En 1988, cuando Saúl Sandoval se lanzó como candidato en la primera elección de alcaldes que hubo en el país, dijo que acabaría con la corrupción.
Por Chachareros
El argumento principal era que, si el pueblo, siendo el constituyente primario, elegía a sus alcaldes, se reduciría la corrupción, pues así el escogido no tenía que rendirles cuentas a unos jefes políticos que lo designaban a dedo, sino a sus electores.
Y ese fue uno de los principales argumentos de Saúl Sandoval Rodríguez para luchar “contra las tres o cuatro familias que han mandado en Soledad por los siglos de los siglos como si el municipio fuera su hacienda particular”. Se refería a las dinastías de los Ucrós, los Donado, los Mosquera, los Bacca. Eran los políticos que detentaban el poder durante décadas.
Y con ese discurso ganó. Fue el primer Alcalde de elección popular que tuvo Soledad, en 1988. La verdad es que fue muy poco lo que pudo hacer, con un Concejo que le hizo una fuerte oposición. Pero marcó la diferencia. Nunca más un Donado o un Ucrós fue Alcalde de Soledad, aunque sí siguieron ocupando curules de Concejo, Asamblea y una que otra ‘palomita’ en Cámara o Senado.
El discurso de Sandoval se diluyó muy pronto al dejar en el cargo como su reemplazo a su esposa MaryLuz Arraut, hermana del hoy cuestionado ex alcalde Afredo Arraut Varelo y primos del destituido congresista Jaime Varelo.
Después vendría una seguidilla de alcaldes del recién fundado movimiento de Fuad Char, Voluntad Popular, sin que de nada sirvieran los sinceros esfuerzos de Char por hacer unas administraciones pulcras. Soledad seguía de mal en peor. El remedio había resultado peor que la enfermedad. El Tigre Ucrós, desde los balcones de su casa, miraba pasar los toros que luchaban contra “los corruptos” y sonreía socarronamente. En el teatro Olimpia Perucho y el Tigre Ucrós se burlaban de quienes decían por la calle: “Ahora sí fue verdad que acabamos con los Ucrós”.
Los Ucrós. El Olimpia. Los Donado, los Mosquera, Chabela Bacca, todos siguieron ahí, firmes. Luego vendrían los Arraut, los Barraza, los Mirandas y gente del otro lado del río. El movimiento Voluntad Popular no estaba contento con los alcaldes que había elegido en seguidilla, uno detrás del otro. Primero el periodista Rodrigo Martínez y luego el picotero Raimundo Barrios Barceló.
En un acto democrático, Fuad quiso que fuera el propio pueblo el que señalara quién debía ser el candidato que de verdad diera los resultados que todos esperaban. Y todos señalaron hacia donde José Luis Castillo Bolívar, un dirigente popular, de 39 años de edad. Venía de militar en el M-19. Un hombre serio, casado con la ama de casa Rosa Estela Ibáñez Alonso, tenían una casita sencilla y barata en la urbanización de clase media baja Soledad 2.000. Cuando le hicieron la propuesta, dijo, “listo, yo me le mido”. Y emprendió una descomunal campaña de movimiento de masas que asustó a muchos, tanto, que lo vieron como un real enemigo que había que quitar de en medio.
A las 7:45 de la mañana del 30 de septiembre, mientras se despedía de su esposa y de dos amigos del barrio que se habían acercado a saludarlo, dos sicarios en moto se acercaron supuestamente a saludarlo. “¡Quibo, José Luis!”, dijo el que conducía la moto. Mientras el candidato respondía al saludo, el parrillero le descerrajó dos balazos de pistola automática en la frente. Lo llevaron de rapidez a la clínica más cercana. Llegó sin signos vitales.
Faltaba exactamente un mes para las elecciones. En medio del dolor colectivo del pueblo soledeño, las autoridades electorales aceptaron que Rosa Estela Ibáñez asumiera la candidatura, a pesar de que ya había vencido el plazo de inscripción y no había tiempo para modificar los tarjetones. De tal manera que los soledeños votaron por el número y la foto de José Luis Castillo Bolívar, pero ganó Rosa Estela Ibáñez Alonso.
Sabía lavar los platos, la ropa y cocinar
Rosa Estela, todo el mundo lo sabía, no tenía la menor idea de cómo manejar una tienda de barrio. Mucho menos conocía algo como la administración de un municipio con tantos habitantes y problemas como Soledad. Para colmo de males, en una de las idas y venidas a los ministerios en Bogotá a reuniones con alcaldes, conoció a Edgar Riveros Rey, un tipo que había sido alcalde de Fosca, Cundinamarca, y se le ofreció para asesorarla. Y no solo fue su asesor, sino su amante y marido.
Saúl Sandoval Rodríguez, que sabía de todas esas andanzas, que conocía el flujo de caja y el destino de casi todos los contratos (porque dicen que si bien es cierto que nada oculto hay bajo el sol, en Soledad no solo se conoce lo de abajo, sino lo que está por encima del sol), fue armando varias carpetas. Documentos clasificados, que él consultaba con sus amigos más cercanos.
Supo los mínimos detalles de los primeros coqueteos de Riveros Rey, de las amenazas de las AUC porque el amante de Rosa Estela supuestamente lo quería todo para él. Del soponcio de Rosa Estela cuando Don Antonio le puso la pistola en las tetas para decirle que con ellos no se jugaba. Del empute de Carlos Mario García (alias ‘Gonzalo’) por el primer incumplimiento.
A Saúl hasta le narraron en detalles la manera como le temblaban las piernas a Rosa Estela cada vez que la llamaba Don Antonio porque no le había enviado el 5% de un contrato, como era lo acordado.
Ya dedicado más que todo a la cátedra, Saúl Sandoval Rodríguez quería, sin embargo, hacer algo bueno por su pueblo, entregar ese dossier a las autoridades competentes para que llamaran a declarar a todos cuanto él mencionaba, con pruebas, en esos documentos. Pero quería ir a Bogotá. Entregar los documentos al Procurador General, Contraloría General, Fiscalía General. En el nivel nacional, para que los expedientes no se quedaran engavetados en Barranquilla.
Crimen de lesa humanidad
Hace 6 años, el 17 de abril de 2008, a las 7:15 de la noche, luego de salir de dictar una clase en la Uniautónoma, dos pistoleros lo esperaban al momento de abordar su carro. Sandoval venía con dos amigos a quienes mostraba parte de la documentación que había acumulado. Los papeles quedaron en medio del charco de sangre. Y cinco años antes, mataron a José Luis Castillo Bolívar, crimen que, según dejó escrito Sandoval, «marcó el sendero del empoderamiento de la narcoparapolítica más sanguinaria y más insaciable, en Soledad».
Como la familia de la víctima insistió en que dicho homicidio no quedara impune y fuera declarado de lesa humanidad, por ello es que la Fiscalía Segunda Especializada de Barranquilla ha citado a interrogatorio y declaración jurada a las siguientes personas: el actual alcalde de Soledad Franco Castellanos, los exalcaldes Antonio Fernando Castillo, José Zapata y Alfredo Arraut Varelo, el exconcejal Elder Carriazo Berrocal, el exrepresentante a la Cámara Jaime Cervantes Varelo, el empresario artístico y excandidato a la alcaldía soledeña Enrique Manuel Chapman Bacca, uno de los hijos del exalcalde asesinado Dinier Sandoval, la viuda Mary Luz Arraut, Herminia Castillo y Luz Helena Pérez.
Dicen que ese es uno de los tantos homicidios que tiene atravesado en la garganta, como una espina de sábalo, Don Antonio. Porque se asegura que hay muchas pruebas en los documentos de Sandoval sobre la forma en que él extorsionaba, puteaba y amenazaba a la indefensa Rosa Estela Ibáñez. Y si prosperan esas indagaciones, podría salir del programa de Justicia y Paz. Que es su temor, ya que muchos de quienes él cree que son sus amigos, quisieran verlo en una celda en Estados Unidos. Para poder dormir tranquilos.