Ahora los bombardeos sobre Siria no tienen tregua y la policía francesa va armada incluso fuera de servicio. El mundo ahora tiene derecho a matar.
Por Jorge Sarmiento Figueroa
La imagen del presidente Françoise Hollande con la mirada decaída, temeroso y protegido por hombres armados hasta los dientes, fue fugaz. Solo un instante en la noche del 13 de noviembre, el líder francés pudo darse la oportunidad de expresar miedo humano. Solo durante la mañana del 14 de noviembre pudo actuar desde la solidaridad con sus conciudadanos. El resto del tiempo, a partir de esa misma mañana, su rostro se convirtió en el de un duro comandante en jefe de una de las fuerzas militares más grandes del planeta. «Consideramos esto como un acto de guerra», dijo altisonante, para que el mundo se preparara para observar su contraofensiva.
Y si en su propio territorio el pueblo francés está ahora bajo ese estado de excepción que su presidente ha catalogado como una guerra, afuera, en Siria, la población vive la guerra total. Sin ambigüedades. Desde hace varios años las imágenes de bombardeos son permanentes. Y las nuevas escenas de muertes por doquier permiten evidenciar que los ataques que el denominado Estado Islámico realizó causando la muerte de 127 personas en Francia, significarán la masacre de millones en Siria, en una espiral sin fin en la que los seres humanos de a pie no alcanzan a entender quién es bueno o quién es malo. Solo se preguntan cuándo les llegará el turno a ellos de ser los sacrificados.
La solidaridad mundial que causó la imagen del niño sirio ahogado en las costas turcas ya nadie la recuerda. Ahora es la imagen de la bandera francesa en las redes sociales la que ondea. Mañana, cuando de Siria no quede nada, otra vela se prenderá. Y así sucesivamente porque la espiral de la guerra no tiene tregua y el deseo de muerte parece prevalecer sobre el derecho universal a la vida.
Ya Libia, Irak, Afganistán son cosa del pasado. Nadie recuerda porqué ni cómo fue la historia de sus muertes. Hoy en esos países hay gobiernos de turno al servicio de una democracia cada vez más débil que entrega sus derechos a cambio de que las armas apacigüen por un instante el miedo en la Tierra. Los pueblos de Europa y Estados Unidos no se dan cuenta que ese mismo disfraz de democracia lo tienen también ellos, porque ningún gobernante, ni de Oriente ni de Occidente, parece haber querido escuchar a los sabios, libres de religión e ideología, cuando enseñan que la violencia solo trae más violencia. Ayer Francia ejercía las armas sobre África y Medio Oriente, apoyado por los mismos países que hoy de nuevo secundan y aplauden su ímpetu de guerra. Pero aunque los líderes de bando y bando enarbolan banderas de ilusiones, diciendo que luchan por la paz, la seguridad y la libertad, el mundo despierta de ese sueño y se encuentra cada día con una nueva pesadilla. Y así será hasta cuando ya no quede nadie a quien leerle sus derechos. Hasta cuando ya no quede nadie para despertar.
Igual que el niño sirio de las orillas del mar pedía con su muerte un lugar para vivir en paz, este niño francés le pide a su padre que proteja su vida sacándolo de la guerra. Su padre intenta protegerlo con la inocencia de las flores. Una escena que parece reencarnar la belleza de El Principito, ese maravilloso libro escrito con la inspiración de la libertad y la fraternidad.