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Familia, la película de Rodrigo García

Por Óscar Arias

Pie de foto: Maribel Verdú (Clara) y Daniel Giménez Cacho (Leo) exploran las relaciones familiares bajo el cielo de México. 

¿Qué es una familia? Intentar resolver esa pregunta podría llevarnos a un viaje sin retorno, del que no resultaría una única respuesta. Es precisamente esa pregunta la que explora Rodrigo García Barcha en su más reciente película: Familia (2023).

Se trata del primer título hablado en español del director de origen colombiano, que fue estrenado el pasado 15 de diciembre en la plataforma Netflix.

En esta ocasión, el mestizaje, la diversidad y la inclusión de las variadas y variopintas familias latinoamericanas se observa en la casa familiar de un rancho en medio de los paisajes del México profundo y rural. El film nos lleva a ser testigos de una reunión -aparentemente cotidiana- en la casa paterna. El reencuentro nos permite entrever las dinámicas de una familia compleja, agrietada, que comparte las heridas, memorias, decepciones y alegrías propias de pasar toda una vida juntos.

Alrededor de la mesa, Leo, el patriarca –que simboliza la base de la noción conservadora de la familia latinoamericana–, anuncia a sus tres hijas y sus familias que está considerando vender la tierra, el rancho y la casa, que se ha mantenido en la familia por tres generaciones. En la mesa están Rebeca, la hija mayor, una exitosa anestesióloga, casada con un “gringo” y con dos hijos adolescentes; Julia, la del medio, quien acaba de decidir divorciarse y la acompaña su hija pequeña; y Mariana, la hija posmoderna, quien busca dejar atrás la sombra del patriarcado y llega a la cita embarazada y acompañada de su nueva novia. En la mesa también se encuentran Benny, el hijo menor y el único que aún vive en la casa familiar, y que, a pesar de necesitar mucho apoyo de su padre durante su vida, termina convirtiéndose en su piedra angular; y Clara, la nueva novia de Leo, una investigadora española, de carácter fuerte y a ratos irreverente.

En las familias muchas de las grandes conversaciones ocurren en la mesa. Este es uno de los grandes momentos de esta familia, donde se comparte el alimento en medio de un despliegue de interacciones con ingredientes de todo tipo de personalidades presentes en esta historia. La tensión dramática de la discusión, las verdades a medias y los resentimientos ocultos se intercalan con chispazos de alegría y humor, como solo personas que se conocen profundamente pueden lograr, demostrando que, al fin y al cabo, nunca elegimos nuestra familia, pero las queremos a pesar de todo.

Todo al final pasa y, como la vida misma, esta familia sigue su camino con sus virtudes y defectos.

En cada minuto del metraje, se muestran las turbulentas emociones de los hijos, nietos y parejas al enfrentar la posibilidad de perder aquello que valoran profundamente, pero que durante años han mantenido a la distancia: la casa donde vivió y murió su madre. Es un viaje donde aquello que los une también crea entre ellos grandes distancias.  Ver a los personajes enfrentar esas dicotomías nos pone a reflexionar sobre los rastros que el tiempo va dejando en las familias.

El duelo se explora bajo la nostalgia de aquellos que ya no se encuentran en este mundo. El uso sutil de la música y del sonido ambiente del viento, los pasos y la atmósfera de un México rural nos revela que las decisiones tarde o temprano siempre nos traen una cuenta de cobro, que puede no tener fecha de vencimiento.

Garcia Barcha ha ido construyendo su carrera cinematográfica utilizando el lenguaje fílmico como un recurso narrativo. Respondiendo la pregunta que muchas veces David Mamet hace en sus libros sobre dirección: ¿dónde va la cámara en esta escena? Es en ese momento donde lo orgánico, lo artístico y lo humano suma para beneficio de nosotros los espectadores. Este largometraje es un manjar que puede llegar a ser disfrutado en familia, tal como lo sintetiza su título.

Lo bueno: El mosaico de personajes de una misma familia, los diálogos quirúrgicos en cada momento en las escenas y el tono que se hilvana en el desarrollo de este film. Refresca la oferta por parte de Netflix en momentos donde las cenas familiares por las fiestas y el fin de año están al alza.

Lo malo: El arranque del primer acto no logra revelar un interés para el espectador lejano a la filmografía de García Barcha. Vale la pena esperar para llegar a esa escena en la mesa familiar.

Lo inolvidable: Adentrarse a las contradicciones apasionantes de una familia que podría ser la historia de cualquiera de nosotros.

*Oscar Arias-Diaz, es cineasta, investigador y profesor del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Norte. 

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