En el 2017, la Noche del Río fue el mejor inicio de todos los carnavales que he vivido.
Por: Sergio Álvarez Uribe* – @seralvarezuribe
La música de la tambora se mete bajo la piel y cambia la forma en que uno siente el tiempo y el espacio. Ese sonido primitivo parece conectarnos a todos con todo. Gente por todos lados y de todos lados, disfrutando. Yo, a lo mío, a ver entre las personas, a estar ahí, en el último lugar del día con mi esposa y mis amigos. Cuando al final tocó Bozá, entendí por qué no puede haber otro nombre para una noche así.
Viernes de carnaval: a La Cueva
Hace 5 años me casé ahí, en otro viernes de carnaval, para que cada año la fecha fuera distinta y mi esposa y yo fuéramos al ritmo de la fiesta. Y otra vez la música se nos metió bajo la piel a todos. Era el sonido de Pueblo Santo. Ese día, que celebrábamos las bodas de madera, le escribí a mi esposa una notica de amor, se le cayó en el taxi en el que llegamos y nunca la leyó. Pero como me la había aprendido de memoria se la dije al oído: «La madera de 5 años no puede esconder su esencia. Las pequeñas grietas revelan todo lo que está por dentro. Las vetas tienen los colores de todos los segundos. Pero hay que mirar muy de cerca»; y nos dimos un beso para celebrarnos.
Sábado: primer día oficial de Carnaval
Todos a la Batalla de Flores. El guayabo nos hizo lentos. Entre las arepas de huevo del desayuno y alistarnos para salir pasaron tres horas. Y desde el zoológico hasta el «palco Tres Puntá», otra hora. En el camino compramos una bota y la llenamos de Old Parr. La entrada, un caos total. La dirección de la boleta no coincidía con la ubicación real. Nos cobraron treinta mil pesos por entrar con la bota. Nos prometieron cerveza ilimitada, pero no nos dijeron que se iba a acabar tan rápido y que la iban a dar caliente. Estoy seguro de que éramos muchos más de los que debíamos estar. El desfile, normal. Me dio la impresión de que la gente casi no baila ya. Las carrozas de Pasto, monumentales (nunca he averiguado por qué no las traen también de más cerquita). Le gritamos a Martina la peligrosa que cantara, pero con un gesto nos dijo que estaba cansada. Mandamos a callar a Mr. Black, pero no se dio por enterado. Les pedimos los teléfonos a las chicas Águila, pero no nos entendieron el chiste. Les aplaudimos a los travestis, que traían la mejor actitud, pero no nos escucharon porque la mayoría de la gente les estaba gritando tapiñeros. Y nunca me di cuenta cuándo pasó la reina.
De todos modos, me alegró mucho que la canción del carnaval no fuera nada parecido al Serrucho con su ritmo pegachento y su letra de striptease barato. Pemba Laka, en cambio, es un himno. Le dediqué dos horas a reescribir la letra que circula por internet para poder cantarla completa. Nunca pudimos.
Al rato, pasaron nuestras amigas de ¡La Puntica No Ma’!: una disfrazada de Torito de Azúcar, otra de Pureza se va de Fiesta y otra de Protectora del Meneo. Esa fue nuestra señal para irnos. Hicimos una parada de sopa ‘e pollo en pocillo y arrancamos pa’ la fiesta de La Puntica en Barrio Abajo. Ahí la cosa se puso un poco borrosa. Lo que puedo contar me lo contaron, entonces mejor no lo cuento.
El Domingo lo habíamos reservado para la Berbetrónika
Nos encontramos en la tienda La Fama y nos tomamos un par de frías con pizza y una media tapa azul. Estábamos listos. Llegamos a la fila y era un desastre. La calle del Anglo Americano me recordó que no somos más que animalitos que hablan. Se armaron varias peleas, a un amigo lo cachetiaron y le rompieron las gafas, a una amiga le estriparon la mano en la cerca de metal que guía la fila y casi le vuelan los dedos, solo porque un grupito quería meterse unos puestos más adelante. La fila parecía una manifestación violenta que reclamaba derechos, el problema es que solo era la entrada a un concierto. Me le acerqué al único policía que vi para preguntarle por qué no había más uniformados y me dijo que la policía no cuidaba eventos privados, que eso era responsabilidad de los que se benefician por hacerlos. Por fin entramos. Me doy cuenta de que me robaron el celular, pero no le presto mucha atención, no había nada que hacer. En realidad no podía salir del asombro (aún no puedo) de esa imagen de gente en masa como si estuvieran listos para matar por algo más importante que la vida, cuando simplemente estábamos a la entrada de un concierto.
Recuerdo un montón de extranjeras meando en el suelo entre dos carros de logística, justo al lado de la fila de los baños portátiles que Miche, la productora del concierto, dispuso como suficientes. Salió Shaggi, la máxima atracción, y lo único que dijo todo el tiempo fue «put your hands in the air». La potencia de Li Saumet salvó la noche, así ya no la quiera por cantar «despacito» con el genio musical, Luis Fonsi. Me despedí antes de que todo terminara. Luego me enteré de que Toni Erdmann no ganó el Oscar a mejor película extranjera. ¡Qué lástima!, me hubiera ayudado a conciliar el sueño. Cuando me acosté sabía que no iba a tener fuerzas, ni ánimo, para ir a la carnavalada ni el lunes ni el martes.
El lunes fue un borrón
Solo existió porque mi mamá existe y la fui a visitar. Me dijeron que la música en Bunt, la rumba de Mamá Cumbia y la rueda de fandango en el Parque Cultural la sacaron del estadio.
Del martes solo recuerdo que me fui a desayunar a Cucayo, y hasta hoy me quedó sonando la frase que hay a la entrada: «Estado: esperando el carnaval».