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¿Feministas o extremistas?

Lograr un equilibrio entre «Ser Mujer»  en el pleno sentido de la palabra y extraer lo provechoso del Feminismo, ese es el reto. 

Por Mariangela Mercado Salas

Muy probablemente después de leer estas líneas  pierda unas cuantas amigas defensoras ardientes del feminismo. Me arriesgaré.

El feminismo es definido por la RAE  como la “ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”, hasta ahí vamos  bien. Es justo y lógico que las mujeres podamos votar,  que podamos acceder a los mismos empleos que los hombres,  que tengamos iguales  oportunidades políticas,  financieras, económicas , artísticas y académicas,  incluso respeto que algunas  quieran incursionar en el fútbol, el boxeo o la lucha libre aun cuando considero que tales  actividades son netamente masculinas. Eso es una cosa, otra diferente es pretender cambiar la naturaleza del género  y salir a defender la debilidad cuando el caos se nos viene encima.

La naturaleza y la creación divina son  perfectas,  por más que algunas damas se den puños brutalmente en  un rin  de boxeo o  pateen  la pelota en una cancha de fútbol mejor que Falcao :  seguiremos pariendo,  teniendo  desniveles hormonales,  soportando el periodo y la menopausia, siendo el alma del hogar  en cuya cabeza recae la responsabilidad de “edificar”, seguiremos  teniendo el poder de decidir entre dar vida o matar a una criatura indefensa que ya tiene un alma en el universo y una vida en nuestro vientre . Somos  mujeres y ellos, ellos son los hombres: abren una botella con mayor facilidad,  cambian una llanta con  mano diestra, tienen el metabolismo más rápido y no navegan en una  encrucijada de opciones cuando van a tomar una decisión, son simples, entre otras diferencias.

Entonces mis queridas congéneres, jamás seremos iguales, no puede ser igual un elefante a un tigre, ni una vaca a un toro. Podemos desarrollarnos en muchas actividades  y demostrar que tenemos cerebro y   autonomía, pero no dejaremos de ser mujeres por decidirlo y gritarlo detrás de pancartas. Y tengan en cuenta, por favor,  que  esta opinión la está escribiendo una mujer que trabaja desde los 14 años, es papá y mamá, sostiene y administra un hogar, intenta criar sola  a un chico de 10 años y gerencia una oficina.

No podemos andar por el mundo proclamando el feminismo, alzarnos las faldas, soltarnos el cabello, abrir el escote  y acto seguido, cuando el jefe mira la pierna y no el trabajo,  iniciar una campaña contra el acoso y victimizarnos. Seamos coherentes y aceptemos felizmente nuestra hermosa y adorable condición femenina que, además,  tiene miles de ventajas y privilegios sumados al honor de lanzar al mundo seres íntegros, siendo ésta la tarea más noble y  la más difícil.

Se trata de lograr un equilibrio entre las aspiraciones personales y nuestro rol como madres y esposas (las que lo tienen) y dejar de refugiarnos  en las primeras, cuando nos asusta la imposibilidad emocional de administrar las segundas.

Claro que podemos escoger el escote,  pero también debemos demostrar que tenemos la inteligencia y la sensatez para decidir el lugar en el que lo lucimos   y que tan profundo es en cada ocasión.

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