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Espejos

Entres las locuras que hay en la mente, la realidad se vuelve espejos para quien ve lo que quiere ver. O lo que puede.

Cuento por José Palacio Salazar

Ilustración por Yoryo

Se metió la tajada en la boca como si fuera una hostia, se persignó, pero no dijo ninguna oración. Villegas, que estaba al lado, se había comido toda la proteína, había dejado las lentejas y el arroz para el final. Siempre lo hacía así. Al frente, Maury, el nuevo, al que se le habían muerto los papás, excavaba con el tenedor el arroz, dándole vueltas así como esas máquinas que abren túneles.

­—Lo importante es mantener las apariencias —le dijo a Maury—. Has como si te lo comieras todo y a la vez cómetelo todo. Así la cocinera va a creer que te lo comiste todo aunque no hayas comido nada porque fingiste habértelo comido, ¿me entiendes? No me mires con esa cara, ni tú tampoco Villegas. Métele la cuchara al arroz más bien y haz como te digo.

Así lo hizo Maury. Y Villegas empezó a puyar las tajadas verdes con el tenedor hasta juntar seis círculos.

—Psst, mira ahí viene Fernando. Me lo pillé masturbándose con una propaganda de las Chicas Águila. Psst, Maury, imagínate que me lo pillé detrás de la parroquia.

Fernando les pasó por el lado poniéndosele los cachetes colorados al ver cómo lo miraban los chicos de la mesa. La bandeja se le tambaleó un poco pero supo mantenerse en pie.

—Dicen que él era el que estaba enamorado de Rosa Mercedes, que le llevaba flores y toda la cosa. Ella me dijo que no le paró bolas, que yo no debía preocuparme. Igual eso a mí nunca es que me hayan importado esas vainas. Pero hablando de ella, Villegas, te cuento que ha estado bien rara.

Ahora Villegas revolvía el arroz con las lentejas haciendo un amasijo poco apetecible.

—Párame bolas, Villegas, que te voy a contar que ella tuvo un sueño, no hace mucho. Soñó que mi madre le decía que mirara como yo me miraba al espejo.  Ahora está obsesionada con mirar cómo me miro al espejo.  Y la cuestión es que yo casi nunca me miro al espejo. Y lo más extraño es, ¡que yo ni tengo mamá! Aunque doña Berta me regañe por decirlo, a mí no me consta que haya tenido una. Además, yo nada más me miro al espejo para medio peinarme y ya.  Aunque bueno, a veces me gusta mirarme los ojos para verme en el reflejo mirándome a los ojos. Es algo que disfruto, pero eso no es que tenga nada raro. Pero ella está toda paranoica. Cree que ese sueño que tuvo es una señal de que me voy a volver loco. O que ya me estoy volviendo loco. O que ya estoy loco. No se decide.  Pero entonces anoche me escapé a su habitación, hicimos el amor y como que se le quitó la idea. O eso me había creído yo. Porque hoy en el desayuno me volvió a hablar del  tema.

»Yo ya no sé que más hacer. Va y viene con su cuento del espejo y yo ya no sé qué decirle. Intenté calmarla pero ni para qué fue eso. Yo le pregunté que cuales eran sus sueños, yo le había dicho que mi sueño era irme a una jungla así como la de Tarzán, una jungla tan espesa como su cuca. Esto le molestó, que no la tuviera en cuenta. Entonces ella me dijo que su sueño era que yo no creciera más. Porque si crecía me iba a volver un hijo de puta y me iba a ir.

»Mañana cumplo quince y yo creo que ella no me va a dar ningún regalo. Me dijo que ya faltaba poco para que doña Berta me mandara al carajo y que ahí sí me volvería loco. No loco como Rubén el trapeador, loco de verdad. Como ese que vivía en la esquina, que se lo llevó la policía hace un mes.  Ella sigue con el cuento que cada vez me siente más raro cuando me mira mirarme en el espejo.

»Maury ya deja de jugar con la comida y métete otro bocado. Doña Berta se va a enterar, te lo digo. Ya sabes la fama que tiene. Te va a castigar bien feo.

»Entonces te digo, Villegas, yo no sé qué cuento tiene ella con los espejos y mi mamá. He optado por dejar esa vaina así. Igual fue ella la que me empezó a amar. Si mañana se decide por dejarme, lo mismo me da. Me dicen suertudo por haberme metido con ella. Dicen que porque de tantos varones que somos aquí, ella me escogió a mí para amarme. Que así ya le estén saliendo algunas canas sigue siendo la más buena de aquí.

De repente Villegas y Maury se ponen de pie y dicen al unísono:

—¡Buenas tardes señora profesora!

Pero la mujer que acaba de aparecer no mira a ninguno de los dos. Sólo tiene ojos para el otro, al que le dice:

—Buenas tardes, corazón.

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