Leo Castillo ha soñado dos veces con el escritor argentino. De ambos han surgido piezas de ensueño literario. El segundo ya lo publicamos. Aquí va el primero.
Por Leo Castillo
Al despertarme no recuerdo el instante exacto en que aparece Borges ante «nosotros» (dos o tres personas, vagamente, parientes con quienes interactué en la infancia.)
Lo que se dijo inicialmente lo he olvidado. Estamos sentados en el pretil de la casa, la de mi niñez. Luego yo me encuentro solo en la cocina en penumbras, que está separada del resto de la casa, buscando algo de comer. Hay arepas de maíz con queso pero no alcanzo a tomar nada de esto, pues veo aparecer a Borges de improviso, alto, algo más de su estatura real, avanzando con premura desde el patio hacia la entrada del comedor, primera división de la casa propiamente dicha en viniendo desde el patio.
[caption id="attachment_31451" align="alignright" width="373"]Viene desde el límite oriental de la casa, lindando con vecinos parientes. Sé que viene de esta casa vecina, pero no necesariamente porque venga de ese lado. El piso del patio es de tierra suelta, salitrosa y a la entrada de la casa hay un bordillo de cuarenta centímetros que la circuye. Borges entra aprisa, con seguridad pisa encima del bordillo y entra sin titubear; no me ha visto en su «precipitación», acaso porque es de noche, pero, en todo caso, no me hallo en su radio de visión siempre que mire al frente. Yo me apresuro tras él, y exclamo, «¡Borges!», todo ello cayendo, extrañado, en la cuenta de que siendo ciego, ha caminado y levantado el pie con tanta premura y seguridad al pisar el bordillo. Esto me produce una sensación incómoda, como si descubriera, con algo de vergüenza, a Borges en una mentira. De hecho, siempre había creído que su ceguera no era absoluta, sino que veía bultos, fantasmas de cosas y de personas envueltas en la niebla, pues quería parecerse a Homero, ciego.
Enseguida ya estamos caminando en la calle, casi al centro, pero un poco más hacia la acera derecha, avanzando hacia poniente. Alguien, uno de esos primos (cuyo nombre, France, ahora hallo peregrino), lleva a Borges del brazo, o Borges lo toma a él. Al unírmeles intento tomar a Borges del lado izquierdo y noto que luce saco azul celeste. Borges se incomoda, pues es excesivo que dos hombres lo lleven de esta manera, de modo que no le queda un brazo libre, aunque su incomodidad, expresada levantando tenso el hombro y apretando el brazo contra su flanco, de modo que evita que mi mano llegue a ceñirlo, pudiera ser un gesto hostil que personalmente me dirige. Pienso en este momento que no está bien llevarlo del brazo a él, sino que Borges, como todos los ciegos, prefieren tomar del brazo a su lazarillo.
Seguimos andando, me parece que en silencio, hasta quebrar en la esquina a la izquierda. En esta parte de nuestro trayecto mi primo ha desparecido y noto que alguien, viniendo, desde atrás, caminando un poco más rápido que nosotros, casi se nos ha unido. La expresión de su rostro es risueña y se trata del ex de I. Ya al notarlo, me sentí embargado de cierto orgullo, pues me veía acompañado de Borges y hay vanidad alentando en mi pecho. Este sentimiento me causa un poco de vergüenza dada la sana expresión, sin la más leve vislumbre de envidia, del ex de I. La hostilidad de Borges ha dado paso a una cercanía cordial desde que desparece France, aunque no por este hecho.
Luego ya estamos solos Borges y yo, llegando ante una casa, al lado del portón. Borges se sienta en el desgastado pretil, muy bajo y eso no me parece bien y experimento alguna aprehensión. Simultáneamente o casi en seguida yo me siento ante él en cuclillas y le digo, o ya le venía diciendo e insisto, que escuche un poema mío. Borges no parece interesado, desatento a esto, como displicente incluso. Luego vamos atravesando el patio de esta casa, hacia su lado oriental. Entonces parece convenir en que le lea el poema, o más bien resignarse. Yo busco en mi memoria -ya lo venía haciendo- uno de mis poemas, trato de recordar algún título al azar. Lo tengo, pero dudo un instante acerca del título. Me alegra penasar que a Borges el título le va a encantar, pero de repente ya no parece querer que le diga el poema, y yo deseo decir el título y explicárselo –Versos hallados tallados en cayado prehomérico camino de Colono. Al cabo pregunto si conoce alguno de mis textos y mientras responde que conoce mis «líneas -o palabras- de oro», lo que me complace sobremanera, va dejando de ser Borges y se le superpone otra persona, un viejo amigo de tertulia literaria, Henry Stein. Esto me desagrada y desmotiva, de modo que me despierto.
]]>