Por Sandra Mejía
Visité por primera vez a Estambul en 2017, el año en que renuncié a mi trabajo de gerente en una empresa de mi ciudad luego de darme cuenta de que, haber llegado al cargo de mis sueños luego de graduarme de una especialización y una maestría, comprar carro y empezar a pagar mi apartamento, no me hacía feliz.
No le encontraba ya mucho sentido a trabajar de 7AM (aunque yo llegaba entre 8 y 9) a 7PM, durante todo un año, para tener 15 días de descanso. Pero eso es otra historia para un correo más largo. ¿O ya se las conté?
El correo de hoy es para destrabar las palabras aguantadas luego de visitar nuevamente Estambul el pasado abril.
Han pasado ya dos meses y siento que mi corazón no termina de regresar. Pareciera que mi tiempo interno se detuvo allí para revolver recuerdos, limpiar fantasmas y regresar al presente sueños pasados. Pero no sueños de esos que uno quiere cumplir en la vida, sino de los que uno tiene en las noches y que yo (¿a alguien más le pasa?) recuerdo al día siguiente, semanas e incluso años después y que puedo contar con colores, formas, pelos y todos los detalles como si fueran una película.
Ya han pasado casi dos meses desde que dejé Turquía y llegué a Georgia. He comido suficientes khachapuris como para olvidar los kebab turcos, me he sentado a escribir proyectos de un tirón y a encontrar coequiperos para ponerlos a andar, he avanzado en procesos internos profundos y empezado a ver resultados de lo que hace siete años sentía que tenía que salir a buscar porque no lo tenía en mi vida. El amor.
Eso fue Turquía. Eso fue Estambul. Cerrar un ciclo de siete años, donde pensé que tenía que salir a buscar el amor que sentía que no merecía, que no me querían dar, que me era esquivo y doloroso cuando llegaba, para finalmente descubrir que mi niña interior, mi Pequeña Sandri siempre supo dónde estaba. El amor soy yo, siempre fui yo, yo puedo crearlo y darlo y recibirlo y dármelo a mí también y parir los hijos de mi amor.
