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El Rincón del Búho.- Ya se ven por ahí las camisetas de los candidatos

Donde Rafa Pineda preparan la publicidad de Alex Char. Eso quiere decir que va porque va. Juan García y Rafa Sánchez Anillo esperan un mecenas. 

Por El Propio Búho

Alejandro Char Chaljud ya le dijo a su amigo de confianza, el impresor y diseñador de campañas Rafa Pineda, que alistara todo, porque ya es un hecho: será candidato para repetir en la Alcaldía de Barranquilla. Va porque va. Parece ser que ya ha logrado uno que otro acercamiento importante, aunque tiene algunos “socios” del pasado resentidos porque tanto en su administración como en la de Elsa, se despachó solito. Claro, ha dejado caer algunas migajas de la mesa para algunos amigos que quedaron en la olleta.

Alex Char ya dijo que sí va por la Alcaldía.

A quienes les ha quedado mal, les ha jurado y contrajurado que esta vez cumplirá su palabra de gallero. “¿Tú le crees?”, dice un destacado senador rejugado en todas las plazas. No se sabe en qué momento del camino el muchacho se torció, cuando iba por tan buena ruta. De repente se volvió prepotente, soberbio, dejó de contestar el teléfono a todo el mundo, salvo un estrecho sanedrín de serviles.

En el sur lo idolatran. Es cierto. Santos lo tiene como su niño consentido. El caso medio peludo es que, cuando se llega a esos niveles de soberbia en que se mira a todo el mundo por encima del hombro (a pesar de lo chiquitín que es él), los augurios no son muy buenos. Porque aún aquel enemigo más pequeño y aparentemente sin ninguna importancia, puede darle un golpe de vidente, por estar dando palos de ciego en la escogencia de los equipos de trabajo.

Hay buenos candidatos

En el mismo grupo Char hay nombres como el de Juan José Jaramillo. El mismo Alejandro Arteta, o Jaime Pumarejo Heins, que siempre ha sido muy cercano a dicha casa política, desde la época de su difunto padre, Jaime Pumarejo Certain. Y son nombres que no tienen tantos enredos. No son un bulto de anzuelos.

Manuel De la Rosa Manotas, para los Juegos.

Lo mismo ocurre con la Gobernación. Ricardo Varela asegura que una encuesta privada coloca a su hijo Alfredo Varela en el primer puesto como opción para ganar la contienda. Seguido de Eduardo Verano, Jaime Berdugo y, de último, Guillo Polo Carbonell.

Lo atractivo de todos esos nombres es que se trata de gente joven. Con un excelente perfil. Son profesionales exitosos en donde han estado. Y los problemas que ha tenido Alex Char, más que todo han sido porque él confía demasiado en sus amigos de parranda. Les tiene una fe ciega, y cuando se viene a dar cuenta, ya lo han metido en un tremendo lío. Previamente le han pintado todo color de rosa para sobarle la chaqueta, y al final salen con un chorro de babas. Exactamente como les ocurrió a los muchachos Amín a quienes se les desplomó el puente frente al aeropuerto Los Garzones de Montería.

Para los juegos tres buenos nombres

Ya que se definió a Barranquilla como sede, ahora se busca un gerente de racamandaca para ponerle el pecho, como lo exigen las circunstancias, a ese magno evento deportivo, que tanto beneficio le traerá a la ciudad, si las cosas se han como Dios manda.

Alfredo Varela quiere ser Gobernador del Atlántico.

Suenan tres nombres: Manuelito De la Rosa Manotas, Pedro Salcedo y Helmut Bellingrodt. Cuál de los tres tenga mayores méritos para ocupar esos cargos. Manuel De la Rosa fue durante muchos años presidente de la Federación Colombiana de Golf y recorrió más de medio mundo representando con la mayor dignidad, decoro y capacidad, al deporte colombiano. Sabe no solo de golf, sino de casi todas las disciplinas, porque es un fervoroso seguidor (y practicante aunque no de muy buen rendimiento), de varios de esos deportes.

Pedro Salcedo presidió por muchos años la seccional de Davivienda, ha sido directivo de Junior, ha estado en otras juntas directivas de diversas ligas, en fin, un hombre del deporte, acaba de salir pensionado, y en una edad en que tiene mucho juego por delante. Mejor dicho, un momento en la vida en que el ser humano lo ve todo con mayor claridad.

Manuel De la Rosa tiene la ventaja de hablar varios idiomas, de conocer cómo se mueve el deporte en otros países, y cómo tocar las puertas para conseguir recursos. Además, lo ayuda mucho su permanente deseo de colaborar, de participar en campañas, de buscar soluciones a problemas sociales. En todo caso, son realmente tres buenos candidatos.

Cómo no hablar de las Farc

John Mario González escribe un oportuno texto bajo el título de: “Las Farc también tienen historia”. Claro que la tienen. Como la tienen las AUC. Los Chulavitas. Los Mochorocos. El texto llega al Búho por la vía de un viejo amigo que vive en Estados Unidos, el colega Ricardo Rocha. Después escribiremos algo sobre cómo ya los escritores colombianos de esta generación, por dicha y fortuna, empiezan a dejar de contar muertos, y se han iniciado en el maravilloso escenario de contarle al mundo que ya Colombia dejó de estar contando muertos y litros de sangre derramada en cada atentado. Que ahora ha llegado la hora de decirle al Mundo que Colombia narra con música, con sentimiento puro.

Y aquí empecemos con John Mario González: “María Ernestina Forero ha sido una de las tantas víctimas de la violencia guerrillera en Colombia. Llegó a Bogotá desplazada de la vereda Piedragorda, corregimiento de Santa Rita, municipio de La Cabrera. Le mataron a su esposo, Esteban Robayo, y a sus hijos de 5 y 9 años, como igual les ocurrió a Luis de Gama, Evidalia de Gama y sus 6 hijos, a Adán Castellanos y a su hijo Casimiro de 18 años, y a la maestra de escuela, una muchacha de 16 años, que fue asesinada por el bandolero ‘Mararay’. El error de estas familias fue no haberse organizado en las filas del Partido Comunista ni haber emigrado. El siniestro personaje que mandaba a matar y lideraba el foco comunista en el Sumapaz era Juan de la Cruz Varela, el ícono del preludio de las Farc, y quien a la postre sería representante a la Cámara, suplente de Alfonso López Michelsen. Por eso, los sucesos no son recientes, sino de 1955, y aparecen registrados en entrevista del periódico El Tiempó del 25 de octubre de 1961.

Aunque María Ernestina no está viva ni sería víctima, de acuerdo a la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras de 2011, su tragedia revela que la épica del movimiento campesino comunista y de las repúblicas independientes de Marquetalia, Villarrica, El Pato, Riochiquito y Sumapaz no es esa leyenda romántica cargada de altruismo con la que las Farc justifican su existencia como víctimas. Era, al contrario, la práctica del estalinismo que sufrieron las familias conservadoras y liberales que habitaban Viotá y muchas comarcas de Colombia en la década del 40 y 50 del Siglo pasado. Una máquina de guerra que ha ocultado por décadas la barbarie, el despojo, los crímenes y los millones de víctimas que siguen en aumento, como la niña Isabela de tres años que asesinaron en Arauca, o la pequeña Yurani de dos años, a quien mataron en Miranda, Cauca, la semana pasada.

Millones de víctimas que han sido silenciadas por el mito revolucionario que logró tergiversar la historia, así Gabriel García Márquez se quejara de que la historia de Colombia ha sido la versión oficial de la misma. Falso, como falso es que ‘Tirofijo’ se fue a la guerra y combatía el régimen porque se le habían robado unas gallinas y unos cerdos; que ‘el movimiento revolucionario’ se origina en los acontecimientos de 1948; que los chulavitas fueron los propiciadores de la violencia en Colombia o que, si no hubiera existido ‘agresión’ en Marquetalia, las Farc tal vez no habrían existido. Una versión ideologizada que, a fuerza de repetición por autonombrados intelectuales, se volvió historia, pero que está en mora de ser reconstruida y que deberá ser parte de las consideraciones de la Comisión de la Verdad.

Una versión de la historia que exalta los hitos liberales cuando le conviene, pero que encubre la guerra entre liberales y comunistas, que escenifica la muerte de Guadalupe Salcedo como una traición, cuando en realidad fue resultado de angustias personales extrapoladas en una borrachera que desencadenó en un enfrentamiento con la Policía en el sur de Bogotá, como lo sostiene una investigación de Otty Patiño.

Y ahí están las nuevas versiones de la historia que nos pueden ayudar a superar la historia más allá del mito revolucionario y a entender, como en Los años del olvido de Javier Guerrero, que durante la década del 30 hubo en Boyacá y Santander un fenómeno de ejercicio de la violencia desde el Gobierno en contra de los conservadores, y las investigaciones de César Ayala que demuestran que la violencia no era solo entre liberales y conservadores, sino incluso entre los propios conservadores.

Claro, si queremos cerrar el nefasto capítulo de la violencia en Colombia, tenemos que asumir una interpretación sana y sanadora de la historia, sin heredar odios tan arraigados. Pero cómo decirle a las víctimas de Bojayá o a María Camila, quien perdió una pierna en el atentado del Nogal en el 2003, que Timochenko se siente orgulloso de la estela de crímenes que ha dejado y que no se arrepiente ni siquiera un instante de lo hecho.

El Búho y un lector precoz, vistos por la pluma sagaz y el talento mágico de Turcios.

Por supuesto que somos partidarios del proceso de paz con las Farc y el ELN, incluso de penas alternativas que no impliquen cárcel, o muy poca, y que después del arrepentimiento y la reparación hagan política, porque la verdad será su castigo más severo. Pero por ello mismo, y si bien ha habido agentes del Estado implicados en condenables y horrendos crímenes contra miembros de la izquierda en Colombia, ello no es razón para que ahora quieran desconocer su responsabilidad histórica y hacer del punto de las víctimas una pantomima en La Habana.​

(John Mario González, es respetable tu punto de vista, al igual que el de aquellos que piensan que el paramilitarismo y la parapolítica llegaron a tener en sus manos todo el poder de Colombia por varios años. Entonces, si de verdad queremos la paz, no estigmaticemos a unos y endiosemos a otros. Hay que meter en cintura a todos los causantes de la violencia de medio siglo. No con más plomo, sino con más democracia, cultura, educación y conocimiento).

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