Icono del sitio La Cháchara

Falleció Álvaro Ruiz Hernández, el hombre de ‘La Ley contra el hampa’

El hombre que le puso talento a la radio barranquillera y brilló a nivel nacional e internacional. Es considerado uno de los pioneros de los dramatizados en Colombia. 

Álvaro Ruiz Hernández entrevista al cantante cubano de la Sonora Matancera, Celio González.

Por Rafael Sarmiento Coley

Varios de quienes hoy nos mantenemos en el escenario periodístico debemos mucho a las enseñanzas nobles y sencillas que nos brindó este hombre que murió este jueves a los 83 años de edad.

Hay quienes aseguran que la realidad supera la ficción, y con Álvaro Ruiz Hernández uno llega a la conclusión que eso es verdad. Eso no es embuste. Es un caso paradigmático. Por los días en que Ruiz Hernández se debatía como un fiero león tapando los huecos de unas comunicaciones a lomo de mula. Sin Internet. Sin facilidades de teléfonos a larga distancia mucho menos el mágico celular, cada vez que se atrasaban los envíos de ‘Kalimán’ de los libretos desde México, don Leonidas Otálora Arango, el viejo zorro manizalita de la radio nacional que vino a anclar en Barranquilla, en donde entonces se hacía le mejor radio del país, le decía: “Alvarito, ahí le dejo las llaves de mi oficina, enciérrese a escribir los libretos que hagan falta de Kaliman, esa serie está muy buena y los patrocinadores me pagan mucha plata. No podemos estar fuera del aire ni un minuto con esa serie…ya sabe, ni un minuto, y si eso ocurre lo primero que le corto a usted son las pelotas”.

Al despedirse, como consuelo, don Leonidas, el señor bajito, de pelo blanco como la nieve y hablar pasito, le decía “ahí le queda la despensa y la nevera…pero cuidado se emborracha antes de los tres primeros libreros que los quiero listos y corregidos a las 8 a.m. cuando llegue a la oficina”.

Bernabé y el Escribidor

Víctor, Mario y Augusto, los hermanos Sequisela, peruanos de nacimiento pero colombianos de corazón en donde se dieron a conocer como ‘Los…Chaparrines’, anclaron primero en Barranquilla y Ruiz Hernández fue su primer libretista.

Por mera coincidencias de la vida por esas calendas dos célebres autores estrenan sendas novelas que muy pronto son un éxito en sus justas proporciones. Por un lado, el colombiano Álvaro Salóm Becerra publica su célebre novela “Un tal Bernabé Bernal”, que, llevada a la televisión con Carlitos Muñoz como “Un tal Bernabé…” se convierte en uno de los primeros hitos de la televisión colombiana con sintonía total. Y casi simultáneamente el peruano, hoy Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, divulga sus intimidades, cargadas de sarcasmos, con su tía Julia, siete años mayor que él, tía suya en la realidad, y quien en una especie de complejo de Edipo, ella es la que lo dirige en una vida de locura literaria. Se casan a escondidas, como años después habría de casarse con su prima Patricia Llosa, de apenas 17 años, es decir menor de edad, y muy amiga de Gabo y de Mercedes cuando las dos familias vivieron de vecinos en un mismo piso de Barcelona. De ahí nacieron los celos del peruano, a tal punto que, sin razón, le zampó aquella famosa, insólita y misteriosa trompada a Gabo que le dejó el ojo colombiano. Durante años fue el secreto mejor guardado. Más, entre cielo y tierra no hay nada oculto. Un joven diestro en buscar el dato escondido fue atando cabos hasta llegar a la verdad y, en un libro de 700 páginas titulado, ‘Aquellos años del boom latinoamericano’ le deja al lector la amena tarea de sacar sus propias conclusiones”. Obvias, por lo demás.

“¡Qué vergüenza!»

Álvaro Ruiz Hernández siempre fue tentado por las emisoras de mayor prestancia del momento. En la última casa radial que estuvo fue en Emisora Atlántico, de la Organización Radial Olímpica. Pero se retiró porque nunca le pagaron un peso.

La misma Patricia, cuando se enteró del bochornoso episodio en la antesala de un teatro lleno de celebridades, lloró como una Magdalena, y cuando el grandulón y narigón de su marido llegó al apartamento que compartía la pareja, le lanzó cuanto objeto encontró a la mano mientras lo insultaba con los peores epítetos: “burro, camaján de pueblo, cabrón de puta pobre, qué has hecho pedazo de bruto, ahora sí van a decir que es verdad todas esas canalladas que dicen por ahí y que tú, por tus celos enfermizos y tu cabeza hueca, les das crédito…lárgate de aquí, tú no eres más que el niño grandulón que todavía anda en busca de la mamá que te dé el chupo”.

Y parece ser que Patricia Llosa tenía razón. Aunque ellos reconciliaron y volvieron, Gabo jamás volvió a hablarle a Vargas Llosa, aunque el peruano buscó la forma de hacer las paces, eso no fue posible. Finalmente el peruano termina abandonando a su prima Patricia a quien celaba con todo el mundo, hasta con su mejor amigo, García Márquez, quien injustamente se llevó a la tumba el verdadero motivo de un golpe desprevenido por culpa de unos celos enfermizos. Estará muerto de la risa ahora cuando, repentinamente, el peruano deja tirada a su prima cargada de sus 8 hijos, para casarse con la casi octogenaria Priscila Presley, viuda del difunto rey del rock norteamericano el icono gringo Elvis Presley. Priscila ha sabido sacarle provecho a esa herencia intangible. No en balde – ni mucho menos por amor al arte-  ha pasado por el tálamo nupcial de muchas celebridades como Julio Iglesias y media docena más.

Ubicando a ‘La tía Julia y el escribir’ en el escenario barranquillero, Álvaro Ruiz Hernández, como personaje real, supera con creces al Escribidor de Vargas Llosa. Es más bohemio y enamoradizo. El Escribidor es tomador de tragos en solitario, metiendo monedas en un traganíqueles escuchando los discos de arrabal. Sus novias no existen en la vida real. Son amores platónicos. Las emisoras le pagan unas míseras monedas por un esfuerzo intelectual valioso. Así, llevando esa vida en solitario y triste, un día lo encuentran muerto con la cabeza pegada a una vieja máquina de escribir Underwood y los dedos tiesos encima del teclado. El escribidor fue el personaje de fondo para restarle drama real a su maridaje con su tía Julia, es el Escribidor, un “hombrecillo insignificante para quien la vida no va más allá de unas cuartillas para escribir dramas para la radio. Eso sí. Es un diablo para soplarse una serie dramatizada de 10 capítulos en una sola noche, con cuatro térmos de tinto y 10 cajetillas de cigarrillo negro y fuerte”.

El tal Bernabé

Da la casualidad que por esa época de la misma trama es ‘Un tal Bernabé Bernal’ de Salom Becerra’. Es el hombre que escribe cuanto libreto necesitan en la emisora de su jefe político, escribir los boletines de prensa oficiales del Partido de su jefe político, y como si fuera poco, es el único autorizado para escribir todos los discursos de su jefe político, inclusive, el del 20 de julio el día que asumió como Honorable Presidente del Congreso de la República. Y el Presidente de la República, al finalizar su oratoria en medio de atronadores aplausos, se le acercó y le dio un abrazo rompehuesos, al tiempo que lo elogiaba de manera muy efusiva, “es el mejor discurso que he escuchado en 30 años en este tipo de eventos”.

Pero Bernabé Bernal quedaba en el anonimato. Nunca nadie, distinto a su jefe político y a un pequeño sanedrín, sabía que esa obra literaria, histórica, económica y política, era de Bernabé. A quien su jefe político le pagaba cuando de vez en cuando se acordaba que Bernabé lo perseguían día y noche la señora que le fiaba la comida, el malacara del apartamentero en donde malvivía y el cantinero marica en donde en las madrugadas ahogaba sus cuitas embriagado de licor, cigarrillos y amores platónicos que lo hacían delirar y, entonces, los ojos se le ponían vidriosos.

Nunca tuvo plata

En los tres últimos meses de su vida vivió feliz y disfrutaba de la brisa fresca del Río Magdalena en el balcón de su apartamento en Villa Tarel.

Para todo cuanto Álvaro Ruiz Hernández hizo en la radio barranquillera,  era para que hubiera vivido en medio de comodidades. Pero, no. Vivió, buena parte de su vida, en pequeños apartamentos. Era un transcurrir realmente muy sencillo en un pequeño apartamento de barrio pobre. No tenía carro. Ni siquiera un buen equipo de sonido para escuchar las emisoras, algo que tanto amó en su vida.

Y a diferencia de ‘Bernabé’ y el ‘Escribidor’, tuvo la fortuna de encontrarse una buena mujer,  Rocío Gómez Lora, quien lo acompañó los últimos 25 años, resignada a vivir con el hombre que amaba, en incómodas buhardillas. Por esas paradojas de la vida, hace cinco meses muere la progenitora de Rocío y le deja como herencia un cómodo y amplio apartamento en Villa Tarel (calle 72 número 68-79). Desde hacía tres meses vivían allí como en una nueva luna de mil. Aquella breve sonrisa plena de la vida no la pudo disfrutar mucho tiempo Álvaro Ruíz Hernández, su corazón apasionado le falló este jueves.

Deja, de su primer matrimonio con Gladys Campillo, tres hijos: Álvaro Ruiz Campillo, médico cirujano; Estela, abogada, y Diana, odontóloga.

En una relación inesperada con Gladys Merlano, nace el cuarto hijo, Álvaro José Ruiz Merlano, zootecnista. Para Álvaro fue una relación tormentosa, porque Gladyz Merlano murió y él quedó en el vacío, hasta cuando se encontró, en 1999, con Rocío Gómez Lora.

Ni sombra del Escribidor y Bernabé

Claro, a diferencia de Bernabé y el Escribidor, tuvo momentos de bonanzas, cuando cobraba bien por sus libretos de ‘La Ley contra el hampa’, ‘Hay gente así’ y los libretos especiales cuando debía tapar los huecos por los atrasos de los envíos de los mejicanos.

“Entonces sí cobraba un cojonal de plata, y tuve  cuenta bancaria, y manejaba mi chequera como en mis tiempos de empleado bancario, hasta cuando se me dio por montar una empresa en sociedad para publicar una serie propia de Kalimán y la Ley contra el hampa en aquellos folletines que llamábamos ‘paquitos’. Con ese negocio perdí mi fortuna. Pero no me quejo, porque lo intenté”, nos contó en una tarde de nostalgias allá en su pequeño apartamento.

Álvaro Ruíz Hernández fue maestro de maestros. Su libro sobre la historia de la época de oro de la radio barranquillera no debe faltar en la biblioteca personal de ningún barranquillero, y menos si es periodista. Este talentoso hombre de las comunicaciones se destacó en la radiodifusión de Barranquilla durante la década de los años 60 y 70, como libretista radial y es considerado como uno de los pioneros de los dramatizados en Colombia.

Portada de la novela histórica de Álvaro Ruíz Hernández sobre la radio barranquillera.

Según sus colegas de la época Ruiz fue una las grandes figuras de la radio del país.  Sin la menor duda. El sepelio de esta genial figura de la radio del Caribe colombiano será este sábado a las 10 de la mañana en funeraria Los Olivos de la Vía al Mar, frente a Jardines de la Eternidad. Paz en su tumba, viejo Álvaro, cofundador de ‘La Troja’, cuando el difunto Gustavo Castillo la rebautizó como ‘El Salibón’. Era la cita de todos a tomar cerveza al lado de un restaurante llamado ‘Mi vaquita’, de Pepe Beitman, restaurante que después fue del inquieto periodista y hoy afamado Alcalde de Soledad, Joao Herrera Iranzo, quien le puso el pomposo nombre de ‘La Casa Blanca’. Fue tal su imaginación, que los palos de mango estaban pintados de blanco hasta el cogollito, el piso, las mesas, las sillas, la ropa de todo el mundo, hasta de los pelapapas. Todo, absolutamente todo, era blanco.

Salir de la versión móvil