Diego Fischerman, escritor y crítico musical, nacido en Buenos Aires, fue uno de los invitados al XIII Carnaval de las Artes.
Por Rafael Sarmiento Coley
Para el periodista, melómano, crítico literario y escritor argentino Diego Fischerman, (nació en Buenos Aires en 1955), no es cierto que el periodismo digital se haya desbordado. Se está viviendo la tendencia que siempre ocurre cuando aparece algo nuevo y el boom de la novedad hace que se desdibujen los límites.
Fischerman, uno de los conferencistas invitados al XIII Carnaval de las Artes que se realizó en Barranquilla entre el jueves 14 y el domingo 17 de febrero, “el mundo digital tiene inmensas virtudes y, como todo, también trae sus defectos. Claro, son más las cosas buenas que trae, que las malas”.
Y recuerda que, cuando él empezó en un periódico impreso como comentarista de arte, tenía que pasar días y hasta semanas en las librerías y en las bibliotecas de las embajadas (principalmente en la de Estados Unidos por ser la más abundante y diversa), para investigar un tema y completar una nota.
Hoy, en cinco minutos el ‘amigo’ Google le suministra toda la munición para escribir una buena nota. Le facilita ilustraciones, temas musicales, si la nota es sobre un compositor clásico o popular, o el resumen de una película, si es el reportaje sobre un director o actor.
Lo que le sorprende es que “curiosamente, hoy cuando todo es más fácil, se comete mucho más error, que cuando era más difícil. Lo cual no debería suceder. Hoy no debería encontrarse un solo error de contenido en un diario impreso. Sin embargo, los hay cada vez más”.
Por un caminado errado
En su opinión, la prensa, en general, se ha confundido –salvo algunos medios muy institucionalizados como The Washington Post, The New York Time, The Guardian, Le Monde—al salir a competir con los medios digitales en el campo y con las reglas del mundo digital y, de manera errónea, han buscado ser como Facebook o Twitter. De hecho, les ha ido como a perro en misa.
En su balance entre lo bueno y lo malo de esos dos mundos (lo impreso y lo digital), considera que el periodista de antes tenía que esforzarse mucho más para lograr una crónica, entrevista o reportaje de calidad. Lo que inducía a que ese reportero se hiciera más ducho, duro y puro.
En cambio, el reportero de hoy todo lo tiene más a la mano y al instante. Por lo tanto, nadie va a comprar el diario que ve colgado en los puestos callejeros con las mismas noticias que ya vio en Facebook o Twitter. Y piensa que esa pelea se ha perdido, en parte, porque, en lugar de aprovechar aquello que lo virtual le daba de ventaja a los medios tradicionales (el pacto de credibilidad que estaba institucionalizado con los lectores), lo desaprovecharon. Y eso es culpa de los impresos. No de lo digital.
Una tradición que decae
“Pienso que la calidad simbólica de los diarios ha decaído un poco”, afirma el veterano reportero y novelista bonaerense. En ese aspecto él recuerda que su padre y sus abuelos, se conformaban muchas veces con leer los titulares, y ya suponían todo lo demás. Y lo creían a pie juntillas, así, en ocasiones, se tratara de temas tendenciosos o con un sesgo político. En cambio, hoy, las nuevas generaciones poco creen en los diarios, porque, en su mayoría, ya no son de familias periodísticas tradicionales, sino de corporaciones o magnates de mucho poder económico, político y social, a quienes poco o nada importa el periodismo. Defienden sus intereses. No el de la comunidad. Por esa vía muchos diarios tradicionales se han desviado de manera abismal hacia la abierta campaña de desprestigio contra un partido o un candidato que no es de sus simpatías, y de propaganda pura y descarnada en favor de sus intereses políticos. Llegan al extremo de inventar noticias que afecten al contradictor político de turno que, lo más seguro, es que en las próximas elecciones sea el que se haya comprometido más con los intereses de los dueños del diario.
«Los medios tradicionales están perdiendo la pelea porque tratan de hacer lo mismo que Facebook y Twitter».
A esa grave tendencia no escapa la televisión, que ha seguido la rutina errónea del diarismo tradicional. Y lo grave de todo ese escenario es que una de las principales víctimas han sido los periodistas, que, con sus lógicas excepciones, se han deja arrastrar por el cambio de mando del diarismo. Con el agravante de que en el periodismo no hay un cuerpo colegiado o tribunal de ética que le ponga talanquera a ese desmadre. Por lo tanto, considera que es urgente que el periodismo independiente se pellizque para superar la falta de rigor generalizada en el mundo digital. Para lograr ese objetivo se requieren buenos editores y, lo principal, renovar el código de ética periodística.
Esa falta de rigor se ve a diario, en especial, en países como Brasil, Chile, Argentina o Colombia. Recordó el caso colombiano del plebiscito por el No o el Sí (para el proceso de paz con las Farc). Ganó el No y, sin rubor, admitieron con el mayor cinismo que habían hecho trampa, mentido o inflado las cifras.
Y ratifica que todo ello es consecuencia de haber pasado los medios tradicionales a manos de los empresarios y accionistas mayoritarios de corporaciones multinacionales que se dan el lujo de quitar y poner presidentes en muchos países. Cita el caso de Obama, a quien no le aprobaron ninguno de sus proyectos por la influencia de las corporaciones económicas, que hoy son el verdadero poder en la sombra. Asegura que partido político o gobierno que se aleje de las corporaciones, no pueden gobernar
Por esa vía. Fischerman opina que se ha desdibujado todo aquello que en el pasado era considerado ‘patrimonio universal de la humanidad’, como las bibliotecas, los museos y, en general, todo aquello que genera cultura. Entre ellas, “la cultura política”, que es la primera que se ha perdido.
La derecha y la izquierda
En el fondo de su alma, no culpa de ese desastre moral a las nuevas tecnologías, sino a quienes causan las graves injusticias sociales que hoy son el pan de cada día en más de medio mundo. Un mundo que ha sido inducido a creer que la derecha es la verdad, con pensamiento y mensajes únicos, y la izquierda una ideología que pretende “derrochar recursos en facilitar el acceso de las clases sociales menos favorecidas, a mejores servicios de salud y educación”.
Una realidad aplastante de hoy, en su criterio, es que en muchos países un candidato gana las elecciones con un programa, pero gobierna con una hoja de ruta diametralmente opuesta. Y eso se ve a diario. El resultado de esa situación es que cada vez la política está más desprestigiada y las elecciones son más costosas, y eso trae como consecuencia la corrupción rampante y generalizada. En la política hoy todo cuesta mucho más que hace 50 años. La política hoy es una inversión económica, no un ejercicio para gobernar de manera decente y eficiente.
En todo caso, Diego Fischerman es partidario del periodismo digital, porque –y es lo que considera primordial—“no atenta contra el medio ambiente”. Como sí lo hace el diarismo impreso en papel elaborado con montañas de árboles frondosos que tienden a desaparecer de la faz de la tierra.
Obviamente, aclara que el problema en sí de las tecnologías es si se usan bien o mal. En ese caso sentencia que lo digital llegó para quedarse, y los diarios, por lo general, van detrás de las tendencias que marca el mundo digital. Un día es el abuso sexual, que en Hollywood fue durante sus años gloriosos lo más común y corriente. A la semana siguiente es la campaña contra los pederastas. O la defensa de las libertades sexuales y la opción de géneros. Y, de repente, aparece por ahí la tendencia contra el femicidio. Los digitales marcan la pauta, y los tradicionales siguen la trilla.
Su trayectoria