Icono del sitio La Cháchara

En El Salado los mejores días están por venir

Catorce  años después de la masacre de más de 100  campesinos, los habitantes del Corregimiento El Salado comienzan a sanar las heridas en el alma. Serie «En el corazón de los Montes de María».

Por Francisco Figueroa Turcios 

Por esta vía, que hoy sigue destapada, entraron los paramilitares a acabar con El Salado. Foto: Jorge Sarmiento 

El 18 de febrero de 2000 cerca de 450 paramilitares, a órdenes de Rodrigo Mercado Pelufo, alias «Cadena», jefe del Bloque Héroes de los Montes de María, que a su vez estaba bajo el mando de Carlos Castaño, máximo comandante de las AUC, y respaldada por Salvatore Mancuso, jefe del Bloque Catatumbo, incursionaron en el corregimiento de El Salado, en jurisdicción del Carmen de Bolívar, ubicado hacia el sureste a una distancia de 18 km del casco urbano, con el objetivo de asesinar a todas las personas que consideraban aliadas de la guerrilla.

En su incursión, los paramilitares desmembraban y torturaban a los pobladores con motosierras, destornilladores, piedras y maderos, mientras bebían licor saqueado de las tiendas. Violaban mujeres, jugaban fútbol con las cabezas de los decapitados, ahorcaban jóvenes, apaleaban ancianos y mujeres embarazadas mientras escuchaban música vallenata de Diomedes Díaz a alto volumen.

En este campo despejado frente a la iglesia alinearon a los hombres y sentaron a las mujeres a ver el horror. 

La Fiscalía consideró que ha sido la matanza más grande de los paramilitares en toda su historia. Además, destrozaron las casas y cerca de 4.000 personas tuvieron que abandonar el Corregimiento, convirtiéndolo en un pueblo fantasma.

Para David Montes, la masacre pudo ser mayor, «porque trajeron todo un ejercito para matarnos a todos, pero algunos logramos escapar cuando escuchamos la primera voz alerta». David y su esposa Teresa Castro tienen una tienda que se llama «Doña Tere».

David Montes y Teresa Castro regresaron. Levantaron su tienda de los escombros. Foto: Jorge Sarmiento Figueroa.

Cuando escuchó a un vecino que gritaba «¡llegaron los ‘paracos’!», cogió  a su mujer de la mano y sin tiempo para recoger nada comenzaron a correr para el monte. «Mucha gente», narra David Montés, «pensó que era una falsa alarma, porque en otras ocasiones habían avisado y resultaba siendo mentira. Nosotros estábamos en la lista para ser asesinados, porque ellos saquearon todas las tiendas y mataron a los tenderos, porque pensaban que apoyábamos a la guerrilla». Mira de reojo y asiente varias veces con la cabeza, como recordando la condena de la que se salvó. Mientras, ayuda a su esposa en la tienda que con esfuerzo volvieron a tener.

La presa que querían

El principal objetivo militar para Mercado Pelufo «Cadena» en esta masacre era asesinar a Luis Torres, líder campesino, quien logró salvarse porque un mes antes de la tragedia un amigo fue a su casa y le advirtió de los rumores de que El Salado estaba en la mira de los «paracos».

Dilia Esther Redondo recuerda cada detalle de la historia de El Salado. Foto: Jorge Sarmiento Figueroa.

‘Lucho’, como lo conocen en la región de los Montes de María, esa misma noche  se marchó para Cartagena, por una trocha que conduce al Carmen de Bolívar, según lo relata su esposa Dilia Esther Redondo. «Yo me quedé aquí en el pueblo», cuenta la señora sentada en la sala de su casa en El Salado, sin soltar el palo de la escoba con el que va señalando los recuerdos de su relato. «No podía dejar solos a mis padres. Ellos tenía un pequeña tienda, ‘El Porvenir’. El día de la masacre me encontraba en Cartagena en una cita médica, sino hoy no estuviera echando el cuento. Al día siguiente me llamaron para avisarme de lo ocurrido, y me vine volando por la angustia de no saber nada de mis padres. Solo al tercer día pudimos entrar al pueblo con la Cruz Roja. Fueron dos días de angustia. La crueldad fue grande. Faltando un kilómetro para llegar a El Salado encontramos cuerpos despedazados y muchas cabezas colgadas en los arboles». Cuando llegó a la plaza que queda diagonal a la iglesia, Dilia Esther Redondo pudo comprobar la magnitud de los hechos. «Salí corriendo para la casa de mis padres y encontré la casa destruida, automáticamente se me vino a la cabeza que los habían asesinado. Dios tuvo piedad de ellos; los encontré escondidos debajo de la cama, que quedó debajo de los escombros», recuerda. Ahora barre callada la sala de su casa, sin levantarse de la mecedora. Sin levantar la mirada de aquellos recuerdos.

Foto: Jorge Sarmiento Figueroa

La Fiscalía se mete a ayudar a los paramilitares

La pesadilla para la familia Torres Redondo no terminó el día de la masacre. A la pareja de esposos los paramilitares los seguían buscando por cielo y tierra. Y como no pudieron asesinarlos el día de la incursión, se valieron de las fuerzas del Estado que se habían corrompido, para acecharlos. El 26 de mayo de 2005, en horas de la noche, en el barrio Los Caracoles de Cartagena, fue detenido un reconocido líder comunitario de la comunidad de El Salado, defensor de derechos humanos de su comunidad, señalado por la Fiscalía General de la Nación como ideólogo de la guerrilla. El capturado era Luis Torres, «Lucho».

«Se le sindicó falsamente del delito de rebelión e ideólogo de la guerrilla», cuenta su esposa. «Se utilizó a un supuesto testigo, Luis Fonseca Arrieta, quien era parte de los montajes judiciales en los que se encuentran comprometidas las Fuerzas Militares». El fiscal Ricardo Carriazo ordenó el allanamiento y detención de Torres. Tuvo que dejarlo en libertad dos semanas después, el miércoles 8 de junio de 2005.

El exilio

Después de haber sido perseguidos por los paramilitares y por el Estado colombiano, el padre Rafael Castillo Torres intercedió para que la pareja se asilara en España. Llegaron a Madrid, permanecieron allí dos meses y finalmente se radicaron en Sevilla. Cinco años habían transcurrido cuando ‘Lucho’ le dijo a esposa:  «Me regreso a mi pueblo. Prefiero morir allá que seguir recolectando frutas en tierra ajena».

Cada nueva obra en El Salado es un esfuerzo por no olvidar que el pueblo surgió de las cenizas olvidadas del Estado. Foto: Jorge Sarmiento Figueroa.

Antes de que tuvieran que exiliarse, Luis Torres había empezado a liderar la operación retorno a su pueblo natal. A El Salado. Por hacer eso fue que lo persiguieron. Al fin y al cabo los paramilitares no actuaban solo por su sed de sangre y supuesta venganza contra la guerrilla. Lo que querían era despejar las tierras adonde terratenientes y empresarios inescrupulosos llegarían a comprar a precio de «oferta forzada» una zona muy rica. «El 23 de julio de 2001 me cansé de ver a mis amigos mendigando en las calles», dice ‘Lucho’, su tono al hablar es de indignación, «dormían arrumados donde familiares y mitigaban el hambre con tinto. En Cartagena y el Carmen de Bolívar reuní a varios amigos y les dije: ‘Vamos a retornar al pueblo’. A la primera asamblea para planear el regreso asistieron 815 personas». Luis Torres habló con el Gobierno y las autoridades, y todas le dieron la misma respuesta: «no hay condiciones de seguridad para volver». En realidad le estaban advirtiendo que no se pusiera en esa tarea, pero no le dijeron de frente que ellos mismos lo perseguirían. Así que continuó con el plan, bajo la misma filosofía: «Que nos mate una bala en el campo, pero no nos morimos más de hambre en la ciudad».

El retorno

Un niño lleva en burro un bulto de alimento para su casa. La vida regresa al pueblo. Foto: Jorge Sarmiento Figueroa.

El 2 de noviembre de 2001 se reunieron antes del amanecer más de 250 personas en la plaza del Carmen de Bolívar, dotadas de machete, hachas y palas, dispuestos a dar la vida por su tierra. La maleza se había apoderado de la carretera. Fueron más de 10 horas abriendo trocha. Era como si el infierno hubiera cerrado las puertas, con El Salado adentro. «A las cinco de la tarde por fin llegamos a lo que antes fuera nuestro pueblo. La maleza se lo había tragado todo. Yo  llevaba una bandera blanca y la clavé a la entrada del pueblo», recuerda Luis Torres.

Ese hecho hace parte de la historia, porque hoy Luis Torres y su esposa Dilia Esther Redondo viven en El Salado. La pareja ha sido cobijada por el proyecto de reparación integral de victimas que el Gobierno Nacional realiza, en nombre del mismo Estado que persiguió a los campesinos hasta convertirlos en blanco de masacres. Pero la bandera blanca clavada aquel día del retorno a El Salado es lo que importa ahora para la pareja Torres Redondo y muchas familias que ven cómo el Estado cambia su rostro para darle un nuevo porvenir a los Montes de María. Al parecer los tiempos han cambiado. La vida también.

Salir de la versión móvil