La comunicadora YK Jesurum nos comparte su reflexión y arte sobre los latidos del corazón.
Por YK Jesurum
Todos estamos en la «búsqueda»constante del amor, básicamente porque es una necesidad nuestra, el problema es que no tenemos muy claro cómo amar y mucho menos cómo ser amados.
Creemos que el amor es un derroche de sensaciones, nutridas de deseos impetuosos, algunos carnales, otros más altruistas como la protección y la compañía… Es por ello que en el infortunio de nuestro propio engaño confundimos el más alto de todos los dones y construcciones humanas con un simple coctel hormonal que mágicamente desaparece con el tiempo. El amor por su parte surge del crecimiento y el fortalecimiento de esa semilla natural, se activa con la constancia y disciplina, con la voluntad y el esfuerzo.
Para amar no basta con pasar unos meses y darse por vencido, tampoco es cuestión de tiempos; a veces no es falta de amor, sino simplemente de propósitos… y estar junto a alguien sin propósito afín no es una opción para nadie.
El amor se decide, se forja, se pare; eso sí, no se fuerza. El amor no es autosatisfacción, pero sí reciprocidad. El amor traspasa la decepción y se aloja en la bondad.
No hay tal cosa para mí como amor a primera vista, esa idea adolescente esta años luz de ser real, algunos tienen la fortuna y el coraje de que esa atracción físico -química funcionará ¡Y qué buen primer paso! El punto es que todos nacemos como una semilla de amor, una capacidad ilimitada, nuestro proceso evolutivo nos guía hacia su manifestación, el amor en primera medida es interno, hacia nosotros mismos, es ahí cuando la tan anhelada búsqueda se convierte en el descubrimiento de esa conexión interior, ese amor fuerte por lo que somos, ese autoconocimiento, ese auto-abrazo, esa compasión deliciosa, esa conciencia de valor y sentido de nuestra existencia, esa necesidad de ser mejores y más sanos, más pacíficos, más dignos.
Cuando ofrecernos un lugar mejor se convierte en nuestra casa y único aliento para continuar, cuando las excusas por las consecuencias de las acciones de otros se caen y se entiende que en todo hay un propósito, inclusive en el sufrimiento, cuando nuestras propias limitaciones emocionales son tan claras y a la vista siendo fuente de verdadero y profundo trabajo interior. En ese momento es cuando la verdadera habilidad, el verdadero don, encuentra su activación y se manifiesta en nuestro ser y puede ser compartido en el exterior: hacia una pareja, un familiar, un oficio, un animal. Lo demás, en donde no hay esto, solo son intentos, confusiones infructíferas, búsquedas secas, deseos egoístas de satisfacción a través de otros, y nada de eso puede ser llamado amor.













<3