Por Samuel Solórzano Cisery
Juan Manuel Robles (Lima, 1978) en su nuevo libro “Tragedia en Collins Avenue” escribe para recordar que cada nombre tiene un rostro y un pasado, que no es para nada aislado ni remoto, sino justo al lado del dolor y de la vida. A veces de una tragedia solo nos quedan las cifras de fallecidos, y la lista de nombre pasa como fugaz trompeta en nuestro oído; pero Juan Manuel Robles se adentra en los resquicios de la memoria de los familiares y sobrevivientes, se detiene en las vidas que habitaron el edificio Champlain Sur antes de su fatal derrumbe ocurrido durante la madrugada del 24 de junio del 2021 en Miami, y se encuentra con una palanca de Arquímedes que se apoya en los 12 segundos que duró la caída del edificio, porque a partir de ese punto fijo de tiempo se mueven las geografías y los demás tiempos que en realidad habitaron al Champlain Sur, porque de geografías y tiempos también están hechos los nombres, y con eso escribió Robles en su libro cuando narraba la historia de Valeria Barth, una adolescente colombiana que murió en el colapso: “No es poca cosa tener un nombre. Un nombre es un rostro, un dolor con cuerpo y una mirada” (pág.87).
“Tragedia en Collins Avenue” (Planeta, 2024) es una crónica que se nos presenta como relato coral que busca entender y hacer sentir las voces de las víctimas, sus momentos importantes, y cómo llegaron a mudarse a los apartamentos del Champlain Sur. Y, por otro lado, el rigor investigativo de Robles aparece con datos históricos y contextos sobre cómo se construyó el Champlain Sur, sobre cómo era Miami —una ciudad palimpsesto cuya morfología y distribución urbana cambia como quien usa un borrador sobre papel y lápiz— durante la década de los 80; sobre cómo el Champlain Sur fue un portento arquitectónico de lujo y codiciado por gente prominente en los suburbios de Surfside. Pero también la investigación de Robles se enfoca en dilucidar la bitácora de esa terrible caja negra de sucesos, grietas y filtraciones de agua que terminaron por orillar al Champlain Sur hacia su deterioro, hasta que las columnas no pudieron soportar el peso del concreto, lo que alguna manera es el peso de la negligencia.
Champlain Sur era un edificio de 13 pisos a cerca del Caribe. Las vistas que ofrecía a sus inquilinos eran paradisíacas, además de poseer un estilo arquitectónico que lo distinguía frente a sus congéneres; con un frontispicio señorial, como el un hombre vestido en smoking en medio de una muchedumbre de jeans. Hay que recalcar el mar, que siempre se mostraba verde esmeralda para los habitantes del Champlain Sur, quienes además tenían de antesala una piscina ideal para fiestas y eventos sociales. Para poder vivir en algunos de sus apartamentos habría que desembolsar más de cien mil dólares, sin contar con algunas anualidades. Champlain Sur era el Locus amoenus tangible del bien o mal llamado “sueño americano”, además de estar erigido en el exclusivo suburbio de Surfside, donde celebridades y nombres relevantes de todos los tiempos solían pasar sus vacaciones como Winston Churchill.
Sin embargo, un aspecto central que Robles enfatiza en “Tragedia en Collins Avenue” es que la belleza y el paraíso se puede aparentar por fuera, pero la cruda verdad es que nada se puede disfrazar por dentro. “Las fotos del informe Morabito, tomadas entre 2018 y 2020, mostraron que varias columnas del sótano se encontraban con grietas visibles” (pág.19). Sí, el edificio desde hacía un par de décadas se estaba socavando, y su gloria de antaño era una estrella en el cielo a punto de extinguirse en una atenuada supernova, apenas percibida por astrónomo somnolientos. Y lo de somnolientos era literal, la mayoría de sus inquilinos cerraron sus ojos ante las señales claras de su inevitable colapso. Apenas unas familias lograron mal vender sus apartamentos para irse del Champlain Sur, aquejadas por las filtraciones de agua y los lentos desprendimientos de los balcones. Otras familias nuevas vieron la jugosa oportunidad de comprarse un pedazo del cielo. Pero el daño estaba hecho, y las muestras de deterioro eran motivo de humor para algunos vecinos: “Acá los edificios no se caen. Esto es América” (pág. 20). Champlain sur era un monstruo mitológico que apenas mostraba sus fauces para los que tenían ojos, pero nadie reaccionaba por confundir sus colmillos con perlas exóticas.
Nada más acertado como el epígrafe de Milan Kundera que escogió Robles para abrir la crónica de esta tragedia: “No hay nada más pesado que la compasión”. Y con este peso el lector atravesará 10 capítulos donde conocerá las vidas de algunas personas que fallecieron en los 12 segundos que duró la caída de un edificio que no pasaba de las cuatro décadas.
Quizá una de las imágenes más desoladora es la historia del bombero Enrique Arango que quedó paralizado frente a los escombros del edificio, sabiendo que su hija de siete años vivía allí. O la desgarradora historia de la joven paraguaya Leidy Luna que bajó de la sierra para estudiar enfermería y cumplir el sueño de comprarle una casa a sus padres, y para reunir dinero trabajó de babysitter para la hermana de la primera dama, con la que viajó por primera vez a los Estados Unidos al apartamento de Champlain Sur.
Como se advierte, es un libro que duele, y es loable el modo cómo Juan Manuel Robles saca del fondo de estos sufrimientos la conmemoración y la celebración de la vida. Cada página de su nuevo libro pesa como las 10 mil toneladas de escombro que dejó el derrumbe, pesa también su compasión al recuperar los ecos de las personas fallecidas, y es liviano al elegir las mejores palabras para dibujar el rostro que hay detrás de cada nombre.
Título: Tragedia en Collins Avenue
Autor: Juan Manuel Robles
Género: Crónica
Editorial: Planeta
Año de publicación: 2024
Páginas: 237
