Por Francisco Figueroa Turcios
El destino, a veces, no avisa. No toca la puerta. No pide permiso. Simplemente aparece, de repente, en medio de una calle, en forma de accidente, y cambia para siempre el rumbo de una vida. Eso fue lo que ocurrió aquel 30 de julio de 1955.
Fuad Char Abdala tenía apenas 17 años y estaba a punto de marcharse a Estados Unidos. Había terminado con honores sus estudios en la Escuela de Cadetes de Cartagena y se había ganado una beca para continuar su formación en la Marina de los Estados Unidos. Su futuro parecía escrito: el uniforme blanco, la disciplina militar, el mar y una carrera en la Armada.
El destino tenía otro libreto…
Pero el destino tenía otro libreto. Fuad había nacido en Lorica, Córdoba, el 5 de octubre de 1937, en el hogar formado por Ricardo Char Zaslawy y Erlinda Abdala. Desde pequeño, sus padres habían imaginado para él un futuro profesional. Después de terminar la primaria en su tierra natal, fue enviado a Cartagena para estudiar el bachillerato en el Colegio La Esperanza, donde hizo parte de la promoción de 1954.Después vendría la Escuela de Cadetes.
Y allí comenzó a tomar forma aquel sueño de convertirse en oficial de la Marina. Había terminado sus estudios con todos los honores. La recompensa era una beca para viajar a Estados Unidos. Pero antes de partir decidió regresar a Barranquilla para despedirse de sus padres.
Fue entonces cuando la vida cambió de rumbo. Su padre, Ricardo Char, había salido aquel día a comprar unos repuestos para el taxi familiar. En el camino, un automóvil lo atropelló. El accidente le produjo una fractura del fémur. En aquella época, una intervención de esa naturaleza significaba meses de recuperación. Seis, ocho meses o quizá más.
Y en una familia cuyo sustento dependía de un pequeño negocio, la ausencia del padre no era un asunto menor. Aquella noche, Erlinda Abdala, madre de Fuad Char, tomó una decisión. Le entregó las llaves del negocio a su hijo mayor.
—Levántese temprano y abra usted la cacharrería. Fuad la miró sorprendido. Había una pregunta inevitable:
—¿Y mi viaje a los Estados Unidos?
La respuesta de su madre fue tan sencilla como determinante: —Tranquilo, yo le soluciono ese tema más adelante. Pero ese “más adelante” nunca llegó.
Fuad Char no viajó. El joven que estaba destinado a vestir el uniforme de la Marina tuvo que ponerse otro uniforme: el del comerciante que madrugaba para abrir las puertas del negocio familiar. Tenía 17 años. Y desde entonces comenzó otra historia.
“Como hijo mayor, tuve que suspender todos mis planes para ponerme al frente del negocio, único sustento de la familia”, ha recordado Fuad Char al evocar aquellos primeros días. La cacharrería estaba ubicada en la calle 30 con carrera 40, en el sector conocido popularmente como la Calle de las Vacas. Era un pequeño establecimiento. Nadie podía imaginar entonces que de aquellas paredes saldría una de las grandes historias empresariales de Barranquilla.
Fuad comenzó a trabajar. Y trabajó como si el reloj no existiera. Dieciocho horas diarias. La Marina de los Estados Unidos quedó atrás. El mar fue reemplazado por las calles de Barranquilla. El uniforme blanco, por el del comerciante. Y aquella cacharrería terminaría convirtiéndose en el punto de partida de lo que posteriormente sería la Organización Olímpica.
Fuad Char no escogió inicialmente el camino empresarial. La vida lo empujó hacia él. Y él decidió no resistirse. Hay historias empresariales que comienzan con grandes capitales, oficinas y planes estratégicos
La de Fuad Char comenzó con una tragedia familiar, una llave entregada por una madre y un muchacho de 17 años que tuvo que aplazar sus sueños para asumir una responsabilidad que no había buscado.Quizás allí comenzó a construirse también el carácter que lo acompañaría durante las siguientes décadas.
El muchacho de Lorica aprendió en aquella cacharrería que el éxito no siempre comienza con una oportunidad. A veces comienza con una obligación. Con una responsabilidad. Con la necesidad de levantarse temprano porque alguien tiene que abrir la puerta.
Y esa puerta que Fuad Char abrió una mañana de 1955 terminó conduciéndolo mucho más lejos de lo que probablemente imaginó. Con el paso de los años llegaría la expansión empresarial, la consolidación de la cadena Olímpica. A la fecha La cadena Olímpica tiene 403 puntos de venta distribuidos a nivel nacional en 117 municipios y 21 departamentos , de los cuales 40 son Súper almacenes ( Sao) . Formatos tipo hipermercado de gran superficie. Cuando Fuad Char Abdala cumple el 5 de octubre 89 años, la historia de éxitos parece pertenecer a otro siglo.
Fuad, no descuidó su formación intelectual y sacaba tiempo para sus estudios profesionales: inicialmente estudió farmacia y química en la Universidad del Atlántico (cursó dos años, en 1957 y 1958) y Derecho en la Universidad Libre, donde estuvo también dos años (1959 y 1960).
«Me tocó suspender los estudios porque los negocios iban creciendo y exigían toda mi capacidad de trabajo. La organización creció gracias a tres pilares fundamentales: capacidad de trabajo, atención al público y precios populares. En ese momento entendí que mi destino era el comercio, me comenzó a gustar este ´papel en el nuevo guion de mi proyecto de vida» relata Fuad Char , sobre su rol de comerciante.
El amor de Fuad por Junior nació en Carnaval…
El amor de Fuad Char por el Junior nació un domingo de Carnaval, el 21 de enero de 1966, cuando Barranquilla estaba vestida de fiesta, las calles respiraban música y la ciudad se entregaba a sus tradicionales carnestolendas.
Fue un amor a primera vista. Fuad Char no había llegado al estadio Romelio Martínez aquella tarde buscando una historia que lo acompañara durante toda su vida. Había salido a disfrutar el Carnaval con su grupo de amigos. Entre ellos estaba Gabriel ‘El Mono’ Peláez, quien propuso una manera distinta de cerrar la jornada: terminar la rumba en el estadio para presenciar el clásico entre Junior y Millonarios.
Y Fuad aceptó. Quizás nadie imaginó entonces que aquella decisión aparentemente sencilla iba a cambiar para siempre la vida de aquel joven nacido en Lorica. Mientras afuera Barranquilla seguía bailando Carnaval, dentro del estadio Romelio Martínez, comenzaba otra fiesta. Una fiesta de goles, de fútbol y de pasión.
Fuad todavía guarda en la memoria los nombres de aquellos jugadores que, más de seis décadas después, permanecen atrapados en el álbum de sus recuerdos. “Recuerdo que en Junior jugaban Calixto Avena, Hermenegildo Segrera, Dida, Othón Alberto Dacunha, Ayrton, Escourinho y Paulo César, hijo del entrenador Marinho”, evoca Fuad Char.
Frente a Junior estaba Millonarios, con Eduardo Teixeira ‘Maravillita’ Lima, Nivaldo Peixoto, Charol González y Marino Klinger. Pero hubo un jugador que terminó escribiendo su nombre con tinta indeleble aquella tarde: Paulo César, quien convirtió tres goles. Junior goleó 5-1 a Millonarios. Fuad quedó atrapado. No por una promesa política. No por una estrategia empresarial. No por una obligación familiar.
Por amor.“Fue un partido tan emocionante que desde entonces me volví juniorista para siempre”, recordaría Fuad Char años después. La frase parece sencilla, pero contiene la historia de una vida. Porque aquel domingo de Carnaval no terminó cuando se apagaron las luces del Romelio Martínez. El partido terminó, pero comenzó una relación que con el paso de los años se convertiría en una de las historias más largas y apasionadas del fútbol colombiano.
Cinco años después, en 1971, ese amor tendría su primera gran prueba. El 16 de octubre de aquel año, los diarios El Heraldo y Diario del Caribe publicaron una carta abierta en la que los directivos del Junior, encabezados por su presidente Arturo Fernández Renowitzky, anunciaban la liquidación del club y planteaban entregarlo al gobernador del Atlántico, Álvaro Dugand Donado, y al alcalde de Barranquilla, Roberto Guido Levy Ripoll.
Junior estaba en peligro de desaparecer. Pero Barranquilla no estaba dispuesta a permitirlo. El jueves 28 de octubre de 1971, el gobernador Álvaro Dugand convocó a cuarenta empresarios para buscar una fórmula que permitiera salvar al equipo que ya formaba parte del corazón de la Costa Caribe.
Entre aquellos hombres estaba Fuad Char.También Gabriel ‘El Mono’ Peláez, Hernando Celedón Manotas, Julio B. Falquez, Moisés Sabbagh, Lex Eidelmar, Filiberto Mancini, Mario Zeppenfeld e Imre Danko, entre otros empresarios que entendieron que salvar al Junior era mucho más que rescatar un club de fútbol: era defender una parte de la identidad de Barranquilla y de la región.
Cada empresario aportó 50.000 pesos y la Gobernación del Atlántico entregó 200.000 pesos. Así comenzó a levantarse una nueva Corporación Deportiva Junior. Alberto Mario Pumarejo fue elegido presidente y Fuad Char asumió como vocal.
El hombre que cinco años atrás había llegado al Romelio Martínez como un espectador más comenzaba, sin saberlo, a acercarse al destino que terminaría uniéndolo para siempre con el Junior.
En 1977 asumió la presidencia del club. Y entonces el hincha se convirtió en dirigente. El amor se convirtió en responsabilidad.
La pasión se convirtió en proyecto. Desde entonces, Fuad Char ha estado ligado a buena parte de las grandes conquistas del Junior: los títulos de 1977, 1980, 1993, 1995, 2004, 2010, 2011, 2018, 2019, 2023 y 2025. Once estrellas que tienen detrás años de decisiones, dificultades, alegrías, derrotas, contrataciones, jugadores, entrenadores y generaciones enteras de aficionados que aprendieron a celebrar al Junior.
Pero quizás ninguna de esas estrellas tenga para Fuad Char el mismo significado que aquella primera camiseta invisible que se puso una tarde de Carnaval. Porque antes de ser presidente, antes de convertirse en uno de los hombres determinantes de la historia del Junior, antes de levantar trofeos y celebrar campeonatos, Fuad fue simplemente un hincha.
Un hombre que entró al Romelio Martínez para terminar una fiesta de Carnaval y salió de allí con una pasión para toda la vida. Aquel día Junior le ganó 5-1 a Millonarios. Pero, en realidad, el gran ganador fue el Junior. El Carnaval se acabó aquella noche. La música dejó de sonar, las calles fueron recuperando su silencio y el Romelio Martínez quedó vacío. Pero en el corazón de Fuad Char había comenzado una fiesta que todavía no termina. La fiesta del amor por Junior.
Del Junior a la política…
Fuad Char entró a la política como entran algunos futbolistas a una cancha que no conocen: en calidad de préstamo.
Su verdadero equipo estaba en otra parte. Era el Junior de Barranquilla, del que ya era dirigente y propietario, y su mundo seguía siendo el de los negocios, las droguerías, los supermercados, la radio y el fútbol. Pero en 1984 la política tocó a su puerta.
El entonces ministro de Gobierno, Jaime Castro, conocía a Fuad Char por su actividad en la dirigencia deportiva y se lo propuso al presidente conservador Belisario Betancur como candidato para gobernar el Atlántico. Betancur aceptó y Char llegó a la Gobernación en 1984.
Era una combinación que parecía salida de una novela caribeña: un hombre de negocios, presidente del Junior, metido de repente en los pasillos del poder público. Y aquello que inicialmente parecía un préstamo terminó convirtiéndose en una carrera política. Virgilio Barco lo ratificó como gobernador, después de los primeros dos años de gestión. En 1987 llegó un nuevo salto: Barco lo llevó al Ministerio de Desarrollo Económico. El empresario que había aprendido a administrar supermercados, droguerías y un equipo de fútbol pasó a administrar asuntos de Estado.
Foto: Jorge Iglesias y Fuad Char
Pero la política ya no era un simple préstamo. En los primeros años de la década de los noventa llegó al Senado de la República y comenzó a construir una carrera electoral que se prolongaría durante varios períodos. Fue reelegido en 1994, 1998 y 2002, y en 1994 obtuvo la mayor votación del país para el Senado, según registros periodísticos de la época.
Después de retirarse temporalmente del Congreso, fue designado embajador de Colombia en Portugal en 2007, cargo al que renunció en septiembre de 2008.
Y en 2010 volvió a la política electoral: regresó al Senado, esta vez por Cambio Radical. Así, aquel hombre que había llegado a la política como un futbolista prestado terminó jugando durante décadas en una cancha mucho más grande.
Primero fue el balón. Después vino la política. Y entre una cancha y otra, Fuad Char fue construyendo una historia en la que el apellido terminó convirtiéndose en una de las marcas más reconocibles del Caribe colombiano Y a los 89 años, la historia de Fuad Char, todavía no parece haber llegado a su última página.
