luego se comprobó que no tenían remotamente el alcance que temían. Hoy en día el pánico moral es ofender a algún grupo, ser políticamente incorrecto. “Esto me ofende” se ha convertido en una frase capaz de inhibir todas las facultades críticas e intelectuales de cualquier interlocutor. Ofenden cosas absurdas como la apropiación cultural: que me disfrace mexicano si no lo soy. En las redes sociales hay críticas a gente que cocina comida tailandesa porque se están apropiando de la cultura tailandesa. ¡No existen las culturas puras! Justamente porque se mezclan, hay préstamos, interpretaciones y adaptaciones, ¿Qué sería de la cocina peruana sin la influencia de Japón? Quieren vivir en un mundo puro y libre de toda mezcla: un planteamiento muy nazi.

Tu amigo Hernán Casciari hizo una charla TED sobre su madre. ¿Te gustaría hacer algo así?
Sí, pero nunca me acerqué a ese formato, entiendo que uno mismo toma la iniciativa de proponerlas. Con tanto trabajo en los últimos años tengo mis días muy llenos. Mi última novela ha sido muy compleja, y está el trabajo de director de la editorial Galerna.

¿Qué sientes cuando estás a punto de visitar a una ciudad nueva? Pronto estarás por primera vez en Barranquilla.
Una gran fiesta. Seguramente cuando esté ahí me reiré de las imágenes absurdas que tenía. He procurado no googlear, prefiero sorprenderme en vez de estudiar mucho el lugar antes de ir. Imagino un sol muy fuerte, una gran piscina y personas hablando alegremente al rededor de esa piscina. Si hay algún argentino además de mí, será el que no sepa bailar.

 

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