Se cumple una semana de la muerte de Gustavo Cerati. El comienzo oficial de su leyenda. Por eso invitamos a un conocedor de su arte para que contara a los chachareros cómo fue su vida desde cuando escuchó Soda Stereo.
Por Juan Pablo Osman Flores
Hice parte de ese raro grupo de jóvenes que en las minitecas adolescentes esperaba sentado mientras se acababa la tanda «tropical» y salía a bailar en cuanto se escuchaba el chis-pum característico de las canciones discotequeras de esa época, provenientes de la cultura anglosajona. Eran canciones en inglés, con beat «House», un género que era hijo frívolo y banal del Rock, pero hijo al fin y al cabo. Tarareando canciones en inglés y practicando frente al espejo las coreografías de baile que veía en MTV y VH1 llegué a los 12 años en 1991.
Ese año organizaron en Bogotá el denominado Gran Concierto, hito musical en la provinciana Colombia de esa época: Franco De Vita, The Real Milli Vanilli en un fallido intento por limpiar su farsa, REO Speedwagon, el bolerista/salsero puertorriqueño Nino Segarra y una banda argentina llamada Soda Stereo armaban este disparatado cartel musical. A raíz de la promoción del evento, las emisoras nacionales y locales empezaron a programar con insistencia canciones de los músicos que iban a presentarse pero hubo una banda en especial que empezó a difundirse con fuerza o, ahora que lo pienso, quizás no se difundió más que los demás pero conectó de una forma especial conmigo. Los sonidos eran típicamente británicos, parecidos a aquello que yo me había acostumbrado a bailar en inocentes fiestas de pre-adolescencia. Pero había una diferencia sustancial: estos tipos cantaban en español. La dulce voz de un Hombre Alado llamado Gustavo Cerati y los sonidos anglosajones de sus canciones me cautivaron inmediatamente.
Quizás fue la identificación total con las letras que hablaban en mi idioma nativo, que contaban historias con palabras absolutamente familiares para mí, que construían imágenes y metáforas con vocablos que me habían acompañado desde que tenía uso de razón lo que me provocó tal enganche por esta banda. Todo esto unido a una familiaridad con el lenguaje musical, tan parecido a aquello que ya había conquistado mis oídos en inglés. A pesar de que la banda ya había publicado cinco discos hasta ese momento, solo fue entonces cuando despegué formalmente hacia el maravilloso universo de música para volar que solo Soda era capaz de pilotear, y no aterricé nunca más.
A partir de este descubrimiento musical, empecé a investigar a Soda hacia atrás, hacia la historia que habían construido desde 1984 pero que había sido desconocida para mí. Y empezó mi amor incondicional hacia este trío. Pero como todos los grandes amores, cuando más estás entregando menos recibes y Soda calló por varios años. Y, también como los grandes amores, volvió cuando yo más los necesitaba.
1995. Tenía 16 años. Ya sabía lo que era el (des)amor, primeras experiencias sexuales, primeros castigos al hígado, primeros golpes en la cara, primeros juegos psicotrópicos. En fin, adoleciendo adolescencia. Y llegó ese profundo Sueño Stereo para despertarme de nuevo el amor por Soda. Fue el último álbum de estudio de la banda y nos puso a soñar. La sexualidad de Zoom, el despecho de Ella Usó mi Cabeza como un Revólver, la masturbadora Crema de Estrellas, la psicodélica Planta, la romántica Pasos hicieron de este álbum un Disco Eterno……
Hombre Alado, ¿extrañas la tierra? Unos cuantos miles de nosotros te extrañamos hace ya cuatro años. Hoy es diferente, hoy sabemos que te extrañaremos siempre y, como bien dijiste Maestro, siempre es hoy. ¡Gracias totales!