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Érase una vez la vida

Antes del tiempo, los demás seres de aquí y de allá concertaron actuar entre nosotros como si no tuvieran mente ni alma.

Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa

El tigre persa, el gavilán pollero, el dragón de Komodo, la tarulla del río Sinú, la hormiga arriera, el dromedario, el marañón de mi patio, la pringamosa, el tardígrado y la gota de agua, el portobello y los mosquitos que aparto con mi mano y vuelven, las piedras chinas, el quarzo, la arena de playa y los rayos del Sol se pusieron de acuerdo cuando mi especie surgió.

Concertaron que a partir de entonces existirían como si no fueran conscientes de sí mismos. Decidieron fingir incapacidad de pensamiento.

Al parecer los humanos sí tomamos consciencia de caminar, de hablar y de todos esos primeros pasos que hemos dado hasta hoy. Miramos a nuestro alrededor y ante tanta naturaleza desconocida nos convencimos de que los caimanes y las ceibas y los anillos de Saturno son una curiosa partida de seres que solo están ahí porque sí, porque algo nos tenía que rodear. Milenios después todavía estamos convencidos de eso.

Nos empezamos a deleitar de nuestra existencia, de nuestra consciencia superior. Y hablamos tanto de ello que apenas si hemos podido detenernos a comprender de qué estamos hechos y de cómo cada partícula del vientre de un volcán se conecta con nuestro ombligo por la cabellera de una lechuga que una tortuga comió y cagó.

Todas las conexiones de la naturaleza suceden, pasan, dejando en su camino infinitos mensajes. Cada uno de ellos está escrito con incontables formas de decirnos algo, con una paciencia silenciosa que espera que yo aprenda a vivir de verdad.

Pero resulta que siempre muero sin haber conquistado esa vida, y así casi todos los de mi especie vamos naciendo y muriendo pensando que solo nosotros podemos pensar. Andamos sin escuchar algo distinto a nuestros propios mensajes, llenos de deseos ajenos a la vida que nos parió.

Hasta que un día esa vida que no nos dice nada, o que creemos que no piensa, nos da un aliento tan fuerte, un grito más fuerte que cualquier grito nuestro, y entonces somos nosotros los que de repente tomamos nueva consciencia y miramos con esplendor la fuerza de la naturaleza. Y nos da tanto pero tanto miedo existir con un sentido tan grande, que terminamos como especie poniéndonos de acuerdo para fingir que nada ocurre, que nada salvo nosotros existe y que no hay nadie que pueda estar diciéndonos algo.

Y así volvemos a poner el círculo de muerte a rodar. Porque es más cómodo y aceptable morir eternamente que tener la insoportable sensación de un solo instante de vida real.

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