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El trasegar del Vallenato

Por Samuel Solórzano Cisery

La vida en el Caribe deja de ser cotidiana si no se filtra en algún momento las notas de un acordeón. Es una música que pasa de ser un lenguaje a ser una acción. Las pasiones y las penas de cualquier persona se pueden encontrar representada en canciones donde la letra logra la poesía mientras relata historias, y la música mueve la nostalgia y la alegría mientras la parranda se extiende toda la noche.

            Para convertirse en una tradición enraizada en todo el territorio colombiano primero necesitó el sincretismo de varias culturas, además de un trasegar en medio de vejaciones y fama. De África recibió la influencia del ritmo con la caja, de las tribus indígenas recibió la guacharaca y de Europa recibió el acordeón. Así el vallenato empezó a surgir en el siglo XIX, siendo una mezcla multicultural.

            En el texto El Vallenato: entre la tradición y las nuevas generaciones se señala que “el juglar era la voz populi, el verbo de los que no sabían leer ni escribir” p.8. Tanto en la época medieval como en la Colombia de finales del XIX y principios del XX, el vallenato fue vehículo para esparcir, entretener y contar historias a un público popular, donde las tazas de analfabetismo eran altas. Los primeros intérpretes de este género en ciernes eran visto como los juglares que llevaban el acordeón al hombro, montados en burros, visitando cada pueblo del César o de la Guajira para cantar y participar en parrandas a cambio de comida o dinero, mientras que el pueblo se beneficiaba con los mensajes y las memorias que guardan sus letras y música.

            En ese sentido, estos juglares del vallenato se parecían mucho a los juglares medievales. Por un lado, tenemos la composición en octosílabos y la improvisación. En la película Los viajes del viento (2009) vemos esta característica cuando Ignacio Carrillo, acordeonero melancólico que quiere ir a la Guajira para rencontrarse con su maestro, participa en una picada de acordeón en Becerril en el marco de las fiestas del Día de la Candelaria. Los participantes de la contiendan deben versear, improvisando las retahílas, respondiendo y menoscabando a su contrincante al ritmo de la música, y, si se presta mucha atención, cada intervención era en cuartetos de octosílabos.

También esta película ejemplifica bien otra característica importante de los juglares: las historias en la palabra oral. A través de la poesía se sintetiza situaciones importantes, como cuando el personaje de Ignacio Carrillo junto con Fermín Morales participan en el Primer Festival de Leyenda Vallenata de 1968, donde se canta una canción que deja entrever una historia de amor y olvido, soportado por el lenguaje cinematográfico con las imágenes parcas de una mujer y un niño que se intercala durante la presentación.

            Gabriel García Márquez ha dejado constancia de cómo este género superó obstáculos hasta convertirse en una sólida tradición y fenómeno musical en Colombia. El punto de inflexión fue precisamente el primer Festival de Leyenda Vallenata. De la mano del gobernador del César de aquel entonces, Alfonso López Michelsen, Consuelo Araujo Noguera, el juglar Escalona y la presencia de Gabo, entre otras personalidades, se dio lugar el Festival que reunió algunos simpatizantes de esta música. Consuelo Araujo, ex ministra de la cultura y también principal artífice de la realización del festival de Leyenda Vallenata, recuerda así aquel histórico año: “aquí hay una fiesta muy hermosa que se ha celebrado durante cientos de años, que es la Fiesta del Milagro […], entonces fue cuando se nos ocurrió que inventáramos un concurso de música de acordeón” (Perilla, 2014).

            Estas declaraciones reflejan cómo el vallenato empezó a compartir escenarios con raíces religiosas, y que poco a poco se involucró en la vida de los simpatizantes como si se tratase de una nueva religión. Se ha consolidado en espacios solemnes de amor, locura y muerte porque sus letras y sus cantantes cargan todas las experiencias que cualquier humano podría vivir, a veces con un drama o tragedia que seduce y vuelve inmortal los sentimientos y la memoria.

 No por nada Gabriel García Márquez escribiría el artículo “No sé qué tiene el acordeón…”, el cual expresa que el vallenato se ha convertido en símbolo nacional que abarca las nostalgias de su pueblo por ser albacea de la memoria de estos. El acordeón se ha convertido parte de nuestra nacionalidad, el que acompaña cada pulso vital de cada ciudadano. En otro artículo, “Abelito Villa, Escalona y Cia”, al premio nobel no se le escapa el remanso de poesía que el vallenato nunca ha carecido, otra razón de porque el vallenato ha permeado la conciencia de los colombianos por ser portavoz de un mundo épico del cual todos pertenecemos, porque en la vida cotidiana, la vida del campo, la vida completa es una gesta épica que el sufrimiento nos hace recordar y la música nos libera.

            Considerando todo lo anterior, el vallenato es un trasegar, un camino, una palabra con piernas que ha viajado como el río, sin quedarse enclaustrado ni en lugares ni posiciones sociales. El vallenato es la segunda memoria de los colombianos como la segunda lengua de sus sentimientos. Por ello, es una música que continúa escuchándose sin perder su vigencia, que sigue tocando corazones como lo ha hecho desde los tiempos tempranos.

Referencias

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