El estallido musical de Niccoló Paganini se produjo a principios del siglo XIX. Pero él tocaba el violín para oídos de una época que aún no llegaba. Por eso lo consideraron diabólico. Ahora su vida llega al cine.
Por Jorge Sarmiento Figueroa – Editor General
Esta semana asistí a una de las salas de Cine Colombia a ver el pre estreno de ‘El violinista del diablo’, por invitación del Festival de Cine de Barranquilla -FicBaq-, sin saber que la película era una representación de la vida de Niccoló Paganini. Mi ignorancia entonces fue doble: no tenía idea de quién fue Paganini.
Pronto, sin dar muchos rodeos, la escenas musicales aparecieron y me fueron develando al que es reconocido como uno de los más virtuosos violinistas que ha parido la historia, y que -como suele suceder con este tipo de hombres únicos- no fue entendido en su momento y fue más bien rechazado, convertido en objeto de burlas y señalamientos. En varias escenas la película rinde homenaje al genio de Paganini con recitales de violín en los que el público estalla en júbilo, ya fuera el de una cantina de borrachos o el del teatro de Londres en un concierto con presencia del mismísimo Rey de Inglaterra.
La trama de ‘El violinista del diablo’ se centra en el siguiente argumento: como a Paganini no le reconocían su talento y el público se burlaba de su extraña música y de su estilo, y esto lo ofuscaba y lo llevaba a la perdición por el alcohol y el sexo, no le quedó otro remedio que aceptar la oferta del diablo de comprarle su alma a cambio de la gloria. Un camino de éxito y tragedia, de amor y soledad, la ambivalencia de la felicidad y la tristeza de quien alcanza la cima pero no tiene su alma para disfrutarla. El problema es que la lucha de los que se venden al diablo es un tema muchas veces abordado en el cine y por eso mismo encarna un reto mayúsculo para no caer en lugares comunes, en clichés, ni en la vergüenza de hacer una ridícula caricatura de la que es quizás la más grande e histórica metáfora de la humanidad: el Bien y el Mal.
El antagonista en ‘El violinista del diablo’ es un aparente agente artístico con mezcla de mayordomo que se presenta con sus cejas arqueadas y barbilla bifurcada, casi una serpiente. Como si al monstruo del arte humano que fue Paganini, en vez de Lucifer la cita le hubiera correspondido con Hellboy. De tanto rodar por toda la película como un demonio cuyo talento es ser tan truculento como la malo de una telenovela creadora de intrigas y emboscadas, se da por vencido y se baja de su rol en el tono más literal posible: «Yo no soy el diablo. Solo soy su servidor y usted es mi maestro». Habrá que ver el poder que tienen los malos en una telenovela, y en la vida diaria, pero supongo que el diablo debería de haber tenido algún toque de glamour distinto para presentarse a la altura del alma de Paganini.
Pero es entonces cuando me percato que, fuera de los espléndidos recitales y conciertos de violín que da el actor y músico David Garret, la película borró de tajo todas los encuentros posibles con Paganini, y lo convirtió en una estrella de rock de nuestro tiempo, con el desgreño de un Kurt Cobain y el poder de seducción de un Mick Jagger. Paganini lucha en esta historia que le rinde homenaje porque el experimentado director de cine Bernard Rose (de cuya extensa filmografía sobresalen ‘Candy Man’ y ‘Amada Inmortal’, esta última sobre otro grande de la música, Ludwig Van Beethoven), ha decidido sin reparos que los señalamientos en su contra son ciertos, que él sí vendió su alma al diablo y que su su arte es el producto de este negocio del más allá. Y nada más. De las furias musicales que habrán sucedido en la vida del artista para encontrar su camino en medio de una sociedad negada a su fuerza creadora, de eso ni un ápice.
Si me hubieran invitado a ver en cine un recital de violín en homenaje a Niccoló Paganini, me habría sentido muy a gusto por sentir el mismo súbito momento de felicidad que vivieron los que en cuerpo presente lo escucharon por vez primera en la Europa del siglo XIX. Por eso agradezco el gesto del FicBaq y de Cine Colombia de invitarme. Me permitieron gozar esas tres o cuatro escenas.
Y también agradezco que la película se haya aventurado a contar una enrevesada telenovela de un diablo que no inspira ni el fastidio de un moco en la nariz, contra una estrella del modelaje que quizás, a veces, era músico y violinista. Lo agradezco porque me motivó, como lo hace la sicología inversa, a de verdad adentrarme en la biografía y la música de un ser de todos los tiempos al que el buen Mal habría decidido embaucar para convertirlo en uno de sus ángeles.
La invitación queda abierta, para ver la película caricaturesca sobre Paganini o, en el mejor sentido, para escuchar su música con el misterio envolvente del cine.