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Esthercita, el icono de la esencia barranquillera

No hay otro personaje nacido en esta tierra carnavalera, cumbiambera, cumbanchera y conguera como esta mujer en quien la naturaleza puso un poquito todo lo bueno y bello de un ser humano.

Por Rafael Sarmiento Coley

Esthercita Forero Celis nació 10 de diciembre de 1919 y murió el mismo día, 92años después), para vivir alegre y cantando, y cautivar con su sencillez y encanto natural a todos los que la rodeaban.

Impuso un récord difícil de igualar:  cantó, bailó y rumbeó durante 88 años, aunque ya en lo último, al llegar a los 90, hubo que habilitarle un ‘Esthercitamóvil’ para que recorriera su Guacherna, una creación suya, que durante aquel que sería su último recorrido en este guapachoso desfile inmortal, ella iba tarareando micrófono en mano con un equipo de sonido enganchado en su carruaje.

Esthercita no solo tenía talento para componer y cantar una canción. Además, era bella y tenía una mirada coqueta, como se ve en este afiche.

Fue una niña precoz. A los cuatro años se escapó, en un parpadeo de sus padres, y se fue a la emisora que quedaba a unas 10 cuadras de su casa. Casi les da un soponcio, porque no sabían dónde se había metido, hasta cuando escucharon su vocecita por la radio. Cantando una melodía que su progenitora cantaba mientras hacía los oficios de la casa.

De ahí en adelante Esthercita no paró de cantar, de componer canciones, de animar programas en los radioteatros. Escenarios que, bajo su batuta -al igual que Marcos Pérez y Gustavo Castillo García—se convirtieron en verdaderas escuelas de donde salieron artistas de renombre como Alci Acosta, Gabriel Romero, Mario Gareña, Nuri Borrás, Julio Cerama, Sofy Martínez y compositores como Cristóbal Sanjuán, cuyo mejor repertorio sirvió para el despegue definitivo del soledeño Alci Acosta.

Muy a tiempo Esthercita comprendió que debía alzar el vuelo para no anquilosarse, aunque amó a su tierra y la llevó en sus entrañas mientras recorrió el mundo. En ocasiones acompañada por el poeta cartagenero Jorge Artel, con quien vivió un tortuoso romance en Panamá, luego de haber estado una larga temporada en Venezuela, cosechando éxitos con sus canciones, su voz y su alegría innata que le brotaba por borbotones por todos los poros.

De Panamá prosiguió solitaria su periplo por República Dominicana, en donde tuvo la dicha de inspirarse con una canción que la inmortalizó en ese país Centroamericano. El tema lo tituló ‘Santo Domingo’ y hoy es el segundo himno nacional de ese musical país.

De Santo Domingo se embarcó en un petrolero hasta San Juan, Puerto Rico, en donde de inmediato hizo amistad con los artistas del momento, en especial, con el consagrado cantante y compositor boricua Rafael Hernández, quien se enamoró con inmenso frenesí de la cantante y compositora barranquillera.

Sabiendo Rafael Hernández que una mujer con ese desparpajo y alma de viajera incansable no la podía retener en su corazón, le compuso un hermoso bolero dedicado a ella, y grabado por ella: “Como todas”.

Ambos viajaron a Nueva York como buenos amigos, hasta cuando a Esthercita se le metió la ventolera de viajar a Cuba para enriquecerse con su música. Fue allí en donde bebió de todos esos aires musicales ancestrales como el danzón, el bolero, y, en especial, la conga.

Este ritmo tiene la particularidad que se puede bailar mientras avanza un desfile por las calles y el ritmo del bailador se va marcando con los pies arrollando el piso.

Cuando en 1960 regresó a su tierra natal lo primero que hizo fue dedicarse a montar todas esas canciones inmortales que, desde la lejanía, le había dedicado a Barranquilla: ‘La luna de Barranquilla’, ‘Palito e´matarratón’, ‘Volvió Juanita’, ‘Las calles de mi vieja Barranquilla’, y su inmortal ‘Guacherna’ que se eternizó como abrebocas del Carnaval de Barranquilla.

Por esas cosas del destino, Esthercita fue una mujer afortuna para la fama, las amistades, el reconocimiento de su talento incluso por el Gobierno Nacional. Más no fue afortunada en el amor. No encontró al hombre que tal vez ella deseaba encontrar. Un hombre que no la privara de su libertad, de su espíritu de pájaro que canta en la montaña y no se ve. A pesar de esos amores en contravía, encontró a un compañero con quien se entendió por un buen tiempo. Tuvieron un hijo, Iván. Se separaron. Y ella se quedó a vivir con adorado hijo, con tan mala suerte que, cuando él era ya todo un hombre que le brindaba protección y seguridad, fue asesinado en extrañas circunstancias. Suceso que le destrozó el alma y la enlutó por largos años.

Hasta cuando, con el estímulo de sus amigos más cercanos, salió de su dolor y volvió a la música. A su mundo.

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