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Entrevista novelada con Andrés Escobar

El periodista Óscar Tobón se lanza en una aventura literaria para entrevistar en homenaje póstumo a uno de los más grandes jugadores que ha dado Colombia, asesinado por un mafioso por un autogol.

Por Óscar Tobón*

Fabio Baldas, árbitro italiano, hizo sonar su silbato para indicar el fin del encuentro entre los seleccionados de Estados Unidos y Colombia, en el gramado del Rose Bowl de los Ángeles.

Me levanté entonces de mi asiento, ubicado en la tribuna de prensa de aquella mole de cemento y bajé lo más rápido que pude las escaleras que conducían a la zona de camerinos, y casi como un espía ingresé al vestuario del equipo colombiano.

La primera imagen que tuve ante mis ojos fue la de aquel muchacho de figura delgada y gran estatura, que sentado en una banca de madera se secaba con rabia las lágrimas de sus ojos.

Llevado tal vez por mi instinto periodístico, me le acerqué y le dije: «Andrés, ¿quieres contarme lo que pasó en la jugada del autogol?».  Él, con la voz quebrada, me dijo:  “Bueno, sí, ¿qué quieres saber?”. De esta forma comencé a interrogarlo sobre aquel infortunio que había vivido hacia pocos minutos.

¿Cómo fue la jugada que originó el autogol? La verdad, yo no sé dónde se originó la jugada, solo vi que Harker tiró un centro al área y yo le dije a Óscar: “tranquilo, yo voy por él, yo lo saco». Estiré la pierna derecha lo más que pude, pero con tan mala  fortuna que el balón venía como un misil, y cuando hizo contacto con mi zapato se desvío y descolocó a Óscar. En ese instante tirado en la grama me sentí el hombre más infeliz sobre la tierra, ya que después de luchar para asistir a un Mundial, venir a hacer este ridículo, no puede ser”.

¿Qué viene ahora para usted y el equipo? Hermano, sinceramente no tenemos ya posibilidades matemáticas para clasificar, toca ganar el partido contra Suiza, para regresar a Colombia lo más dignamente posible.

Acabada esta respuesta me levanté, le di la mano y le deseé suerte. Él me dijo con aires de pitoniso: «gracias, hermano, ojalá este autogol no sea para desgracia».

Cuál sería mi sorpresa, apenas dos semanas después, cuando encendí la radio y escuché la triste noticia que en la madrugada del 2 de Julio de 1994 el caballero de las canchas Andrés Escobar había sido asesinado a tiros por un desconocido en la ciudad de Medellín, cuando salía de un estadero, por culpa de aquella fatalidad del juego. Una trampa de la vida oculta en el bajo mundo de los traquetos que apuestan sumas millonarias por un gol, y también cuentan con gallinazos humanos que matan a un ser humano sano y bueno por cualquier puñado de dinero y perico.

*Periodista barranquillero.

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