Con botas llenas de obra y sin maquillaje institucional, el arquitecto César Núñez, al frente de la restauración del Amira de la Rosa por parte del Banco de la República, recorrió con periodistas las obras a fondo. La Cháchara estuvo allí.
Por Jorge Mario Sarmiento Figueroa
Suena dura la declaración del arquitecto César Núñez, responsable de las obras de restauración del teatro Amira de la Rosa. Incluso parecería pesimista o poco estratégica según los cánones que dictan algunas escuelas de la comunicación social, en donde todo debe sonar positivo, generar buena expectativa y proyectar éxito.
Pero el arquitecto Núñez, que recorre sudoroso cada recoveco de la obra, no está interesado en crear narrativas públicas a otro nivel. Su prioridad es que los periodistas que acompañamos el recorrido esta mañana de abril, tengamos un panorama cercano de la magnitud de lo que se está afrontando para la restauración del patrimonio arquitectónico y cultural, cuyos trabajos comenzaron “en febrero de 2025 y terminarán el 28 de junio de 2028”, según afirmó a La Cháchara.
Cada detalle tiene una punzada de la historia
Cuesta ver el Amira de la Rosa convertido en esqueleto, preservado de pie, con tiras de carne y piel hechas de acero y cemento. Allí está aún su gran ojo de vidrio mirando al final de la cubierta de bóveda de cañón. También está todavía la cubierta plegada, de cabellos ondulados, que hace lo imposible para que la brisa no la despeine. Está el foyer, esa boca donde tantas artes hablaron en el pasado. Y están las graderías, desdentadas, porque las clásicas sillas rojas que muchas obras presenciaron están repartidas ahora en varias salas de teatro en Barranquilla, como una forma de preservarlas en la función para la cual nacieron. No está el telón de boca, ese caimán se fue para aguardar custodiado en la sede del Banco de la República el día de regreso.
Para quienes disfrutaron de todo tipo de espectáculos escénicos y manifestaciones artísticas desde junio de 1982, cuesta creer que el Teatro Amira de la Rosa esté pasando por esta especie de purgatorio desde 2016, una forma literal de haber tenido que morir en una demolición casi completa, para ahora estar en una especie de resurrección que bastante polvo ha levantado.
¿Y por qué murió?
Para el arquitecto César Núñez, “la estructura principal del Amira De la Rosa estuvo en obra negra por 15 años desde el inicio de su construcción, y solo hasta 1980 se empezaron los trabajos de acabado, para su inauguración en 1982. Por todo ese tiempo prácticamente a la intemperie, la obra fue sufriendo un deterioro considerable”.
En 2016, cuando se hizo obligatorio cerrarlo para evitar una tragedia, el arquitecto Ignacio Consuegra Bolívar, especialista en Conservación del Patrimonio y Doctor en Historia y Arte, elevó un fuerte debate público a la Alcaldía de Barranquilla, ejercida en ese entonces por el ingeniero civil Alejandro Char, con el argumento de que el uso de dinamita para la demolición del coliseo cubierto Humberto Perea, adyacente al Amira De la Rosa, había afectado de manera grave la estructura del Teatro.
En su momento, el Secretario de Cultura de Barranquilla Juan José ‘Juancho’ Jaramillo, en representación del Alcalde, confrontó el debate aseverando que el uso de la dinamita fue totalmente controlado por expertos. La demolición del Humberto Perea se realizó para construir un nuevo escenario para los Juegos Centroamericanos y del Caribe.
Diez años después, el arquitecto César Núñez explica que en estos momentos “ya no se puede refutar ni confirmar la hipótesis de la afectación del Amira por la detonación. Nosotros ahora lo que estamos haciendo es trabajar con lo que hay, procurando salvar y proteger los bienes patrimoniales que quedaron en pie, y haciendo demoliciones específicas para comenzar el reforzamiento de la cimentación y la estructura”.
Sacándolo de polvo
Esas obras del proyecto de restauración tienen un costo estimado de 87.000 millones de pesos. En este momento trabajan 91 personas y hay maquinarias incluso en la sala principal del Teatro. “Estamos haciendo el reforzamiento de pilotes, perforando para construir unos cimientos de más o menos 30 metros de profundidad”, explica el arquitecto Núñez.
Al preguntarle en qué porcentaje están las obras en este momento, el arquitecto responde sin rodeos: “Estamos en un 10%”.
—¿Cuál será el porcentaje estimado de avances al finalizar este 2026? -le pregunto.
—Llegaremos a un 30%. Este año lo que veremos aquí es polvo y mugre, por las demoliciones específicas que les expliqué. Las obras incluyen la restauración y también la innovación en algunos aspectos del Teatro, con alcances desde lo sostenible, bioclimático, tecnología y de acabados.
—¿Cuál será la capacidad del Teatro?
—El escenario principal pasará de 900 butacas a 700, pero los espectadores gozarán de mejor visibilidad.
Kathy Castillo, jefa cultural del Banco de la República, complementa la respuesta del arquitecto: “Habrá también una sala alterna con capacidad para 250 personas y un anfiteatro para 800 personas”.
