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En un estado corrompido

En un Estado corrompido la honestidad es un peligro, una sentencia de muerte. Peor aún, si la corrupción la ejercen gente de bien, expresidentes y presidentes, exitosos empresarios y políticos de cuna azul. Tanto brillo fatuo enmascara la podredumbre, los vuelve delincuentes aforados. Inmunes incluso al poder de los Estados Unidos, a los informes de la DEA.

Por Jorge Guebely

En Colombia, no pudo Jimmy Carter, no sirvió su informe de 1977. No pudo develar las andanzas de Turbay Ayala con narcotraficantes. Lo clasificaron como informe “chimbo”. Pero la realidad persistió en su testarudez. Mostró cómo el presidente nombró en la Aeronáutica Civil a un joven de 29 años, Álvaro Uribe Vélez.

Pesimistas fueron las especulaciones. Algunos vaticinaron el asesinato del nuevo director, como sucedió con el anterior. Peligroso cargo semejaba una eutanasia, una antesala del cementerio. No resultaba fácil enfrentarse a los capos de la mafia y salir indemne. Mucho menos, triunfante.

Gran equivocación, no hubo tal asesinato. Por el contrario, fue un gran acierto. Hubo paz, la de los gusanos cuando devoran una herida sin sentir rociado de creolina. Paz de los carteles de Medellín, de Pablo Escobar, Carlos Lehder y Fabio Ochoa. Nadie molestaba su labor ilícita. El joven Uribe les concedió matrículas para sus naves, 200 licencias para determinadas rutas, derechos para aterrizar en haciendas privadas.

Paz hasta cuando cayó creolina sobre la gusanera, honestidad sobre deshonestos, vergüenza sobre la purulencia. Hasta cuando entró el ministro Lara Bonilla. Con honestidad adelantó un debate en la Cámara de Representante, develó la debilidad de la Aeronáutica Civil con los narcotraficantes. Reveló los hangares de Pablo Escobar en el aeropuerto de Medellín, la flotilla personal para transportar droga. Puso en evidencia el negocio de la droga con anuencia del Estado.

Suficientes revelaciones sembraron caos, la normal y virulenta reacción de los deshonestos cuando son descubiertos sus sucios negocios con el Estado. El país entró en convulsiones, en ardides contra el ministro, hasta cuando lo asesinaron. El doctor Lara Bonilla no entendió el peligro de ser honesto en un país maloliente. Fatal ingenuidad.

Por el contrario, Turbay Ayala triunfó, ejerció presidencia durante cuatro años. Álvaro Uribe Vélez también triunfó, lo fue durante 8 años. Hoy se lo considera un expresidente bien amado por la “gente de bien”. Él entendió con claridad una ley de un Estado corrompido: la podredumbre es virtud; la honestidad, un peligroso vicio.

Escribo y viene a mi memoria un ensayo de Joe Barcal, escritor y profesor universitario en México. Su afirmación: “Los criminales ganan más que los políticos, por eso unirse a los primeros es una gran tentación para los segundos”.

jguebelyo@gmail.com

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